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La Mañana

El legado más dulce

Es la continuadora en Neuquén de una tradición familiar que tuvo sus orígenes en la lejana Transilvania.

Por Georgina Gonzáles

Neuquén > Suave y delicada como sus chocolates, Teresa Haltrich nació en el corazón de una familia apasionada por los dulces. Desde pequeña, tuvo a mano las más ricas tortas y masas que marcaron la vida de esta ciudad y la suya, y hoy continúa la tradición familiar de excelencia con sus bombones.
La confitería Haltrich, que funcionó durante más de 50 años en la calle San Martín casi Avenida Argentina, es un recuerdo inolvidable para los neuquinos de más edad. Aquellos merengues, pasteles de boda, facturas y chocolates fueron casi parte de una tradición.
El papá de Teresa, Rolando Haltrich, llegó desde Transilvania, donde su padre ya tenía una pastelería. Aquí conoció a la mamá de Teresa, María Borja, quien hoy tiene 96 años y disfruta cuando hace paseos en su silla de ruedas por la ciudad y la paran para saludarla y recordar sus delicias.
Teresa es una apasionada por el chocolate desde pequeña. Bombones de todos los formatos estaban exhibidos en la confitería de sus padres y ella no podía contenerse. Tal es así que una vez tuvo que dejar de comerlos durante un año, por indicación de la pediatra Beatriz Peláez, luego de un gran empacho.
Desde muy pequeña ayudaba a su mamá. “Desde los 9 años estuve trabajando en el negocio, sabía todos los movimientos, y me ayudó para hoy estar trabajando en este rubro. Mi mamá me trasmitió tanto amor, tanta pasión hacia lo que hacía. Hoy en cada viaje voy buscando las chocolaterías, bombonerías, siempre trato de proponer algo nuevo”, contó, luego de convidar un exótico bombón con cardamomo.
Quizás por la gran dedicación de su madre al negocio, Teresa estuvo algunos años como pupila en un colegio de monjas en General Roca del que sólo salía tres veces al año; y luego estudió en una escuela de Cipolletti.
Como era de esperar sus amigos y compañeros siempre querían acompañarla a la confitería para ver si podrían degustar alguna delicia. Recuerda que una vez en quinto año de la secundaria decidió “hacerse la rata” por primera vez y fue con sus amigas a la confitería. “Igual yo sabía que mi mamá no estaba y mi papá estaba atrás y no nos veía, entramos, nos servimos y rajamos”, recordó entre risas.
Teresa se recibió de maestra, estudió Profesorado en Geografía en la Universidad Nacional del Comahue (UNCo), pero nunca ejerció. Se casó, tuvo cuatro hijas y se dedicó a ser madre y ama de casa. “Una profesión de 365 días al año y 24 horas al día, no reconocida”, consideró.
Y luego de 26 años de casada, un día, a sus 47 años, enfrentó el divorcio. “Me encontré con las manos vacías, sin trabajo, sin dinero, sin oficio”, confesó. “En realidad, tenía el oficio escondido”, opinó.
“Mi papá tenía el concepto de que si tenías trabajo con la familia tenías que trabajar con la familia. Mis hermanos no continuaron con el oficio y a mí me apasiona. Y me continúa una de mis hijas, Agustina. Ella mientras estudiaba en la universidad me empezó a ayudar y hoy está planificando abrir una chocolatería”, relató. Teresa contó que, aunque su padre falleció cuando su hija Agustina tenía 9 meses, ella supo trasmitirle toda su impronta.
“Para él, la palabra valía más que un documento, le gustaba la excelencia, era un artista, y logró trasladar todo su arte a la elaboración de sus productos. Hacía unas rosas de mazapán que parecían rosas verdaderas”, describió.
Aquel hombre destacaba de la creatividad de su hija una cualidad que Teresa confirmó recién cuando a sus 47 años retomó la tradición familiar con la producción de bombones.
 
Renacer
Ya separada y en busca de su nueva vida empezó a pensar de nuevo en los tradicionales chocolates de su familia. Nació su primer nieto, Tomás, y para su bautismo a Teresa se le ocurrió hacer bombones para llevar. Bombones que conquistaron todos los paladares de ese encuentro familiar.
“¿Y por qué no los vendes?”, fue la reiterada pregunta. Y así surgió la idea de elaborar y vender sus pequeñas exquisiteces  de chocolate.
Teresa empezó a investigar sobre este oficio, hizo una pasantía en Bariloche y después participó de un evento de chocolateros artesanales en Barcelona. “Aunque fui con muchos miedos, me encontré con la grata sorpresa de que yo no estaba tan atrás en el rubro y ahí empezó a engordar mi ego”, contó Teresa de su renacer como mujer y del renacer del oficio familiar.
Tiene bombones energizantes de jengibre, exóticos de pimienta rosa, con sal marina, cultiva menta en su jardín que luego baña en chocolate, y su “joyita”, como ella lo dice, son los pétalos de rosa finamente azucarados. “Yo se que no son para todos, pero a mí me llenan el alma”, confesó la mujer, quien invita a cerrar los ojos para degustar el delicado sabor del glasé acompañado de la rosa.
Y todo ese amor por lo dulce había nacido en el alma de Transilvania, de la mano de su abuelo paterno, y hacia allí también fue Teresa en medio de una búsqueda, la de encontrarse con el sitio tan recóndito donde nació su padre.
 Con una amiga y tres de sus cuatro hijas emprendió el viaje. “Llegamos y nos encontramos con la solidaridad de la gente que quiso colaborar para encontrar el lugar donde nació mi papá”, contó Teresa, quien recordó que una pista fue una anécdota que contaba siempre su abuela. Es así: frente al negocio del poblado donde nació su padre  había una plaza por la que siempre pasaban marchando los soldados, que solía escaparse y entremezclarse entre ellos a su paso.
“Señora la plaza estaba ahí delante y el río ahí a tras, acá debía ser la casa de su padre”, recordó Teresa el instante en que la piel se le puso de gallina y descubrió dónde había nacido su papá, cuando un lugareño le marcó el sitio. “Mi abuelo, mi papá, yo y mi hija”, cuatro generaciones de reposteros” se encontraban en ese punto del mundo, recuerda Teresa, que se conmueve mientras relata.

 

Una confitería que hizo estragos

Neuquén > Los bombones artesanales de Teresa Haltrich tuvieron, además del respaldo de la tradición originada en el negocio de sus padres, el empujón de los reconocidos cocineros argentinos Dolli Irigoyen y Osvaldo Gross.
“Cuando estaba empezando con la producción de bombones me encontré con Dolli Irigoyen y le comenté de mi proyecto, de cómo quería comenzarlo, implementarlo, fue muy amorosa en sus palabras. Y yo le pedí consejos, y me dijo que la mejor persona que me podía sugerir era Osvaldo Gross, el mejor repostero y chocolatero de Argentina”, recordó Teresa.
La chef del canal de televisión El Gourmet le dio a la neuquina el teléfono particular de su colega y le indicó que lo llamara un domingo. Si bien le daba un poco de vergüenza por ser un personaje tan importante para ella, juntó valentía y llamó. “Hola: mi nombre es Teresa Haltrich, soy de Neuquén, y estoy necesitando que me guíe”, contó. Y la respuesta del otro lado fue: “¿De la reconocida confitería Haltrich?
“Yo me quedé helada, porque no es un apellido que se pueda reproducir enseguida. Son cosas que te llenan el alma, te gratifican. Gross tenía amigos en la ciudad y, como también hago yo, cuando venía visitaba los negocios de su rubro y recordaba perfectamente haber estado en la confitería de mis padres”, comentó Teresa.