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El pedido de mano, ese ansioso ritual de antaño

Enfrentar al padre de la prometida nunca fue fácil. Una ceremonia que se mantuvo durante siglos y que también se practicó en Neuquén.

En la mesa familiar se sentía algo de tensión. Los silencios eran largos y las conversaciones cortas, no porque estuvieran todos concentrados en la carne estofada con papas que había preparado la dueña de casa, sino porque se esperaba un desenlace inminente. Un joven, el único invitado a aquella cena, había llegado con una romántica misión: pedir la mano de su novia.

El pretendiente sabía que todos sabían, aunque parecía difícil romper el hielo delante del padre y la madre de su amada. A él ya lo conocían. En varias oportunidades la había pasado a buscar para dar la vuelta al perro por las calles del pueblo o para ir a tomar algo fresco al Hotel Confluencia, durante las tardecitas sofocantes de verano.

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–“Me dijo que trabajaba en…”,interrumpió el padre.

–“Estoy trabajando como ayudante en el banco. Recién comienzo, pero espero progresar pronto”, contestó el pretendiente con un hilo de voz, después de tragar rápidamente un trozo de carne.

–“Ahh, es verdad. No sé por qué pensaba que usted era universitario”, respondió el dueño de casa, sin dejar de mirar el plato de comida. Un nuevo y largo silencio invadió el pequeño living comedor.

Rápida de reflejos, la madre de la novia se encargó de salir de esa situación incómoda.

–“Está rica la cena, ¿no?”, preguntó con una sonrisa nerviosa.

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Pedir la mano de una novia nunca fue una tarea sencilla. Se cree que este ritual se remonta a la época de los romanos. Por aquel entonces, los hombres aspirantes a contraer matrimonio debían tener el aval de los progenitores de la novia, especialmente del padre, que era quien realmente decidía por el destino de su hija. Esta ceremonia no solo era pedir la aprobación de su entorno familiar, sino que era la oportunidad para prometer y garantizar la felicidad de la joven que pronto se convertiría en esposa.

Una vez que se escuchaba el discurso del pretendiente, el padre decidía si delegaba el “manus” (mano), que no era otra cosa que la potestad que el varón tenía sobre una mujer, fuera esta su esposa o su hija. Así de machista para épocas modernas, así de normal para gran parte del mundo durante siglos.

El ritual para pedir la mano de una mujer no siempre era el mismo. El novio podía ir acompañado por sus padres para compartir la cena con la familia de su futura esposa y en esa reunión, luego de ciertos protocolos, finalmente llegaba el pedido. Los padres del novio eran los primeros en hablar, haciendo una presentación de su hijo y de la propia familia. Hablaban de cómo habían llegado al pueblo, de sus antepasados y del trabajo que tenía el jefe del hogar.

Luego era el turno de los padres de la prometida y, finalmente, el discurso final del novio.

Sin embargo, también existía la posibilidad de que el enamorado fuera solo (sin más defensas que sus propias palabras) para enfrentar aquel ritual que no siempre se desarrollaba en paz y armonía, como el caso del joven tenedor de libros.

–“No recuerdo que me haya dicho cómo llegó a Neuquén”, dijo el padre de la novia.

–“Porque en Buenos Aires me enteré de que acá estaban buscando personal para trabajar en el Banco Nación. Y así fue que un día decidí tomarme el tren”, respondió entusiasmado.

–“Bueno, bastante aventurero y audaz….”, lanzó el dueño de casa.

Ninguno de los presentes supo si aquella respuesta era una crítica o un elogio.

–“¡Algo parecido a lo que nos ocurrió a nosotros cuando vinimos de Santa Fe con un sueño similar!”, recordó la esposa en otra oportuna intervención.

