Empieza por mí

Tomar conciencia de lo que tiramos nos hace comprar los productos que generan menos basura

A pesar de que la separación domiciliaria de residuos está vigente en Neuquén desde hace casi tres años, hace apenas una semana que me decidí a agregar un segundo cesto de basura para cambiar mis hábitos por otros más amigables con el medioambiente.

Me gustaría decir que fueron las reiteradas entrevistas a Marcelo Bermúdez, el secretario de Coordinación de la Municipalidad, las que me llevaron a asumir el compromiso. Pero no. Yo separo residuos por el espanto.

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El día antes de tomar la decisión vi un documental que mostraba la travesía ecológica de un grupo de mujeres extranjeras por el Atlántico. Se subían a un velero y viajaban mar adentro. Allí, en el punto más recóndito del océano, a miles de kilómetros de cualquier civilización, tiraban una red. ¿Qué sacaron? Un vaso descartable.

La acumulación de plásticos en un agua que imaginaba pura, cristalina y llena de vida me trasladó a un paisaje más cercano: las bolsas de nylon que se enredan en los alpatacos de la meseta, las latas oxidadas que reposan sobre nuestra tierra seca, las botellas que parecen reproducirse sin control. Tenía que hacer algo al respecto.

Además de favorecer el trabajo de las cooperativistas que reciclan en el CAN, mi nuevo hábito trae otros beneficios. Como tengo que romper con mi actitud mecánica de tirar, tomo conciencia de cada lata que lavo antes de dejarla en la bolsa, de cada cáscara que podría convertirse en compost. Y traslado a esa conciencia al supermercado, donde compro lo que traiga menos residuos para tirar.

Me podrán decir que hago un esfuerzo estéril ante un problema que no llego a dimensionar, pero no importa. Yo tengo que ser el cambio que quiero ver en Neuquén.

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