El clima en Neuquén

icon
19° Temp
40% Hum
La Mañana vida

El militar que nunca renunció a la herencia de baqueano neuquino

Sebastián Espinoza. El sargento que conoce el centro de la provincia como la palma de su mano.

La vida del gaucho neuquino está hondamente vinculada al caballo, cómplice de aventuras. Sebastián Espinoza perdió a su padre de muy joven, pero fue él quien le transmitió el cariño por los animales y el amor por la tierra.

Aprender las tradiciones, amar y respetar los oficios de los padres es una marca indeleble que dejan ellos en la estampa de sus hijos. Esas marcas que hablan de amor, querencia y respeto. Las que sirven para abrir puertas en la vida y las que usa el destino para formar y conformar la existencia de cada uno.

Te puede interesar...

Sebastián Espinoza es un hombre de 40 años que hoy es militar pero que no se puede despegar del oficio de baqueano de la vida. Ese oficio de conocer y leer la naturaleza hasta el mínimo detalle y que en condiciones extremas puede hacer la diferencia para que los sucesos y las realidades tengan un final feliz.

Nació el 20 de enero de 1980 y es hijo de Guillermo Espinoza, el hombre que supo construir su leyenda en el Valle del Covunco bajo su apodo de “el Rengo”. El hombre es nacido y criado en las tierras neuquinas de Covunco Arriba, un paraje rural que se desprende de las costas del arroyo del mismo nombre.

Un metro de nieve en el llano, en las alturas, se puede duplicar o hasta triplicar en altura”, dijo Sebastián Espinoza. Baqueano y militar
Sebastián Espinoza

Jinete, siempre

Desde que tiene memoria, su vida está vinculada con el campo y en especial con el mundo de los caballos. “Los primeros recuerdos que se vienen a mi memoria siempre son cuando andaba por delante en los brazos de mi padre montados a caballo”, cuenta. “A los 4 años ya andaba acompañando algún arreo. Con una faja mi padre me sujetaba las piernas al recado para no caerme”, rememora.

Así empezó a recorrer y hacer propios en su conocimiento los suelos de los parajes Cerro Bayo, Los Alazanes, Vaca Muerta y cada rincón del valle covunquino y de todos aquellos más de allá de sus fronteras locales. A esa corta edad, hasta las circunstancias lo animaron a acercarse a la cordillera.

Con apenas 4 años, su padre sufrió un accidente que lo dejó definitivamente en sillas de ruedas y debido a eso, poco a poco, se fue alejando de la cotidianidad de los quehaceres del campo. “Yo me crié casi solo, sin olvidar el acompañamiento de mis tíos”, comenta.

Con un dejo de emoción confiesa: “A mi papá no lo pude disfrutar”. Sin embargo, aclara que sus enseñanzas fueron vitales para abrazar el oficio de baqueano que tantas satisfacciones le brinda. “Él me enseñó en palabras y yo a mi manera y a mi tiempo lo fui poniendo en práctica”, reconoce. Relata que desde los 4 hasta los 22 años lo vio a su padre en silla de ruedas. “Él siempre quiso que fuera militar”, dice. Don Guillermo Espinoza falleció en el 2005.

“Me crié solo, mirando y aprendiendo todo lo que pasaba a mi alrededor”, cuenta.

Se crió a la par de su tío Desiderio “Lelo” Espinoza entre los 5 y los 10 años. “Ahí me largué solo y ya a los 13 años tenía la crianza de vacas a medias con mi padre. Con los años, de las 7 vacas que me entregó, arribamos a unas 100”, relata.

Anduvo muchos años de aquella niñez y adolescencia junto a su primo Jorge. De los 17 hasta los 22 años cuidó animales en el campo.

La Escuela 73, su segunda casa

Su ciclo primario lo cumplió, en la Escuela 73 de Covunco Arriba, en la medida que podía y en la medida que su trabajo en el campo se lo permitían. “En épocas de vacaciones, mi vida era en el campo nomás”, comenta.

De su paso por la escuela recuerda a las maestras y directoras Glenda Ochoa y Palmira Moltedo.

Recuerda que repitió quinto grado: “Tuve que ayudar en la parición y perdí medio año”.

El ritual de la trashumancia forma parte de su vida desde siempre. Cuenta que su veranada es en Litrán Arriba. “Con los animales grandes son unos 4 días o 5 días de marcha y con los animales chicos de 5 a 6 días”, cuenta su experiencia. “Todo la vida arreo solo. A los 12 o 13 años ya arreaba solo a la cordillera”, dice.

Hoy lo sigue haciendo, a pesar de que su profesión de militar le limita un poco los tiempos para hacerlo. “Hoy punteo los animales, ya que muchas veces tengo los días contados”, asegura.

El Ejército

Sebastián Espinoza dice que gracias a su padre conoció el campo y todos sus secretos. La vida militar le enseñó a perfeccionar ese conocimiento adquirido a lo largo de la vida.

A los 23 años ingresó al servicio militar voluntario en el RIM 10. Hoy ostenta el grado de sargento, pero se encuentra embarcado en los estudios y cursos para su ascenso a fin de año a sargento primero. Arreos a Pulmarí, andinismo, y reconocimientos de terreno forman parte de las actividades concretadas. “Soy baqueano de oficio y hoy por vocación”, menciona.

Lo más leído

Leé más

¿Qué te pareció esta noticia?

5.4878048780488% Me interesa
87.80487804878% Me gusta
4.2682926829268% Me da igual
1.8292682926829% Me aburre
0.60975609756098% Me indigna

Noticias relacionadas

Dejá tu comentario