“Ellos demostraban que tenían el poder absoluto sobre todo”
Neuquén > La audiencia de mañana en el juicio donde se investiga la actuación de ocho represores en el centro clandestino de la provincia, La Escuelita, tendrá una especial dedicación al caso del joven desa-parecido Oscar Alfredo Ragni, el 23 de diciembre de 1976.
Ragni era estudiante de arquitectura en la Universidad Nacional de La Plata y tenía 21 años cuando fue secuestrado. Hasta hoy continúa desaparecido.
Sus padres desde entonces encarnaron una lucha incansable que tendrá un punto crucial mañana cuando testifiquen ante el Tribunal.
Año tras año de búsqueda e investigación quedarán en la Justicia a través de los testimonios de Oscar e Inés.
Este hombre recuerda, aún hoy, todos los detalles del día en que se llevaron a su hijo.
Como por alguna casualidad del destino Ragni trabajó en el batallón, no fue militar pero se desempeñó en una cantina que había dentro de ese lugar hasta 1975. Un año más tarde ese sitio tuvo como detenido ilegal a su hijo, según comentaron varios testigos.
“Oscar había llegado el día antes de La Plata, venía de San Fernando, donde vivían los padres de Inés. Él había ido a visitar a sus abuelos. Llegó el 22 de diciembre”, rememoró Ragni.
Por aquel entonces, el joven cada vez que llegaba a Neuquén trabajaba con un amigo, Jorge Domínguez, quien era maestro mayor de obras.
“El 23 a la mañana yo salí a hacer unas cosas, en la casa había una estafeta de correo que atendía Inés. Fui a abrir el frente y vi pasar un Falcón verde con tres o cuatro tipos adentro, pasó despacito. Me dije que tenían pinta de viajantes, era muy común en ese tiempo”, recordó el hombre.
Durante la ausencia del padre en la casa de la calle Mascardi llegaron dos individuos e interceptaron a Inés. Dijeron venir a buscar a Oscar de parte de Jorge Domínguez, por lo que la mujer no dudó en avisarle a su hijo y éste salió con su documento y las llaves.
“Cuando vuelvo pregunto por Oscar, e Inés me dice: ‘Me parece que me jodieron’, contó Ragni con total claridad de las palabras de hace más de tres décadas.
Inés no dudó, es más cuando preguntaron por Oscar ella les contestó si venían a buscar al padre o al hijo. La mujer también había visto pasar el auto.
“Pero hay otro detalle que es importante, vino alguien a marcar la casa. Y ese alguien es un primo hermano de Oscar, es el hijo de una hermana mía”, expresó con crudeza.
Ragni sabía que su sobrino trabajaba en los servicios de inteligencia. “Pero todavía no estaba latente el problema que podía haber con la persecución”, dijo.
Al mediodía de aquel 23 de diciembre irrevocable, los padres decidieron ir hasta la casa de este amigo, el maestro mayor de obras.
“Fuimos a buscarlo a su casa y su mamá nos dijo ‘vino Coqui, pero solo, Oscarcito no vino’”, recordó Ragni.
La búsqueda continuó en la oficina de este señor en el centro. Pero allí, por la mañana, otro suceso había pasado por lo que todos estaban inertes.
En esa oficina, a eso de las 9, los empleados reciben la visita de unos hombres, que llegaron en un Falcón verde. Preguntando incesantemente por Oscar.
“El no trabaja acá, viene de vez en cuando a hacer algún trabajo con Jorge. Por ahí en un rato llega”, ésas fueron las respuestas de aquellos empleados según recordó Ragni.
“Nosotros andamos buscándolo a él, somos de la Federal. No lo conocemos pero lo vamos a esperar a acá. Cuando llegue Oscar te pasás la mano por el pelo. Y ni se mueven”, habrían dichos estas personas.
Uno de ellos seguía afuera en el auto, entró a buscar a los otros. “Nosotros nos vamos”, dicen. Le cierran la puerta, se llevan la llave, cortan el teléfono. “De acá no se mueve nadie hasta las 3 de la tarde. Si salen antes a ustedes les va a pasar lo mismo”, habrían dicho al irse.
