El juego del gran bonete
Precios máximos, cuidados, esenciales, control de precios, supuestos acuerdos con supermercados y empresas. Nada de esto funcionó para poner un freno real a las enormes subas en el valor de los alimentos.
No obstante, tampoco parece recomendable contribuir a la teoría de los economistas ortodoxos de que el Estado no debe intervenir y dejar que el mercado se regule por la oferta y la demanda porque, sin duda, las consecuencias serían todavía peores. ¿Qué hacer entonces?
Perón decía que el hombre es bueno pero si se lo vigila es mejor. La frase aplicaría para el caso de los formadores de precios, pero la pregunta es de qué manera esto podría ser llevado a la práctica con resultados concretos.
Muchos estudios sobre la materia apuntan a la cartelización de la industrialización y venta de los alimentos, generada por la concentración en pocas manos de la actividad, como la razón principal de la constante escalada de precios en artículos de almacén, verduras, frutas y carnes.
Una situación que ya se vivía antes de la pandemia y que ahora se potenció.
El comerciante minorista dice que aumenta el valor de venta de sus productos porque el proveedor mayorista los subió antes, el mayorista y el supermercadista acusan al intermediario, el intermediario al transportista y el transportista a Dios.
La gente continuará haciendo fila en la puerta de un súper o esperará ser atendida en un negocio de barrio para comprar, en muchos casos, lo que pueda.
Mientras tanto, seguirá el juego del gran bonete, donde las responsabilidades sobre los abusos de precios parece que no las tiene nadie.
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