El superdiluvio universal

Iba a ser un día histórico. Pero fue una jornada llena de dudas que mostró la verdadera cara de la organización.

La Libertadores 2018, la de los 17 campeones de América luchando por la Copa más deseada, venía muy golpeada por los escándalos por las suspensiones olvidadas en el sistema Comet (no, no le pusieron el nombre los dirigentes argentinos) y las decisiones de la Conmebol en sus escritorios que cambiaron algunos resultados, dejaron otros sin tocar y sumaron críticas.

Hacía falta mucha agua para tapar tantos incendios. Y apareció el Boca-River histórico, salvador. La batalla de todos los tiempos puso al certamen más importante del continente a la vista del resto del mundo como nunca antes. Y todos celebraron. Era un regalo del cielo. La mejor vidriera para mostrar lo bien que se podía organizar semejante espectáculo en estas tierras. Hasta el presidente Mauricio Macri se metió para sumar a los visitantes y que la fiesta, armadita en horario europeo, fuera completa, impulsada por el fervor de un duelo único, irrepetible, con el reconocido fervor y la locura especial de los hinchas argentinos llevados a límites desconocidos.

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Hacía falta mucha agua para tapar tanta pasión. Y apareció el superdiluvio universal. Una tormenta anunciada que lavó las máscaras y mostró la cara verdadera de la organización sudamericana. Iba a ser un día histórico. Pero sólo fue una jornada de idas y vueltas, de versiones encontradas y rosca interesada. La misma Conmebol que agradecía la bendición de esta superfinal terminó ahogada, expuesta, llena de dudas, sin saber para dónde salir.

La lluvia definirá cuándo se jugarán los primeros 90 minutos. Nadie lo sabe. Pero el regalo del cielo amenaza con convertirse en un castigo divino que busca lavar las manchas acumuladas en mucho tiempo.

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