El mago que sueña con hacerse desaparecer

Sebastián Rozenberg se define como un creador de ilusiones y de mentiras.

PABLO MONTANARO
montanarop@lmneuquen.com.ar

NEUQUÉN
A los 17 años, Sebastián Rozenberg quedó hipnotizado por la magia. Fue durante una clase abierta que ofrecía el campeón mundial de magia Adrián Guerra en Buenos Aires. Rozenberg recrea la escena que lo llenó de asombro y por la cual encontró su destino. “Éramos un grupo de personas esperando que empiece la clase. Entra uno, que era compinche del mago, y saluda a todos. Al rato dice que al último que saludó lo notó dormido porque le había sacado el reloj y no se había dado cuenta. Me dije, no puede ser que haya sido tan rápido para sacarle el reloj”, cuenta. Así ingresó a este mundo fascinante de la magia y el ilusionismo, dejando atrás las clases como profesor de Educación Física y unas materias de Economía.

Tras estudiar en el Instituto Superior de Magia e Ilusionismo de Guerra, en 2002 cargó en una valija su galera, varita mágica, cartas y el conejo, y se fue a Villa La Angostura. “No me salía ni un show, la gente me decía ‘acá no necesitamos un mago’”, comenta. Probó suerte en Bariloche, donde se encontró con un mago que le confesó “hay seis lugares para hacer magia y yo trabajo en siete”. “Además, el tipo me presentaba como mago infantil”, dice. A pesar de ello, le pidió que le dejara algún lugar para desplegar sus trucos y al poco tiempo comenzó a hacerlo en hoteles, fiestas y escuelas.

Pero su objetivo era trabajar en Neuquén, donde unos años después le ofrecieron hacer espectáculos de magia en Casino Magic y de esta manera se instaló en esta ciudad, donde también abrió la primera Escuela y Tienda de Magia de la Patagonia por la cual pasaron más de 90 alumnos, muchos de los cuales se iniciaron como partenaires suyos y ahora trabajan por su cuenta.

“Somos creadores de ilusiones y de la mentira”, define este hombre de 40 años citando al maestro René Lavand, el mago de una sola mano. “A los alumnos lo primero que les digo es que un 95 por ciento es encontrar el efecto y el clima del juego y 5 por ciento es la habilidad de las manos. Tenemos que crear el disfrute de la gente y que se asombren”, describe.

Mientras habla Rozenberg no puede dejar de pasar las cartas de una mano a la otra, las mira y las da vuelta una y otra vez. Ese acto es como su forma de respirar. “La magia la considero un instrumento para generar ilusiones, ambientes, creer que todo es posible y que los sueños se pueden hacer realidad. Somos creadores de ilusiones, más allá de que la gente sabe que hay una trampa y no existe la magia, yo tengo que lograr que la persona que asiste a mi espectáculo vuelva a ser niño, pueda volver a ilusionarse, sorprenderse, maravillarse”, reflexiona.

Pero para brindar un buen espectáculo no es sólo cuestión de ser destacado en los trucos y ser habilidoso con las manos. “La actuación es muy importante, yo estudié teatro en Buenos Aires, lo que me permite salir de situaciones complejas”.

Dice que la clave para ser un buen ilusionista es practicar muchas horas. “Me ha pasado de romper catorce juegos de cartas para practicar un juego que duraba tres minutos y encontrarle el punto justo para asombrar al espectador”, explica. “El mago no nace con la sabiduría, uno la va creando, y además hay algo innato que es el carisma, porque lo más difícil es enfrentarse al público”, precisa.

Considera que la difusión de los trucos por internet le abrió la puerta a mucha más gente interesada en el tema y “nos permitió a enseñar magia más ampliamente, la gente nos empezó a descubrir”.

A Sebastián Rozenberg lo persigue un sueño que todavía no pudo concretar: hacerse desaparecer. “Sueño con hacerme desaparecer de mi propio espectáculo. Sueño con ese final, que se prendan las luces y no estar más. Los magos quieren terminar el show con un aplauso, yo quiero algo distinto, desaparecer y que aparezca mi voz en off”.

FRASES
“El pensar es el portal hacia el espacio; la magia es el portal del infinito”.
“Más allá de que la gente sabe que hay una trampa, tengo que lograr que vuelva a ser un niño y pueda ilusionarse, sorprenderse y maravillarse”.
Sebastián Rozenberg

CONFESIONES A LA CARTA
“Si no fuera ilusionista, sería un profesor de gimnasia pero infeliz”

Para Sebastián Rozenberg, la magia es una forma de vida. Por eso, cada vez que se pone su traje negro y se calza la galera se “transforma en un superhéroe”.

Confiesa que ha tenido que trabajar en situaciones personales terribles, creyendo que no iba a poder sacar adelante el juego, pero una vez arriba del escenario olvidarse de todo y comenzar a disfrutar de nuevo de su arte.

Recuerda, hace cuatro años atrás, el día en que le diagnosticaron el linfoma de Hodgkin, un cáncer del sistema linfático, y que tenía un show. “Creía que no iba a poder trabajar pero, como se dice, el show debe continuar, así que me puse el traje y arranqué. Ese día hice un show espectacular”, relata.

Exactamente un año después, el médico le dio el alta y ese mismo día tenía un show. “¿Cómo no voy a creer en la magia si me pasó esto”?, enfatiza el mago neuquino.

Cuenta que abrió el espectáculo contándole al público lo que le había pasado un año antes y ese día. Rozenberg explica que el público no le perdona a un mago “que sea egocéntrico, creerse más que los demás, que le falte el respeto al público o que se ría del público; en todo caso, el mago tiene que reírse con el público”.

El mago que lleva adelante su escuela y tienda de magia en Neuquén afirma que, si no hubiera entrado aquella tarde a lo del campeón de magia Adrián Guerra, sería “un profesor de educación física con buen humor pero infeliz”.

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