Declarado por la Unesco, se celebra hoy el Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor. La fecha no es casual porque coincide con la de los fallecimientos de Miguel de Cervantes, Inca Garcilaso de la Vega y William Shakespeare.
En Argentina, los efectos de la pandemia, la inflación y la escasez de papel para las impresiones de volúmenes se ha hecho sentir y, como siempre ocurre, la industria se las arregla para zafar de la coyuntura. Aunque, esta vez, viene cuesta arriba.
La semana que viene volverá a abrir sus puertas, después de dos años, la Feria del Libro de Buenos Aires, una de las más importantes del mundo que, si bien no es precisamente un indicador objetivo de lo que más le importa a la industria –las ventas–, marcará una pauta del estado de situación del mundo editorial.
Los meses que precedieron a este evento vienen marcados por la escasez de papel para imprimir y también por el impacto de la inflación en la producción que luego fue trasladado a los libros, incluso a aquellos que llevan largo tiempo esperando compradores en los escaparates.
Uno de los fenómenos a destacar de la feria es la iniciativa de las editoriales independientes que, sin moderar sus expectativas de ventas, han acordado montar stands comunes.
De esa manera, acordaron un modo cooperativo de promocionar sus títulos y plantar una dura competencia a las grandes jugadoras del mercado internacional, que no solamente han acaparado los puntos de venta, quedándose con la propiedad de las librerías importantes, sino con el contenido de sus publicaciones que no suelen responder precisamente a criterios transparentes.
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