El hombre que armó su propio oasis en miniatura

Germán Ruiz se dedica al bonsái. Es un reconocido cultivador de la Patagonia.

Ana Laura Calducci

calduccia@lmneuquen.com.ar

Neuquén.- En el Jardín Japonés de Buenos Aires todos conocen a Germán Ruiz como uno de los bonsaístas más respetados del sur del país. Creó decenas de obras vivientes y, con el tiempo, se convirtió en un maestro que inició en este arte milenario a otros cultivadores patagónicos. Tiene su casa en la toma Alto Godoy. Allí, protegidos con un muro alto y una mediasombra, están sus “enanos”: árboles de las especies más diversas que va modelando con paciencia china y cuida celosamente del viento y las heladas.

El corazón de ese pequeño bosque oriental es un ombú de pocos centímetros y más de 20 años. Fue su primer bonsái, el que le cambió la vida. Se lo regaló un amigo con el que estudiaba para ser ingeniero agrónomo y hoy sigue siendo un lazo que los une. “Como él está en Buenos Aires, le mando fotos por Whatsapp para que vea que todavía lo tengo”, contó.

Ese ombú chiquito lo llevó a incursionar en el arte de la “naturaleza en macetas”, que es la traducción de la palabra bonsái. Entonces había una asociación de cultivadores local, pero eran todos mayores de edad. Germán cayó como un huracán que rompió la calma. “Como era joven, quería hacer todo ya y a la gente grande le molestaba”, recordó.

Allí aprendió de tijeras, nutrientes y paciencia. Y un día se animó a presentar sus trabajos en el Bonsái Matsuri que organiza el Jardín Japonés, un festival de exposición de los mejores ejemplares del país. Con eso se ganó el respeto de bonsaístas legendarios, como el maestro Wu Hsiao Feng.

Hoy tiene una maestría en bonsaísmo y está por recibirse de técnico universitario en Espacios Verdes. También es el alma del Club de Cultivadores de la Patagonia, que cuenta con 25 bonsaístas diseminados por Neuquén y Río Negro.

“Detrás de esto hay una filosofía, pero en nuestro club se trata un hobby, una descarga a tierra; hay gente que padece enfermedades terminales y vienen recomendados por el psicólogo”, explicó.

Indicó que aspira a que esta forma de arte se vuelva popular, “para compartir entre amigos y que haya una pizza o cerveza de por medio”. Comentó que “hoy, las herramientas que se usan valen de 400 dólares para arriba, pero igual se puede hacer con un cuchillo, tenedor y tijera de supermercado”.

Y no exagera. En su jardín tiene un estuche con tijeritas de formas caprichosas, donde también guarda un viejo Tramontina de cocina. Todo es útil para modelar la planta si hay ingenio, aclara.

Otro elemento indispensable es el vínculo con los árboles. Germán afirma que hay que hablarles. Su mujer lo mira con una sonrisa. Está acostumbrada a que los pequeños verdes sean parte de la familia. Hace tiempo se les murió un ejemplar de 35 años traído de China “y fue doloroso, como perder una mascota”, recordaron.

Secretos de las esculturas vivientes

Para el neuquino Germán Ruiz, un bonsái es una escultura viviente. Y como tal, se puede comprar a un artista que la creó o moldearla uno mismo, sabiendo que lleva varios años llegar a una obra terminada.

Esta técnica nació hace dos mil años en China, luego se trasladó a Japón y hoy se practica en todo el mundo.

En Neuquén, la especie más fácil de trabajar es el olmo. Aunque, en general, se pueden moldear bonsáis con cualquier variedad latifoliada (de hoja ancha) o conífera (pinos). Germán explicó que “tienen que ser de tallo leñoso y perennes, o sea, que no tengan un ciclo ni anual ni bianual y después mueran”.

“Se pueden iniciar de una semilla, una planta de vivero o una recolectada, que es un árbol que tiene más valor porque viene de la naturaleza”, detalló. “Una vez que crece, se empieza a podar la parte aérea de la planta”, agregó.

Señaló que hay quienes creen que a los bonsáis hay que cortarles las raíces todos los años “pero es un mito. En realidad, es al revés: más raíces son más nutrientes y eso da más hojas”.

Para darles forma, además de podar cada tanto, hay que guiar las ramas con un alambre de cobre. Después, el secreto es esperar. El sol, el agua y el propio árbol son los que ayudan al artista a completar su creación.

Plantas de más de mil años

Los bonsáis más viejos del mundo superan los mil años y han sido cultivados durante generaciones por una misma familia. Son pocos ejemplares que se exhiben en museos y es difícil calcular el precio que tendrían en el mercado. Germán contó que el árbol más caro del que tiene conocimiento es un ejemplar de 400 años, que se vendió tiempo atrás en una subasta por 5 millones de dólares. También hay opciones baratas. Son los bonsáis que se cultivan en vivero y están en sus inicios, para que el comprador continúe el proceso. Estos arbolitos se consiguen por 700 pesos.

No son para decorar el living

No hace falta ser experto en jardinería para tener un bonsái en casa, pero hay que respetar una regla fundamental: estos arbolitos no sirven para decorar el living.

Germán explicó que 9 de cada 10 bonsáis que se venden al público mueren en pocas semanas. “La gente dice: si es un árbol chiquito, es para arriba del televisor, la mesa o al lado de la ventana, y no; porque todas estas plantas, menos el ficus, van afuera, son de exterior”, aclaró.

Recordó que en su última exposición en el Parque Central, “la gente quedaba encantada, querían comprar y llevarse todo a su casa”. A cada uno debía advertirle que un bonsái necesita estar al aire libre.

Contó que también suma a la confusión que vendan sustitutos de bonsáis en varios supermercados. “Los ven ahí y parece que pueden estar en un estante pero esas son plantas esquejadas puestas para que broten, un engaño que entra por la vista”, reveló.

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