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La Mañana

El papel y el monolito

Por Fernando Casullo (*)

En el cierre de Operación Masacre -una obra insustituible que acababa de escribir- Rodolfo Walsh señalaba que mucho del oprobio de los fusilamientos de José León Suárez se simbolizaba en un pedazo de papel. Dicho papel era el certificado de buena conducta de Miguel Ángel Giunta, “fusilado sobreviviente”. Ese certificado, en miles de otras ocasiones de rutina, encerraba allí muchísimo sobre las relaciones entre los individuos y el Estado en tiempos violentos. 
Ese esfuerzo puede trasladarse con sus particularidades a este quinto aniversario del fusilamiento de Carlos Fuentealba. Entre otras cosas por hallarnos de nuevo, mutatis mutandis, frente a tiempos inclementes. Los acontecimientos de abril de 2007 llegaron envueltos en semanas -¿meses?- de discusión en torno a las capacidades represivas del Estado y cómo este debía dudar mucho o bien poco a la hora de garantizar la “libre circulación”. Ese debate era propuesto en especial por un proyecto provincial –el sobischismo, claro está- que intentaba nacionalizarse y enfrentarse con brillo propio a las teorías “garantistas” o de mano blanda.
Y desde ya que mucho del estrepitoso fracaso de la mano dura modelo patagónico, al menos en ese termómetro que son las urnas, se debió al desenlace que terminó con la vida de un docente neuquino. La masividad de la marcha de protesta siguiente –de las más nutridas en la región- y la contundencia en el enojo que creció los días siguientes marcaron ese derrotero. La masividad renovada de las manifestaciones de hoy muestran que la sentencia que recorrió el país por aquellos días, “a los maestros no se los mata”, horadó profundo en la conciencia política local y regional.
Con todo esto en mente, ¿cómo tomar la posta del papelito de Rodolfo Walsh?, ¿cómo condensar el “caso Fuentealba”? Seguramente la respuesta esté en la piedra: el monolito que lo recuerda en la ruta es un buen derrotero para buscar. En principio porque está erigido recordando que la administración de justicia tiene bastante para hacer al respecto, determinando las responsabilidades políticas, siempre más difíciles de rastrear que las “autorías materiales”.
Por otro lado, porque está ahí, en el asfalto, recordando uno de los puntos álgidos del debate público, la teoría política y, en fin, de la vida cotidiana de los últimos años: el corte de las rutas. También porque muestra al día de hoy lo complejo de los procesos de conmemoración de la memoria y las disputas en torno al verdadero sentido de la práctica política de Carlos Fuentealba. Y también, rara paradoja de aquellos que con sus acciones parecen hacer detener el curso del tiempo, recuerda el fin de la vida de una persona que seguramente pensó en ver y disfrutar colectivamente muchos de los cambios cuyo intento lo guiaron hasta Arroyito.

(*) Historiador. Coautor de "Un conflicto social en el Neuquén de la confianza", editado por Educo.