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Don Virginio, un policía de los de antes que ayudó al pueblo a caballo

Su servicio más recordado fue el intervenir en una "casa embrujada" en Covunco Abajo, en 1978, donde a un niño de 11 años se le atribuyó el efecto poltergeist.

Virginio Sambueza tiene 81 años y hoy es uno de los tantos efectivos policiales que en situación de retiro aún gozan del respeto y de la hidalguía demostrada y conquistada en sus años de servicio. En el imaginario representa a aquel policía "de antes", esos de familia, que salía caminando o a caballo a los puestos de campo, para cumplir con su labor.

Por la Comisaría 34 de Mariano Moreno han pasado hombres y mujeres que dejaron todo su esfuerzo en procura de la permanencia y el crecimiento de la fuerza neuquina. Don Virginio ingresó a la Policía apenas unos años después de que dejara de ser policía del territorio nacional. Desde entonces es uno de los emblemas de la Comisaría 34 que hoy transita por sus 85 años de vida institucional y por un poco más de 70 años del edificio que guarda todavía su infraestructura arquitectónica como una reliquia histórica.

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Nació en medio de 9 hermanos, entre hombres y mujeres, en el paraje Mulichincó en cercanías de Loncopue. Sus padres, campesinos de oficio de vida, fueron Delfina Aldea y Matriain Sambueza. “A mí me registraron el 26 de enero de 1939 pero mi mamá me dijo que yo había nacido el 8 de diciembre del año anterior, pero bueno lo que vale siempre es lo que dice el documento”, dijo entre risas.

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Desde chico supo lo que era el sacrificio del trabajo, ya que junto a sus hermanos ayudaban en las tareas del campo: en la crianza de los animales y el desarrollo de huertas y plantaciones para el consumo familiar. “Sembrábamos de todo y entre eso lo que más se destacaba era la siembra de trigo que después entre todos le metíamos a la cosecha”, contó.

Recuerda que en aquellos tiempos para “bajar al pueblo” a hacer las compras ensillaban los caballos y un mular para poder abastecerse de la mercadería necesaria para pasar uno o dos meses. Cuenta que si bien comenzó su formación escolar no la pudo completar ya que la vida se venía difícil y había que trabajar. Así es que la misma vida unos años después le dio la oportunidad de completar sus estudios cuando ya tenía una profesión para mantener a su familia: se hizo policía. “Luego de cumplir con el servicio militar obligatorio don Virginio decide entrar a la policía en Loncopue y rápidamente lo destinan a la Comisaría 22 de Zapala. Antes la formación y capacitación era día a día. Había más disciplina”, contó. En esta ciudad cumplió el servicio con las comodidades y los servicios que tenían a mano. “En esa época todo era a “pata y pulmón” ya que por ejemplo teníamos que ir a dejar citaciones caminando hasta la zona del Michacheo y a Laguna Blanca o Mallín del Toro íbamos a caballo, sin importar los climas”.

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Su llegada a Mariano Moreno con la familia

En 1966 solicita a la superioridad que le otorgaran el traslado a su localidad natal. Así que desde entonces hasta el año 1970 permaneció en Loncopue, hasta que en 1971 regresa a la comisaría zapalina y un año después ya le efectivizan su paso a la Comisaría 34 de Mariano Moreno. “Un año antes de trabajar en esta localidad me tocó trabajar un año en Zapala. La verdad que fueron tiempos duros porque toda mi familia estaba aquí en una vivienda que había en el predio policial y debía dejar mucho tiempo a mi familia sola”. Apenas iniciado su carrera policial don Virginio comienza un noviazgo con Elsa Cofré y al poco tiempo contrae matrimonio. Juntos le entregaron a esta tierra neuquina, ocho hijos: Miguel, Celestina (fallecida a los 3 años de sarampión), Gladys, Nélida, Clarita, Fausto, Marcos y Silvana. El árbol familiar se completa hoy con 23 nietos y 9 bisnietos.

Augusto, su nieto de 4 años, convive con él. “El es el malcriado y el más chiquitito de toda mi gran familia”, contó mientras mostraban los elementos de servicio que utilizada en la época de su trabajo como funcionario policial: silbato metálico de rondín, escudo policial, grado jerárquico e insignias para uniforme y gorra.

Siendo efectivo de la unidad 34 de Mariano Moreno, don Virginio cumplió aquí servicios de calle para luego pasar al área administrativa. En su paso por esta fuerza recuerda a sus compañeros: Collar, Cabas, Valenzuela, Maggieri, Luengo, Meza y Erdozain entre otros. “Mas de una vez tuvimos que ir a cumplir nuestro deber montados a caballo a los parajes de Vaca Muerta y Mallín de los Caballos. En aquella época había un solo móvil policial que era el histórico Jeep, que hoy todavía todos recuerdan”.

Don Virginio trabajó en Zapala, Loncopue y Mariano Moreno, donde se retiró en 1983 con el grado de sargento con cerca de 25 años de servicio. Al tiempo se empleó en una empresa dePiedra del Águila y más tarde por casi tres años cumplió servicios de seguridad en la vementera Loma Negra en Zapala. A comienzos de la década del 90 instala un kiosco en una vieja garita en la entrada al pueblo, dándole vida al tradicional Kiosco Quino, que aún persiste con la atención de una de sus hijas y familia.

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Una tremenda crecida del arroyo y una casa encantada

Don Virginio era de esos policías de antes. Esos que inspiraban respeto. Portador de una seriedad inconmovible y de una pulcritud en su servicio. En sus años en la carrera policial y en especial en la comisaría marianense le tocó atravesar distintas situaciones que lo transformaron en protagonista de hechos que conmocionaron a la opinión pública de entonces y que aún hoy son motivos de consultas por aquellas situaciones vividas. Una de ellas ocurrió el 11 de marzo de 1975 cuando una impresionante crecida del arroyo Covunco arrasó con todo a su paso. El lugar más afectado fue el paraje El Puente. “Me tocó participar en la asistencia en esta tragedia donde la tradicional familia de comerciantes de apellido Siena la pasaron muy mal y perdieron todo lo que tenían, ya que el agua dentro de sus casas alcanzaba a las ventanas. Lo más triste y dramático fue que una pequeña vecina del lugar fue arrastrada por el agua y se la pudo encontrar fallecida más tarde cerca de unos árboles”, mencionó con angustia.

Ya en el año 1978 el juez de paz Ignacio Faustino Gallardo solicita una comisión policial para dirigirse a una propiedad en Covunco Abajo donde estaban sucediendo hechos que se apartaban de la normalidad. Luego la historia comenzó a hablar de la casa “embrujada o encantada”. “Recuerdo que fuimos con mi compañero Antonio Maggieri a acompañar al Juez, apenas llegamos a la casa a ellos dos le cayó tierra muy cerca y luego vimos volar algunas cosas de la casa”, dijo.

Más tarde con la visita de especialistas se pudo determinar que en aquel rancho de adobe vivía un niño de 11 años en compañía de sus abuelos. Por razones personales el niño propiciaba el movimiento de objetos con su presencia. “El fenómeno provenía del poltergeist, pero no de la telequinesia”, relata un informe de la época. Lo cierto que al tiempo el niño se fue del lugar y cesaron todo este tipo de movimientos, pero en la zona la historia quedó arraigada. “La verdad que fue una experiencia increíble y todavía la recuerdo. Son cosas como tantas otras que debe atravesar un policía en cumplimiento de su deber”, finalizó.

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