El cielo tiene otro angelito

La muerte de Aluén, el pequeño de 9 años vecino del barrio Huiliches, causó consternación en propios y extraños. La salud de su cuerpo, a la espera de un nuevo corazón, no resistió a pesar de la lucha de meses que tuvo en vilo a la familia y a todos los que siguieron de cerca su caso, con la esperanza de una inminente solución. Pero ese corazón compatible -tristemente- no llegó a tiempo. Y el fatal desenlace una vez más impulsa la necesidad de concientizar sobre la importancia de la donación de órganos.

Hace dos meses, el Congreso de la Nación aprobó por unanimidad la ley Justina, otra pequeña víctima de una enfermedad y un trasplante que no llegó a tiempo. Con esta norma, todos somos iguales ante la ley a la hora de donar nuestros órganos.

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La nueva ley creó la figura del “donante presunto”, por lo que ya no se requiere dejar voluntad expresa por la afirmativa sino que se garantiza “la posibilidad de realizar la ablación de órganos y/o tejidos sobre toda persona capaz mayor de 18 años, que no haya dejado constancia expresa de su oposición a que después de su muerte se realice la extracción de sus órganos o tejidos”.

Porque más allá de cualquier pensamiento, “donar es vida”, aquella que se extinguirá en nuestro cuerpo una vez que la muerte golpee nuestra puerta. Y, sea cual sea nuestra creencia, abandonaremos ese “ambiente corporal” con la chance de que éste pueda extender la vida de aquellos que la necesiten.

Sólo en Neuquén, por ejemplo, 163 personas están anotadas en la lista del Incucai a la espera de recibir un trasplante de órganos, como un último intento para mejorar su salud o prolongar su vida. Entonces, ¿por qué ser egoístas? Donemos vida.

La muerte de Aluén, el pequeño que esperaba un corazón, obliga a hablar de la donación de órganos.

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