El hombre de los monumentos que se formó al lado de Saraco

Oscar Parra Valenzuela. Escultor. Fue uno de los mejores alumnos del reconocido artista plástico neuquino que lo llevó a trabajar a Bellas Artes.

Llegó a Neuquén tras escapar de un maremoto en Chile. Tiene 79 años y vive en Centenario. Fue albañil y peón rural.

Emilio Saraco lo convocó a trabajar con él por su habilidad con la arcilla. Es autor de varios monumentos, escudos y bustos.

ADRIANO CALALESINA
adrianoc@lmneuquen.com.ar

Centenario
"¿Qué mierda le pasa a usted que no descansa? ¿Qué sabe hacer, sabe dibujar?", le dijo Emilio Saraco a un joven que iba de acá para allá, cargando un balde con cemento. "Me gustan las bellas artes", le respondió el chico, que miraba atónito las figuras que moldeaba el maestro de la cultura neuquina. El joven tiró los baldes y empezó a ayudar a terminar con sus manos la forma de un conejo.

"¿Usted es muy hábil, tiene estudios?, le replicó Saraco, al ver cómo el hombre retocaba las figuras con las manos. "Sí, cuatro días estuve en la escuela de artes", respondió el joven aprendiz. "Pero eso no es estudiar, hombre", le gritó quien más adelante iba a ser su futuro maestro.

Corría el año 1962 y Saraco moldeaba la fachada del jardín El Conejito –el primero de Neuquén–, cuando vio a ese hombre con las manos llenas de cal. Fue la primera vez que conversaron. No hacía falta saber que ese joven era chileno y que venía, como tantos, a trabajar en la construcción.

Ese hombre que contemplaba el trabajo de Saraco, era Osvaldo Parra Valenzuela, tal vez uno de sus mejores alumnos, hoy devenido en maestro de la escultura neuquina. Es escritor y un audaz conocedor de la cultura mapuche. Es, además, reconocido como "el hombre de los monumentos", el que hizo la fachada de Los Pioneros en Centenario. El mismo que también se puso al hombro la construcción del ave rapaz que simboliza el ingreso a Piedra del Águila.

Parra Valenzuela vive hoy en su humilde casa de Centenario, tras varias vueltas al mundo que dio su vida. Tiene 79 años y sus días parecen interminables, alucinando formas y un nuevo proyecto que dibuja en su mente.

El hombre renace con cada idea que lo vuelve a hundir con las manos en la arcilla, mientras evoca en su memoria aquellas mañanas en el campo de su padre, un antiguo herrero en Cura Cautín, un pueblo cerca de Temuco, Chile.

El artista está arrojado a la vida. Dice que no es dueño de su propio destino y que Dios o como quiera se llame lo puso en Neuquén. Es que pudo haber estado en una isla chilena, alquilando barcos para los turistas. Y también, como capataz de una chacra en Cipolletti. Pero no. El muchacho terminó como escultor.

Llegó a Neuquén en 1961, casi por casualidad. Antes, con su primera esposa tenían planeado trabajar en la isla de Queule, cercano a Temuco, en la inauguración de un importante hotel. Pero un evento meteorológico dio vuelta la historia.

"Por esas cosas de la vida, parece que Dios lo detiene. Íbamos a viajar un domingo, le digo a un señor que nos iba a llevar en avión. Le dije a mi esposa que nos íbamos mejor el lunes. Esa noche por radio escuchamos lo que había pasado. Una ola tremenda se llevó el hotel nuevo y las lanchas", recuerda.

Sin pensarlo mucho emprendió el viaje con sus tres hijos, dos nenas de dos y un año, y un varón de ocho meses.

Decidieron alquilar una casita de adobe, que después pudo comprar y se empezó a ganar el día trabajando en las chacras y como albañil.

"Le debo mucho a Saraco. Me abrió caminos pero al final terminé por mi cuenta", dice Osvaldo sobre el maestro que lo hizo encontrarse con sus raíces.

Trabajó más de una década junto a él hasta que la relación llegó a su fin. A Parra Valenzuela, ya lo comenzaban a reconocer por su habilidad y la gente pedía sus obras. Un día, llegada la dictadura de
Onganía un militar tocó la puerta de Saraco y preguntó por las obras de Parra Valenzuela. El militar, a quien se lo recuerda como "el mayor Rosado", se enojó tanto con el artista que se fue sin comprar las obras.

La anécdota, agridulce para el alma de su aprendiz, le sirvió para darse cuenta de que tenía alas propias. Y así emprendió un vuelo sin regreso al mundo de la escultura y la vida mapuche.

PROYECTO
El sueño de la casa mapuche

Parra Valenzuela desembarcó en Centenario en 1992. Se había encontrado en un ambiente de artistas, con la hermana del ex intendente Adrián Fernández, quien lo recomendó. Sus obras comprenden la esencia de los pueblos originarios. Uno de sus proyectos inconclusos es el de la Casa de la Cultura Mapuche, que presentó en 1987 al gobernador Felipe Sapag, cuando se iba a exhibir la ceremonia del mapudungun, desde la convocatoria a las tribus, el viaje, el recibimiento de los caciques, el armado del rehue y el baile del choique purrún.

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