El dramaturgo del maletín de cuero marrón

Alejandro Finzi. Es autor de más de 40 obras de teatro estrenadas en el país, el continente americano, Europa y África.

Por Pablo Montanaro - montanarop@lmneuquen.com.ar

Nació en Buenos Aires en 1951, se crió y realizó estudios en Córdoba. Se doctoró en Letras en la Universidad Laval, Quebec, Canadá. Es docente de Literatura Europea e investigador en la Universidad Nacional del Comahue.

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Dice Alejandro Finzi que un adolescente tiene que leer Romeo y Julieta, Sueño de una noche de verano de Shakespeare, acaso reviviendo aquellas largas tardes donde ponía una pila de libros al lado del sillón y se sumergía en esas fascinantes historias mientras el canto de los pájaros entraba por la ventana de su casa de Vaquerías, en la ciudad cordobesa de Valle Hermoso.

Su padre, Corrado, jurista y traductor de Derecho Penal que debió emigrar de su Italia natal por las leyes raciales, tenía una inmensa biblioteca. “Mi viejo era de una cultura literaria extraordinaria”, afirma Finzi en su casa a orillas del Limay, y uno puede imaginarse la fascinación de aquel joven que quería ser músico cuando las puertas del mundo se abrieron y dejaron correr las páginas de Goethe, Dante, Coleridge, los clásicos latinos y griegos, y tantos otras autores de la literatura universal. Menciona que su padre había sido compañero en la escuela secundaria de Giorgio Bassani, el autor de la novela El jardín de los Finzi-Contini.

Confiesa que es dramaturgo porque no pudo dar rienda suelta a su pasión por la música, como su padre, que además tocaba el piano y el cello. La paresia, esa parálisis parcial en su brazo derecho, le impidió sostener el arco para tocar el instrumento.

Esa imposibilidad lo llevó a descubrir rápidamente el teatro. “Me había enamorado de una estudiante de teatro, a la que seguía hasta el Conservatorio en Córdoba. Una vez me encontré en el teatro Rivera Indarte –ahora se llama San Martín- y escuchando las voces de los actores descubrí la escritura teatral. Creo que escribiendo soy músico”, explica.

La docencia es una maravilla cuando entrás en diálogo con los estudiantes. Leés un poema, una obra de teatro y se abre toda una belleza".

Desde entonces escribió sus primeras obras al mismo tiempo que sus primeros poemas, pero asegura que le costó muchísimos años llegar a escena. “En Nancy, Francia, donde viví un tiempo, le di la obra Nocturno o el viento siempre hacia el sur a una compañía que la hizo en 1981. Muchos años después se estrenó en el Centro Cultural de la Cooperación de Buenos Aires”.

A partir de entonces, Finzi nunca dejó de escribir y sus obras se representaron en cualquier parte del mundo. Afirma que su obra más conocida es Viejos hospitales y recuerda cómo la escribió: “La escribí en la biblioteca pública de Nancy, en 1982, en una mesita de lectura apoyada en un inmenso ventanal por donde, de tarde en tarde, se suicidaba el otoño. A veces, sin embargo, lo que yo veía afuera era la plaza, frente al Hospital de Niños de Córdoba, adonde una mujer, siempre la misma, siempre otra, llegaba temprano, con su crío en brazos, porque la ilusión, cuando no hay otra cosa que desdicha, se arropa de amanecer".

Considera que el teatro como la poesía –“en fin, todo el arte”– puede ser un aporte “a lo que constituye el ser en el mundo, soy yo con los demás, lo que yo puedo darles a los demás”, resume.

En los últimos años, Finzi escribió obras que interpelan a la historia, a la política, al derecho a la tierra. Eso le pasó cuando escribió La última batalla de los Pincheira, Tosco, Fuentealba clase abierta y El telescopio chino, un secreto patagónico.

En Fuentealba, Finzi recrea en clave metafórica la última clase de física del maestro en el CPEM 69. “La idea de esta obra surgió a partir de la indignación de ver al ex gobernador Jorge Sobisch paseándose en la apertura de las sesiones legislativas hace unos años atrás", comenta. "No busqué reflejar la figura del maestro como si fuera un superhéroe, es cualquier maestro, y lo monstruoso es que haya sido asesinado un tipo que creía que en la enseñanza estaba el crecimiento del país", agrega.

Hace unas semanas atrás, Finzi regresó de El Salvador donde se estrenó El telescopio chino, una obra cruzada por el humor para dar cuenta de “la historia de un criancero que está tomando unos mates cuando aparece Li Huang que cruza por el centro de la tierra con una pala desde China hasta la Pampa de Pilmatué para traerle una carta a un primo que trabaja en la base china. Y se ponen a conversar sobre lo que ocurre en esas 240 hectáreas donde flamea la bandera de China en Neuquén. No se puede jorobar con la tierra porque si vas a China y pedís un metro cuadrado te echan. Y acá en Quintuco está flameando la bandera china".

Quien haya sido su alumno o haya presenciado alguna clase de Literatura Europea en la UNCo seguramente no ha sido la misma persona luego de salir del aula. "La docencia es una maravilla, sobre todo cuando entrás en diálogo con los estudiantes. Leés un poema, o una obra de teatro o una novela y se abre toda una belleza y recorrés esa belleza con los estudiantes", explica, ya jubilado.

Finzi llegó en 1984 a Neuquén junto con su mujer, Laura Vega, y sus dos hijos, Andrés y Daniel. "Mi obra es neuquina hasta la médula, amo profundamente esta provincia, tiene una majestad y una nobleza de sus paisajes que la convierte en única", indica. Su andar por las calles de Neuquén no pasa desapercibida, con su camisa cuadrillé y chaleco, con el maletín de cuero escolar de color marrón que tiene de los años 70, donde lleva su tesoro: los libros.

Un lavacoches en el teatro

Corría 1994 y en la ciudad se presentaba Chaneton, la obra de Alejandro Finzi. "¿Usted es el hombre del teatro?", le preguntó un muchacho que cuidaba y lavaba los coches en la cuadra del teatro. Le respondió que sí. "¿Me deja ver la obra?", lanzó la pregunta con timidez. La respuesta del dramaturgo fue tajante: "Vení cuando quieras". El sábado, en la última fila del teatro, el lavacoches vio Chaneton. Unos días después, Finzi lo encontró sentado en el cordón de la vereda con un libro entre las manos. "¿Qué haces?", le preguntó. "Leo. Ahora que vi la obra, quiero aprender", respondió el joven. La anécdota la incluyó en el texto leído por Finzi en marzo pasado en el Día Internacional del Teatro en el Cervantes de Buenos Aires.

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