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Pedir la mano era el segundo ritual que un hombre debía cumplir antes de contraer matrimonio. Primero había que entablar un noviazgo durante un buen tiempo para que la pareja “se conociera”. Así, los novios salían de paseo por las calles del pueblo, concurrían a los bailes que se hacían en los clubes (muchas veces con la compañía de la madre de la novia, la tía o algún otro familiar), o iban al cine en soledad cuando la relación estaba más afianzada.

Cumplido ese protocolo, llegaba finalmente el pedido de mano que, si terminaba con éxito, la noticia era publicada en el diario.

En su libro Recuerdos territorianos, Ángel Edelman trae a la luz una columna de la sección “Sociales”, de un ejemplar del diario de Neuquén de 1910 en la que informaba las buenas nuevas de los noviazgos de la época.

“Han sido solicitadas y concedidas: la mano de la señorita Isabel Nodín para nuestro simpático y buen amigo Antonio Radonich; la de la señorita Ángela Muñoz para el señor Luis Cordero, escribano público y secretario del Juzgado Letrado; y la de la señorita N. Muñoz, hermana de la anterior, para el tesorero del Banco Nación, joven Carlos de la Silva”, indicaba la columna, que se permitía algunas licencias cuando los protagonistas eran personas muy conocidas del pueblo.

De esta manera, la comunidad se enteraba de todos estos acontecimientos de manera oficial, antes de que los chismes corrieran por las calles con información que no siempre resultaba veraz.

–“El postre no lo hice yo. ¡Lo hizo tu novia!”, dijo la madre con una mirada complaciente hacia la joven, que estaba ubicada justo frente a su amado. El muchacho sonrió, pero de inmediato volvió a ponerse serio. El momento más esperado de la noche estaba por llegar.

–“Quiero aprovechar para decir algo importante porque eso tiene que ver con el motivo de mi visita”, dijo el novio tratando de tomar coraje.

Un nuevo silencio invadió la sala. Todos los presentes miraron al dueño de casa.

–“Vengo a pedir la mano de su hija porque me quiero casar con ella. Quiero que sea mi esposa y la madre de mis hijos”, siguió el muchacho con tono firme y decidido.

El padre de la prometida agarró la botella de vino, se sirvió medio vaso y luego tomó un trago. Un par de décadas atrás, él había protagonizado una situación similar cuando tuvo que ir a la casa de los padres de su esposa para pedir el permiso oficial a quien luego se convertiría en su suegro.

Por un instante recordó aquella escena, los nervios que pasó y la ansiedad que tuvo que soportar en aquel encuentro que le quedó grabado en la memoria y en el corazón. La historia volvía a repetirse.

El hombre volvió a beber un sorbo de vino y finalmente levantó la copa.

–“Espero que sean muy felices. Le concedo la mano de mi hija”, dijo, serio pero emocionado. Luego vinieron los abrazos y los besos. La tensión había desaparecido.

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La historia del pedido de mano que protagonizaron estos personajes de ficción –como tantas otras que ocurrieron en el tiempo y en distintos lugares del mundo- tuvo un final feliz, más allá de los nervios por la formalidad de aquel inevitable ritual.

El jovencito tenedor de libros y de mirada tímida comenzaría a organizar la boda junto con su prometida para dar el sí en la Capilla Nuestra Señora de los Dolores, pocos meses después.

A partir de ese momento, ambos empezarían a planificar una vida en común, con un proyecto para construir la casa para albergar a una gran familia que, con el tiempo, echaría raíces en aquella promesa de ciudad llamada Neuquén.

Detrás quedarían los largos meses de noviazgo, los paseos tomados de la mano durante las noches de verano, la intimidad del cine y los bailes vigilados por ojos celosos.

También se mantendrían en el recuerdo las miradas que cruzaron cuando se conocieron, la primera declaración de amor, las cartas que se escribieron durante meses y, fundamentalmente, los miles de besos que se regalaron a escondidas bajo las sombras cómplices de la noche, antes del permiso formal y de aquel tan esperado pedido de mano.

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