El mercado de armas es clave

Si cualquiera puede andar armado por la vida, nadie que transite por la vía pública está a salvo de ser baleado.

Si se puede andar por la vida armado, como si nada, no habrá protestas ni medidas que alcancen para evitar más casos como el del taxista Pablo Sánchez, baleado por un pasajero el sábado a la madrugada en pleno ejercicio del oficio con el que mantiene a su familia. Pablo fue la bandera de una extendida protesta de sus compañeros de trabajo, quienes tienen todo el derecho del mundo a protestar por los medios que tienen a la mano. Indigno de un compañero de trabajo sería retacear recursos al reclamo ante una situación semejante.

Las únicas medidas de seguridad con algún efecto potencial para evitar que sean baleados los trabajadores mientras hacen sus tareas son aquellas tendientes a desarmar a la población. Otra vez: si cualquiera puede caminar libremente con una arma de fuego entre las ropas, ninguno de los demás que habitan el mismo espacio están a salvo de terminar con un tiro encima.

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Las cámaras, las recompensas y las demás medidas que se barajaron con posterioridad al balazo que puso a Pablo al borde de la muerte sirven para bajar la espuma de las broncas sectoriales y llenar espacios mediáticos, nunca para salvar al potencial baleado que viene.

Si de verdad se quiere evitar víctimas futuras de las armas de fuego, lo que hay que diseñar es un plan para terminar con el mercado de las armas de fuego. Las armas no llueven ni las carga el diablo. No aparecen ni desaparecen. Son objetos de un mercado. El plan para desarmarlo no tendrá efecto sin el soporte de un compromiso sincero de los tres poderes del Estado.

Poner cámaras para filtrar los videos de los ataques al público no tiene más efectos que desviar la tragedia por la vía del morbo.

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