Todo esto Ragni y su señora lo saben, pasado el mediodía, cuando van a buscar a su hijo a esa oficina y se encuentran con las desoladas caras de estas personas.
Golpear puertas
“Después empezó toda la parafernalia de ir de acá para allá. Yo conocía a muchos militares, así que íbamos a buscarlo por todos lados”, pronunció Ragni.
El mismo 24 de diciembre a la mañana Oscar e Inés fueron al Batallón y vieron a un militar.
“Es patético lo que hizo el tipo, levantó el teléfono, no marcó nada, y me dice, ‘es el jefe de la Federal’. Y se hacía el que hablaba, ‘aha, aha’, terrible, era un teniente coronel, Buero se llamaba”, recordó Ragni y concluyó: “Me dice ‘bueno Don Oscar, no hay nada que hacer, nosotros no sabemos nada. Me dicen que ellos no tienen ningún dato’”.
Otro de los militares que visitaron por aquel entonces es uno de los imputados, Enrique Braulio Olea.
“Vengo a verlo por otra cosa más importante, usted sabe cómo es la cosa ahora, pasó esto con mi hijo”, dijo Ragni y recordó la respuesta de Olea: “Nada que ver, son fuerzas paramilitares, nosotros no tenemos nada que ver”.
Horacio Tomás Liendo fue otro de los oficiales que visitaron los Ragni en la búsqueda inacabable de su hijo.
“Fui a verlo al comando. ‘Dígale a Liendo que está Oscar, recuérdele que fui el cantinero cuando él estaba’, le di mi documento. Vuelve y me dice ‘se puso muy pero muy contento, le envía saludos a su familia, pero no puede atenderlo’”, enunció con la indignación de aquel episodio Ragni.
“Hay otro, seguramente con ése nos vamos a encontrar, Galiandi se llama, ése tuvo actuación en Río Negro. También vino acá como oficial, cuando me enteré que estaba él me mandó a llamar”, contó el hombre.
Mañana testificará también Aldo Torino, esta persona fue uno de los que le dijo a los Ragni que su hijo estaba en el batallón.
“El era cocinero. A los que tenían detenidos dentro de La Escuelita les hacían la comida en el batallón y se la llevaban. El día que secuestraron a Oscar, este cocinero llevó 10 raciones y a la noche llevó 11 raciones”, relató.
Ragni dijo que Torino fue a verlo en 1976, pleno proceso, y le contó lo que sabía. Él sabía que esa tarde habían llevado a La Escuelita a un muchacho del barrio, que estaba estudiando arquitectura en La Plata. “Evidentemente era Oscarcito”, dijo.
Oscar Ragni calificó de “crucial” este momento en donde se puede condenar a ocho de los militares que actuaron durante la dictadura.
“Ellos demostraban que tenían el poder absoluto sobre todo y todos”, afirmó Ragni, quien remarcó: “La morbosidad y la impunidad de actuar de manera generalizada, porque nadie de las Fuerzas Armadas podía ignorar lo que estaba pasando”.
Era un lugar de esparcimiento del soldado.
Estando en ese sitio Ragni vio la construcción de lo que después fue el centro de detención clandestino La Escuelita.
“Yo vi desde que se empezó a construir. Primero era un lugar donde se faenaba hacienda. Eso fue en el 60. Después ahí pusieron una caballeriza. Y más tarde lo dejan como depósito”, contó Ragni.
El hombre trabajó ahí desde noviembre de 1974. Y estaban reformando ese lugar.
“En esa época iban los obreros a la cantina, y yo charlaba con ellos. Y me decían que parecía que venía una caballeriza otra vez porque estaban levantando las paredes. Y que le estaban poniendo unos aros de hierro”, recordó Ragni y afirmó: “Hacían celdas”.
“Ya en 1975, y mucho antes, se empezó a usar La Escuelita, ya había desapariciones, había persecución ideológica y política, era la triple A. Ya ahí funcionaba este lugar, después con el golpe eso fue una cosa cotidiana”, aseveró.


