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La Mañana

El tiempo político no se detiene

Con su fallecimiento, el ex presidente Néstor Kirchner adquirió una estatura impensada para otros dirigentes. Fue un político de conflicto y transformación.
Por GABRIEL RAFART

Treinta días después y muchos relatos sobre Néstor Kirchner.
El tiempo político no se detiene. Igual que el tiempo histórico. Aquel que pasó y  transcurre. Nada los detiene. Los que sí se paralizan de tanto en tanto son los hombres y mujeres que creen tener control de sus vidas para pensar y saber dónde están. Naturalmente, son los políticos los más interesados en ver si el lugar al que arribaron les permite dar un paso más, verificar retrocesos o decidirse a abandonar carreras que parecían prometedoras.
Otros políticos no tuvieron esas oportunidades. Sus biografías se interrumpieron por circunstancias alejadas de su voluntad. Son los que durante la mayor parte de su tiempo no conocieron de paradas ni de retiros espirituales. Se destacaron como políticos de la pasión, una mezcla de político sentimental, de valores y profesional. Es el caso de Néstor Kirchner. A un mes de su fallecimiento, su figura no se apagó. Aun más, logró una estatura impensada para otros líderes argentinos.
Seguramente los críticos que compartieron su presente tengan razón: era un político del conflicto. Sin embargo, hay un error de perspectiva en esa primera apreciación al negarle a la política su naturaleza conflictiva. Así como también se equivocan en no ver la transformación que conlleva toda acción política. El Kirchner combinó ambas dimensiones: conflicto y transformación. La Argentina que vivió a ese Kirchner es un país en tensión de la misma manera que ha sufrido una profunda y positiva transformación respecto a lo ocurrido una década atrás.
Esos críticos han sumado un nuevo relato. Se dice que el Kirchner muerto fue el político que más poder supo tener en la Argentina post-dictadura. Un todopoderoso al servicio del engrandecimiento personal. Como todo relato de ocasión e interesado, oculta más de lo que dice. Deja de lado el poder acumulado por Alfonsín en sus primeros tres años presidenciales. Olvidan también al Menem que junto a Cavallo entre los años '91 al '96 tuvieron mucho poder. Borran de la memoria además que con todo ese poder no logró torcer a las corporaciones agrarias ni tampoco ganar las elecciones parlamentarias de octubre de 2009. Para estas miradas, Kirchner malgastó el poder al dejarse guiar por una lógica por demás belicista y personalista. Se dice que fue el peor de los políticos populistas. Y sólo se destacó por hacer crecer pompas de jabón retirándose a un reino distinto, reforzando lo malsano de la Argentina.
Desde otras miradas excesivamente laudatorias se cometen nuevas falsificaciones. Sobre todo entre los que quieren llevar a Kirchner al panteón de los revolucionarios. Kirchner no es un símil del Che Guevara ni tampoco un setentista “puro”. Se deja de lado su veta peronista-reformista que, como tal, es herética y anti status quo.
Todos son relatos inventados aunque contengan retazos de verdad. Kirchner tuvo mucho poder o, mejor dicho, lo reconstruyó en un país que había perdido su centro. Y supo hacer del poder un campo de disputa y no de administración favorable a los poderes fácticos. En eso se distinguió respecto de aquellos otros políticos que tuvieron mucho poder después de 1983. Además, supo vivir la pasión por la política y alejarse de una de las trampas más insidiosas que tiene la política misma: aquella que lo podría haber llevado a situarse por encima de los valores y condiciones más humanas. Por eso mismo su trayectoria política y biografía personal está cargada de contradicciones y desaciertos. Pero, como todo político de una democracia que es como la hacen sus hombres y mujeres, no fue cegado por los destellos de la misma política para ser capaz de entender la diferencia entre lo circunstancial y lo permanente.  
Transcurrieron los primeros treinta días de su muerte. Estas serán las primeras miradas sobre el hombre político que fue Kirchner. Habrá lugar para nuevas invenciones. Lo que ninguno de esos relatos podrán dejar de lado es que la pasión política estuvo presente en esa biografía como en la que parece estar en una parte de sus herederos, entre ellos en quién lo acompañó como pareja y es la actual presidenta, Cristina Fernández.       
 
La política sigue su curso
La semana no sólo fue de homenaje y revisión de la biografía de Néstor Kirchner. Hubo acciones oficialistas y opositoras. Las primeras siguen la tónica del activismo con el anuncio de un shock de consumo para los pasivos nacionales con una asignación especial. También con pasos favorables a un acuerdo social que ponga límites a la inercia inflacionaria. La Presidenta tampoco dejó la escena internacional. El impuso a una cláusula democrática capaz de hacer más difícil una intervención golpista para los países de la Unasur da cuenta de que esta novel organización ya está en camino de reemplazar el protagonismo de una devaluada OEA.
Pero no todas son buenas para el oficialismo. Hay aliados y hombres que revistaron en la plantilla gubernamental que están cada vez más complicados por investigaciones judiciales. El caso “Jaime” parece entrar en una maraña contraria a los intereses del ex funcionario. Lo mismo que el avance en la causa donde se investiga la participación de sindicalistas y obras sociales gremiales en el tema de los medicamentos truchos. La cuestión de los medios –la ley que los regula- sigue un camino que por ahora es favorable a sostener el estado actual de cosas. El rechazo del juez al pedido del Ejecutivo para que se pusiera fin a la medida cautelar impuesta y, de esa manera, dar cumplimiento pleno a la Ley de Medios es una derrota para el oficialismo. También pone en entredicho las recomendaciones del máximo tribunal de justicia del país haciendo que jueces inferiores se arroguen atribuciones mayores.
Pero estas cuestiones pueden ser consideradas menores si se observa la implosión del mundo opositor y los desafíos que le espera.
Sin duda los mayores problemas están del lado de la UCR y para aquellos dirigentes que algunas vez revistaron en sus filas. Los radicales parecen contar ahora con tres dirigentes en condiciones de disputar la candidatura presidencial: Alfonsín, Cobos y Sanz. De los tres, los dos últimos enfrentan mayores dificultades. Cobos, no sólo por su brusco descenso en la consideración popular. También por la elección del momento en que lo aleje del único instrumento que le permite alguna consideración. Cuándo tomar licencia como vice resultará la decisión más compleja de su vida. Mientras tanto, Ernesto Sanz tiene una misión nada desdeñable: hacerse visible como candidato por fuera de los radicales. Lo cierto es que el radicalismo recuperó su pasión por la lucha intestina. También por encontrar algo de su pureza como partido que cuida de los suyos y aleja a los que siguen otro camino. Por ejemplo, recientemente el tribunal de ética partidaria confirmó la expulsión del gobernador Gerardo Zamora, aliado al Ejecutivo nacional. Lo curioso es que los fundamentos de esa decisión son similares a los utilizados antes para expulsar del partido al mismo Julio Cobos.
Si los radicales viven su propio laberinto, la situación del resto de la oposición enfrenta iguales o peores complicaciones. Más aún cuando todos deben aceptar las primeras elecciones primarias de candidatos que plantea la Ley de Democratización de la Representación Política, la Transparencia y la Equidad Electoral, tal el nombre de la legislación sobre reforma política. El ministro Florencio Randazzo se encargó de desmentir un corrillo que interesadamente insistía en la voluntad del Gobierno de dejar caer las internas abiertas.
El tiempo político sigue corriendo y los actores del momento siguen su curso.