El vino de Napoleón y la cava perdida de Perón

Las historias verdaderas de botellas famosas vuelven a la primera plana luego de una subasta de vinos esta semana en Londres.

Joaquín Hidalgo

Especial

Buenos Aires.- En una remota isla del Atlántico llamada Santa Elena, sólo conocida por los navegantes y los historiadores de la Revolución Francesa y la república, pasó Napoleón Bonaparte su destierro desde 1815 hasta su muerte en 1821. Para un bebedor tan refinado como el emperador, cuya sombra resultaba más alta que su estatura, el encierro en una isla sin vinos era peor que la guillotina. Aficionado al claret –del que se tomaba hasta diez botellas diarias con su séquito, más algunas otras de champagne– en su período en la isla que lo vio morir se las ingenió para tener su ración diaria, que matizaba con un raro vino sudafricano llamado Grand Constance.

A comienzos de julio de este año, una botella de Grand Constance de 1821 fue subastada. El atractivo es que, supuestamente, perteneció a la cava del emperador en su exilio atlántico. Motivo por el cual la botella, recomprada por Groot Constance, alcanzó un precio de 1318 libras esterlinas. El dato es que de esa vendimia, según informa el sitio Decanter.com, sólo se conocían unas 12 botellas hasta ahora, preservadas en colecciones privadas, lo que aumentó, junto con la sombra del emperador, el precio de la botella.

Perón: La cava que dejó al exiliarse en 1955 es otro de los mitos que jalonan su vida.

Grand Constance, sin embargo, es uno entre los muchos vinos que circulan en el mundo en colecciones privadas, cuya rareza radica en el fantasma de su último propietario, además de la escasez. Se ha comprobado que algunas eran falsas promesas, mientras que en otras sus mitos gozan de buena salud.

La cava de Perón

A la caza de esas oportunidades, algunos comerciantes de vino con fino olfato y buena puntería deambulan por subastas y remates quinielando las oportunidades, en busca de la fortuna que les cambie la vida. Tienen siempre algún dato. Y en el caso de Perón, por ejemplo, hay quien sostiene haber hallado el tesoro vínico del general (si es que ese tesoro alguna vez existió).

En 2010 este cronista fue contactado por William Hancock, un inglés refinado y conocedor de vinos, con una colección de botellas digna de Napoleón en una cava refrigerada en Londres. Este buscador de tesoros aseguraba haber dado con la cava que Perón dejó al partir al exilio en 1955.

Según el relato de Hancock, el marchante había conducido hasta la ciudad de Lobos, en Buenos Aires, donde en un campo aledaño y escondida en galpón rural se encontraba el tesoro. Tenía algunas fotos. Y entre ellas mostraba una de Pierre Jouet del 37 y otras en las que se leía claramente Pont L’Eveque, que fuera el vino preferido de Perón.

La historia era tan fantástica que podría haber sido escrita por el más encendido Osvaldo Soriano en los años de La hora sin sombra. Una red de conexiones que arrancaba en Recoleta, con algún militar arrepentido, terminaba con un inglés transitando la pampa tras los restos de unas codiciadas botellas. Todo lo que tenía era una foto y poco más que autentificara la propiedad de esos vinos. ¿Cuánto podría costar hoy una colección de tintos de la década del cuarenta, que haya pertenecido a Perón? Difícil saberlo. Y, quién sabe, quizás esas botellas aún estén esperando su comprador.

El caso del Lafitte 1787

En 1985 hallaron en París, en la que había sido la casa del embajador Thomas Jefferson –luego tercer presidente de los Estados Unidos–, una colección de botellas entre las que había un Lafitte 1787 con las iniciales "Th. J.". Subastadas en 105 mil libras esterlinas, no tardaron en aparecer más botellas en el mercado. Lo que parecía un golpe de suerte para los coleccionistas terminó siendo una pesadilla: en 2005, el comerciante de vinos Hardy Rodenstock fue hallado culpable del delito de falsificación. Y ahora cabe la duda: ¿cuáles son las verdaderas y cuáles las truchas?

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