"El exilio fue como seguir preso pero de otra manera"

Luis Guillermo Almarza llegó a Bruselas como refugiado político en 1980, tras permanecer detenido desde junio de 1976 en diversos centros clandestinos de la región.

POR PABLO MONTANARO / montanarop@lmneuquen.com.ar

Cuando el 17 de enero de 1980, Luis Guillermo Almarza tomó el avión con destino a Bruselas, cargaba en su cuerpo las más salvajes torturas físicas y psicológicas sufridas durante más de tres años en distintos centros clandestinos de detención y cárceles de la región y el país desde su detención en su casa de Plaza Huincul, el 14 de junio de 1976, por las fuerzas represivas. Ese viaje marcó el comienzo de su exilio en la capital belga que se extendió por cuatro años. Esa experiencia está volcada en el libro Historias de exilio, en el que Marta Ronga y Angela Beaufays reúnen testimonios de militantes sociales y políticos que amenazados, perseguidos y detenidos se refugiaron en ese país europeo.

“Era un militante de la vida, un militante social, que me tocó atravesar los episodios más terribles de mi vida”, define a aquel hombre de 26 años que complementaba su empleo en el municipio de Cutral Co con trabajos de electricidad, plomería y gas en forma independiente y cursaba el último año del colegio secundario.

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Durante el traslado desde la Unidad Penitenciaria 9 de Neuquén a la U6 de Rawson, Almarza fue brutalmente golpeado: “Fueron 57 bastonazos que recibí desde la nuca hasta el coxis”. Esos golpes, más las torturas con picana eléctrica que recibió en los centros clandestinos de detención “me dejaron la columna destrozada”, lo que actualmente le impide trasladarse en forma normal y sólo puede hacerlo en silla de ruedas.

En septiembre de 1979, Almarza fue trasladado a la U9 de La Plata, donde en diciembre le informaron que le permitirían salir del país como exiliado político gracias a las gestiones realizadas por Willy Leeman, por entonces cónsul belga en Buenos Aires. Tras un derrotero de idas y vueltas con la documentación, finalmente, el 18 de enero de 1980 llegó a Bruselas. “Un toallón raído, dentro del que había puesto una muda de ropa interior y un par de zapatos que me compró Leeman en Ezeiza, era todo mi equipaje”, recordó.

Historias de exilio se titula el libro que incluye su testimonio y que será presentado el martes a las 19 en el Aula Magna de la Universidad Nacional del Comahue. "Mucha gente toma el exilio como algo que te viene de arriba. Lograr insertarte plenamente era una tarea prácticamente imposible".

“El día que viajé a Bruselas, mis padres fueron autorizados para que me puedan ver en la cárcel de Caseros, después de recorrer diversas cárceles y dependencias policiales porque no sabían donde estaba. Todo esto formaba parte de la tortura psicológica hacia los familiares de los detenidos. Finalmente, Leeman se comunicó con ellos y les informó que estaba viajando a Bruselas”, describió.

En Bruselas fue recibido por una colaboradora del Comité de Acogida de los Refugiados Latinoamericanos (Colarch). “Recién ahí me aflojé y tomé conciencia de lo que estaba viviendo”, aseguró.

Se alojó en la casa de Nicole Staes, una mujer sexagenaria que colaboraba recibiendo exiliados políticos “hasta obtener la ayuda del Estado para instalarnos y el reconocimiento de Naciones Unidas como refugiado político”.

Para aprender el idioma concurría de 8 a 16 a un centro educacional. A pesar del desarraigo, con el correr de los meses se fue incorporando a la vida cotidiana de Bruselas. “Desde que llegué me formé la idea férrea de que comenzaría la cuenta regresiva porque decididamente mi objetivo era regresar a la Argentina”, recordó.

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"Desde que llegué a Bruselas me formé la idea de que comenzaría la cuenta regresiva porque ya mi objetivo era volver a la Argentina"

Con lo que ganaba haciendo trabajos de plomería y electricidad alquiló un departamento y en mayo de 1980 comenzó a estudiar en el Centro Integral de Artes Gráficas de Bruselas. “Siempre me atrajo la gráfica y fotografía”, contó sobre lo que marcaría su carrera profesional una vez que volvió a la Argentina, donde se desempeñó en diarios y editoriales.

El 19 de diciembre de 1984 cumplió su objetivo de regresar al país. “El golpe que recibí fue aún más fuerte. Tuve que acostumbrarme y aceptar que el grupo familiar del cual me desprendieron ya no era el mismo. Mi familia se había tenido que trasladar a Neuquén porque mis padres fueron perseguidos. Cuando fui a mi pueblo, me encontré con antiguos amigos y vecinos que me esquivaban o agachaban la cabeza”, relató.

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