El olor de las hojas de otoño
Hay postales de la ciudad de Neuquén que se fueron perdiendo con los años. Cada quien recordará las suyas de acuerdo a la edad o al tiempo que llevan viviendo en la capital.
Son imágenes en blanco y negro que recuerdan personajes o costumbres que alguna vez fueron parte del paisaje urbano, como los vendedores ambulantes que pasaban casa por casa ofreciendo sus productos, las acequias que serpenteaban al costado de las calles o las salidas para dar “la vuelta del perro”, por el centro del pueblo, tan comunes en los años 50 o 60.
Con la llegada del otoño hay una de esas postales que inevitablemente vienen a la memoria de los más viejos: la de los centenares de montículos de hojas secas humeando al lado del cordón de la vereda de cada casa, cuando la estación avanzaba y el frío se hacía cada vez más intenso.
La costumbre de quemar las hojas muertas terminó cuando el pueblo dejó de ser pueblo o, mejor dicho, cuando el pueblo decidió empezar a ser una ciudad con buenas prácticas y costumbres. Una ordenanza la prohibió –con razón- por cuestiones de salud y medioambiente.
Hoy esa norma sigue vigente y los especialistas recomiendan un mejor destino para la hojarasca, vinculado a la salud de la tierra y a la elaboración de compost caseros; pero, cuando llega el otoño, es inevitable recordar los montoncitos de hojas, el olor del humo que identificaba a cada barrio y se hacía más denso en los días de lloviznas.
Quemar las hojas muertas es una práctica perdida que posiblemente siga viva en algún pueblo, pero que en la gran ciudad murió hace tiempo y hoy solo se hace presente en el recuerdo.
TAGS
- Columna de Opinión


