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La Mañana

El piano bajo la piel

La música lo subyugó desde pequeño en aquel hogar de un pueblo cordobés donde era habitual escuchar melodías de jazz y de tango, géneros que lo marcaron para siempre.

Por MARIEL RETEGUI

Neuquén > Su padre algo tuvo que ver para que a Enrique Nicolás la música lo atrapara, porque de joven supo tocar el violín y nunca dejó de ser un melómano empedernido y asiduo espectador de obras de teatro. Enrique se nutrió en ese núcleo familiar y con el paso del tiempo se convirtió en un excelso pianista y arreglador de extensa trayectoria en el mundo del tango.
“No me acuerdo si empecé a tocar el piano a los 7 ó a los 8 años con maestros del pueblo. Mi viejo había venido de España a los 3 años y si bien iba de chico a Laboulaye nunca le había gustado demasiado. Cada quince días se iba con mi madre a Buenos Aires. Le gustaba el teatro, la calle Corrientes, el cine. Además, era empresario cinematográfico. A los 11 años nos fuimos a Buenos Aires y al poco tiempo me regaló este piano, un Erard”, cuenta Enrique señalando hacia un rincón de la sala.
Empezó a leer las partituras a temprana edad aunque siempre mantuvo cierta reticencia a la música clásica. “A mí no me gustó nunca la música clásica. Sólo algunas cosas puntuales, pero no era lo que quería tocar sino música popular, nombre con el que no estoy de acuerdo cuando se la usa para hablar con cierto menoscabo comparándola con la música académica”, reflexiona.
No dudó en anotarse en el Conservatorio de Horacio Salgan y Dante Amicarelli, donde se aprendía música popular. “Les puedo asegurar que es tan difícil tocar música popular. Por un lado están las partes escritas, pero también está todo ese bagaje que se va aprendiendo y que al momento de la ejecución te permite modificar cosas espontáneamente”, explica entusiasmado.
Encuentra cierta frescura en la música popular que se da cuando un mismo tango en una misma noche se lo puede tocar de dos formas distintas, algo que no se podría hacer al tocar una sonata de Beethoven.
La música de Brasil también es una de sus predilectas junto al jazz, que tocó toda su vida, y al tango, con el que se amigó desde los 14 años.  
Hace algún tiempo se radicó en Neuquén y desde aquí organizó sus giras, tanto con el reconocido cantante y bandoneonista Rubén Juárez como con su trío local.
Supo acompañar con sus propios arreglos en el piano a intérpretes de la talla de Raúl Lavié, Guillermito Fernández, José Ángel Trelles, Ricardo “Chiqui” Pereyra, Yasmin Ventura, María Graña, María Garay, María José Demare y Lucila Juárez.
 
El idioma de la emoción
En 2009 viajó a Europa con Rubén Juárez y con Néstor Crespo, que es guitarrista y maestro fundador del Conservatorio de Música de Avellaneda.
Tocaron en Francia, Alemania y Suiza, donde el 80 por ciento del público asistente era local. “A muchos les gusta el tango. Con artistas del tamaño de Juárez no hace falta entender castellano. Me lo dijo un alemán que no sabía castellano pero que él entendía el idioma de la emoción. Hubo gente que lloraba con él y eso era por la llegada que tenía”, recuerda.
Ya en 2011 hizo un circuito parecido incluyendo Bélgica, pero esta vez con el trío integrado por su hijo Ezequiel en contrabajo, Clemente Carrascal en bandoneón y él en piano.
“Uno va con un espectáculo de tango y es a suerte y verdad. Te plantás y empezás a tocar. La experiencia fue espectacular. Como me manejo con el inglés, y la mayoría de los alemanes hablan inglés, se armaba un espectáculo muy distendido. Además de la parte seria con un amplio repertorio y arreglos originales, me divertía mucho con la gente cuando le explicaba las letras”, describe.
De la gira, lo que rescata no es sólo el aplauso y reconocimiento sino la experiencia vivida. “Que causes sensación con tus arreglos, con tu forma de tocar, eso es lo que me elogiaban. Tocar diferente a todos los que habían escuchado”, agrega el músico, quien asegura que cuando regresó ya no era el mismo porque se aprende del intercambio a hacer un mejor espectáculo.
El músico no opaca su versión polifacética a la que se le añade su tarea de luthier, si se quiere. “El primer contrabajo que tuvo mi hijo Ezequiel se lo fabriqué yo porque no tenía plata para comprarle uno. En total ya fabriqué ocho. El octavo es un contrabajo que se desarma en dos partes para poder llevarlo en el avión”, cuenta.
Además, recibió ofertas para hacerse cargo de direcciones musicales en la Casa Aníbal Troilo y lo convocaron para el programa “Titanes en el tango”, pero las rechazó.  “No quiero ir para allá porque veo la realidad de los músicos que están trabajando todos los días, a veces con arreglos, a veces sin arreglos, acompañando 50 cantores por noche, y no me gusta”, asegura Enrique, quien prefiere tocar sus propios arreglos cuidados con su trío.
“No es fácil para nadie. No me banco la inestabilidad. Una parte del artista falla, que es la bohemia. A mí no me da lo mismo vivir bien que vivir mal. Son elecciones. No me gusta hacer una improvisación fea; la mayoría trabaja así o bien hace un show para turistas”, reflexiona.
Su tarea diaria es la docente en la Escuela de Bellas Artes donde tiene horas cátedras siendo acompañante de danzas folklóricas. “Todo lo que toco está en función didáctica o pedagógica. Es un laburo que si sos creativo no te aburrís”, cuenta el músico.
Y confiesa: “Todos los días estoy viendo qué arreglo puedo hacer. No me puedo quedar parado. Siempre tengo que buscar alguna vuelta de tuerca para no aburrirme, sino es una monotonía. No parece un trabajo, esa es la verdad. Siento que es un disfrute”.

 

Una orquesta "popular"

Neuquén > Una gira postergada por algunas ciudades europeas dio paso a un nuevo desafío: una orquesta-escuela a la que llamó “La Popular”.
Dice que el tango presenta varios inconvenientes y uno de ellos es que no hay orquestas, o si las hay son muy pocas. Trató de contactarse con diferentes áreas afines tanto en el ámbito municipal como provincial pero no prosperó.
Pero como sabía que había mucha gente que estaba interesada en tocar tango, jóvenes y no tan jóvenes, la armó él mismo. Llamó a los directivos de la Escuela de Música y le cedieron un espacio los sábados. “El primer sábado de octubre de 2012 hice la convocatoria por Facebook y a los cuatro días empezamos. Ezequiel, mi hijo, me siguió en la locura. Somos 16”, cuenta orgulloso.
La orquesta está conformada por tres bandoneones, seis violines, dos violas, tres violonchelos, un contrabajo y un pianista. Su tiempo se repartió entre la escritura y los arreglos para la orquesta.
El debut será el 6 de julio en el Aula Magna de la Universidad Nacional del Comahue. “Quiero que tengan la experiencia de tocar. No haremos un repertorio completo, sólo una parte y la otra con mi trío y otros músicos invitados. Es una linda la experiencia”, aclara.