El auge petrolero que impacta en el acceso a la vivienda

POR JOAQUÍN PERREN - Doctor en Historia

La densificación del centro neuquino no es nueva. Ya hacia fines de los 70, la inauguración de las primeras torres llevó a algunos periodistas a sostener -con cierta exageración- que la capital provincial se estaba transformando en “la ciudad de los rascacielos”. La aceleración de este proceso, sin embargo, debió esperar el fin de la convertibilidad. La depreciación de los inmuebles, los bajos costos de la construcción resultado de la devaluación y las bajas tasas de interés llevaron a los inversores a volcarse al “mercado de la vivienda”.

A este marco general debemos añadir algunos condimentos locales: el despliegue de la actividad hidrocarburífera y un gobierno provincial que ampliaba su radio de acción promovieron un proceso de urbanización de la capital, ubicando a Neuquén en un lugar privilegiado del mapa inmobiliario argentino.

La parábola ascendente de la construcción no hubiera sido posible sin la sanción de distintas normas. El plexo de ordenanzas municipales fue la plataforma sobre la que se sostuvo la densificación y el crecimiento en altura. La sanción del Plan Urbano Ambiental, en 1997, simplificó en extremo el circuito administrativo.

El extenso tratamiento legislativo de los “grandes proyectos” fue reemplazado por la supervisión de un nuevo órgano: la Unidad Técnica de Gestión Urbano Ambiental (UTGUA). Conformada por un puñado de representantes del poder ejecutivo y legislativo, la UTGUA nació con la expresa voluntad de “posibilitar la flexibilización de las normas urbanísticas tradicionales” (Ordenanza 8201/97). En pocas palabras, mediante este dispositivo institucional, la excepción se volvió la norma: las torres dejaron de ser una rara avis para convertirse en elementos habituales del paisaje neuquino.

Para entender la densificación del radio céntrico de la ciudad debemos agregar un elemento adicional. Las empresas constructoras y las inmobiliarias, dos actores clave en la producción de la ciudad, usaron la publicidad para delinear un nuevo buen vivir, asociando los departamentos céntricos a un determinado sector social. Pasamos de unidades orientadas a estudiantes a otras que disponían de espacios verdes, amenities y vigilancia permanente. Todos estos rasgos podrían sintetizarse en una frase: “un barrio cerrado sin salir del centro”.

De ahí que los consumidores estas torres-country sean una clase media acomodada que privilegia la seguridad y el esparcimiento en sus tiempos libres.

Este conjunto de factores ha elevado el valor del suelo en el área central. La necesidad de los propietarios de hacerse de una renta que guarde relación con la inversión realizada hizo que los alquileres treparan sin remedio.

Las posibilidades de acceder a la propiedad o de ser inquilino se complicaron enormemente, desplazando a la población de menores recursos a los márgenes de la ciudad. La principal víctima de este fenómeno es la mixidad social: el centro neuquino está tomando distancia de su histórica heterogeneidad. Dicho en términos más sencillos, el crecimiento económico, jalonado por el boom de los no convencionales, está profundizando las desigualdades urbanas, recrudeciendo un cuadro de segregación.

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