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De wachines y tumberos la jerga criminal neuquina

Nos sumergimos en el mundo del delito y hurgamos en su forma de hablar. Identidad: en el barrio o tras las rejas, existe un lenguaje propio.

"Eh, gato, sentate que llegó el peluche y acá la ranchada no quiere berretines porque si no vienen los enguantados y se arma bondi”. “Ponelo a este gil que se hace el poronga”. “Pendejo atrevido, recatate si no te vas a comer un arrebato”. Seguramente, la mayoría no habrá entendiendo o cree tener una vaga idea de lo que trata cada una de estas frases, y esto sucede por una simple razón: hay un código de por medio que, al desconocerlo, uno queda al margen y solo se arriesga a intuir o adivinar el significado.

No desesperen que en unos párrafos más abajo develaremos las frases iniciales.

En todas las profesiones hay palabras propias, tecnicismos, construcciones que, en el caso de no pertenecer a dicho grupo, son complejos de comprender. Así también pasa en el mundo delictivo-policial, donde prácticamente comparten o construyen una jerga por la necesidad mutua que tienen de advertir los movimientos del otro. Es decir, el delincuente necesita conocer el lenguaje policial para manejarse y, a su vez, el policía necesita saber el delictivo para desarticularlos. En esa íntima relación construyen un sublenguaje con génesis en el lunfardo y fundando varios argentinismos. Es así que hay una variación entre significante y significado, el uso de palabras con sílabas invertidas y formas apocopadas.

En la actualidad, la delincuencia tiene dos argots que interactúan: el denominado “tumbero”, que se da dentro de las cárceles, y el de los “wachines”, que se da en los barrios y está vinculado a los pibes chorros.

Cuestión de código

El delincuente precisa de por sí un lenguaje propio, con palabras cifradas que no permitan al policía entenderlo. De hecho, el lenguaje es poder, y en la medida en que el otro no lo pueda comprender, existe una ventaja.

Ese es el primer obstáculo que tiene que derribar un investigador para poder avanzar sobre los delincuentes: conocer su argot. Es más, el policía que más calle tiene es el que se puede jactar de conocer las palabras y expresiones que se utilizan en el mundillo del hampa.

Dicho vocabulario funciona y sirve siempre que no sea abordado por el otro. Cuando lo descifran, necesariamente muta. Se trata prácticamente del mismo juego de lenguaje que existe entre los adolescentes, sus padres y profesores, donde las palabras tienen significantes distintos para que los adultos no interfieran en su comunicación y, obviamente, en el desarrollo de su identidad.

A esto se suma el atractivo que han generado algunas series donde se ha mostrado de manera exagerada la vida en las prisiones y donde la televisión, como transmisor de conocimiento y costumbres, popularizó parte del lenguaje criminal, con sus aciertos y errores.

Vale aclarar que lo masivo también le quita gracia y funcionalidad al código, porque salta las murallas del gueto criminal para instalarse en la mesa de todos, y si todos lo conocen, ya no es útil porque no cumple con su finalidad.

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El atractivo que tiene el argot delictivo ha permitido escalar algunas palabras al diccionario de la Real Academia Española, tal es el caso de “punga” y “campana”. La primera arrastra en su explicación un abanico de expresiones policiales. El punga es un ladrón que te “bolsiquea” (revisa los bolsillos) para sacar tus pertenencias. También punga se usa como sinónimo de “carterista”, porque les roba a las mujeres las cosas que llevan en la cartera o el bolso.

Campana es una expresión más popular. Deviene de la época en que las iglesias anunciaban la misa con campanadas. Entonces, el campana es el que avisa y advierte, en el caso de los delincuentes, que se acerca la policía.

El vocabulario puede variar según la modalidad delictiva o el lugar de convivencia, ya sea una toma, un barrio o la cárcel. De hecho, al lenguaje que se utiliza en las prisiones se lo denomina “tumbero”, porque se asocia el espacio físico con las tumbas, con el hecho de estar enterrado.

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Un poco de vocabulario

Así las cosas, desarticulamos la expresión con la que arrancaba la nota que es propia de la prisión: “gato” se le dice al sirviente en la cárcel, que por lo general es un preso nuevo. El “peluche” sería el guardiacárcel novato, la “ranchada” es el grupo de charla del pabellón. “Berretines” son problemas; los “enguantados”, el personal de requisa; y “armar bondi”, provocar disturbios. La idea general es más sencilla que su traducción. Es básicamente un “no queremos quilombo”.

En la calle, los wachines suelen abusar de la palabra “pinta”, en referencia a que tienen ganas de algo o que va a pasar algo.

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“Ponelo a este gil que se hace el poronga” es una expresión que suelen escuchar mucho las víctimas de robos violentos en sus casas. En sí, están amenazando con dispararle a alguien que se resiste al asalto o a entregar algo que el delincuente pretende.

Por último, “Pendejo atrevido, recatate si no te vas a comer un arrebato” es más una expresión de grupo de pertenencia que se suele dar mucho en los barrios cuando un pibe, que es más chico, desafía a los más grandes. En sí, la frase está diciendo en lo profundo que se tiene que callar la boca porque si no le van a dar una golpiza.

El dialecto va del diario a los libros

El diario La Prensa, de Buenos Aires, fue el primero en hacer una publicación el 6 de febrero de 1878, que se llamó “el dialecto de los ladrones”. Allí daba a conocer más de 25 enunciados del mundillo delictivo. En 1894, el penalista y jurisconsulto Antonio Dellepiane avanzó sobre este aspecto y publicó un librito, que se constituyó en una línea inicial de los estudios lexicográficos sobre el lunfardo: Contribución al estudio de la psicología criminal. El idioma del delito. Es la primera obra que habla del argot criminal que con el correr de los años se fue observando su transformación.

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