El desafío de vivir para siempre con un dolor inmenso

Norberto Castillo perdió a dos hijos en el transcurso de siete años. Hoy sigue luchando con entereza para sobrellevar semejante pena.

POR FABIAN CARES / Especial

Los caminos de la vida, los caprichos del cruel destino o simplemente los designios de Dios suelen poner a prueba el temple de algunas personas al exponer sus cuerpos a sufrir un dolor tan intenso que pareciera estrujar el corazón y hacer llorar el alma con lágrimas de una pena que será eterna. Algo así padeció Norberto Castillo, un hombre sencillo y trabajador al que le tocó en suerte sufrir en carne propia un dolor tan indescriptible como lo es la muerte de un hijo muy joven. Sin embargo, cuando la herida de ese dolor estaba empezando a cicatrizar el destino le volvió a arrebatar a otro de sus hijos.

El 27 de octubre de 2007 en Mariano Moreno el día amaneció con color de tristeza y una lamentable noticia comenzó a estremecer los oídos de todos. Juan Manuel “Fofo” Castillo (22 años) había tomado la trágica decisión de partir solo, antes de tiempo y casi sin avisar. Desde ese mismo momento su familia y amigos empezaron a sentir su ausencia y a extrañar su amplia sonrisa, que era el símbolo de su alegría de siempre y la voluntad de fierro para afianzar cada vínculo de amistad.

La historia volvió a repetirse trágicamente el domingo 26 de enero de 2014 cuando su otro hijo Ricardo “Tuli” Castillo (27 años), de regreso de un fin de semana de descanso y pesca en Aluminé junto a unos amigos, fue la única víctima fatal del accidente automovilístico ocurrido en cercanías de Laguna Blanca. Este conjunto de fatalidades le llegó quitar la ilusión de seguir viviendo a un hombre que en las tardes solía llorar en silencio afirmado en una tranquera.

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Cuando se lo escuchaba hablar, uno podía imaginarse cómo debían doler cada una de las palabras que pronunciaba porque todas venían cargadas de pena y de un llanto contenido.

Norberto aún sueña a sus dos hijos todas las noches y los extraña cada día. Se le hace muy difícil continuar la vida con la carga de tanto dolor. Cuenta que tres noches antes del día del fatídico accidente, soñó con su hijo Juan Manuel. En los sueños lo veía arrodillado junto a su cama mientras le decía “papá, te vengo a buscar, vámonos juntos así dejás de sufrir”. Cuando se despertó pensó que era verdad porque el sueño le pareció tan real. Él se quedó con la sensación de que le iba a pasar algo aunque no le dijo a nadie de su familia. Pero el destino realmente quería otra cosa y cuando la noche del 26 de enero vio movimientos inusuales de vehículos en torno a su casa, presintió que algo malo sucedía y se le vino a la mente ese sueño que había sido toda una premonición.

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Norberto reconoce que se ha enojado con Dios y que en esas tardes que lloraba a solas en un galpón le dijo que si le debía algo que se lo llevara a él pero que no lo castigara más con sus hijos. “Yo sé que este dolor lo llevaremos a la tumba y el día en que estemos descansando junto a ellos ahí recién encontraremos la paz”, sentencia Castillo.

Sin dudas, el dolor más grande en la vida es la pérdida de un hijo, pero es terriblemente más doloroso experimentar la pérdida de dos hijos en un breve lapso. Es un maldito momento en que los brazos se quedan vacíos, y ningún padre está preparado para cumplir con un papel impensado en el libreto de la vida.

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