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Englewood, el infierno de Chicago: dos asesinos seriales sueltos en el mismo barrio

Andre Crawford y Hubert Geralds Jr., los protagonistas de las muertes que marcaron a una ciudad. Conocé qué era el "Castillo del Crimen".

Durante la década de los '90, una serie de crímenes aterrorizaron a la zona sur de la ciudad de Chicago. Todos ellos fueron cometidos en un solo barrio. Englewood. El mismísimo vecindario donde, cien años antes, otra serie de horrorosos asesinatos había tenido lugar dentro del llamado “Castillo Holmes”, un edificio emplazado en el área.

En aquel hotel, su propietario, H.H. Holmes, considerado el primer asesino serial de Estados Unidos, mató a la mayoría de sus víctimas, pero esa es otra historia. La que nos ocupa ocurrió un siglo después, y sus víctimas no eran como las usualmente adineradas huéspedes del llamado “Castillo del Crimen”. No. Esta vez, las mujeres que aparecieron muertas en el vecindario eran afroamericanas pobres, en su gran mayoría prostitutas y/o adictas a las drogas. Y quien les arrebató sus vidas tampoco compartía demasiado con el ya mencionado y pionero “serial killer”. Sobre todo en el hecho de que no se trataba de un asesino en serie. Se trataba de dos.

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-> No tan distintos

Desde septiembre de 1993 hasta junio de 1999, la Policía de Chicago acumuló una gran cantidad de crímenes sin resolver. Todos ellos sucedidos en Englewood, uno de los barrios más pobres y peligrosos del estado de Illinois. Y todos ellos similares entre sí.

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Castillo de la muerte. Chicago.

Castillo de la muerte. Chicago.

Los cadáveres correspondían a mujeres afroamericanas vulnerables. Casi todas habían sido estranguladas. Casi todas habían sido abandonadas en galpones y edificios sin habitar, calles desiertas y basureros. Casi todas habían sido violadas. Algunas, después de morir. Sin embargo, no todos los cuerpos presentaban los mismos rasgos. Algunos tenían la cara cubierta por una tela, ropa o lo que su asesino hubiera tenido a mano para tapar el rostro sin vida de su víctima. A algunos, también, les faltaban los zapatos.

A pesar de un patrón y modus operandi similar en todos los casos, difícil era determinar si los asesinatos eran obra de una misma persona. Más en un área como esa, donde, semana a semana, eran comunes los femicidios, muchos de ellos tan o más violentos que los que durante ese período de tiempo las autoridades tuvieron frente a sus narices. No obstante, todo indicaba la presencia en las calles de un único y temible asesino serial. Porque, a pesar de las diferencias, ¿cuántas chances había de tener más de uno en el mismo lugar y al mismo tiempo?

-> El “Estrangulador de Englewood”: auge y caída de Hubert Geralds Jr.

Poco es lo que se sabe de la vida de Hubert Geralds Jr. antes de ser conocido con el apodo que lo lanzó a la infamia: “El Estrangulador de Englewood”. Sabemos, gracias a lo que se dijo durante su proceso judicial, que nació el 13 de noviembre de 1964 y que su padre solo le dio su nombre, ya que lo abandonó cuando era muy pequeño. También sabemos que se crió sometido al abuso de su padrastro, a la vista de su impotente o negligente madre. Una vez transcurridas su infancia y adolescencia, existen registros de que vivió en Nueva York gracias a la documentación que indica sus entradas y salidas de la cárcel. En 1992 obtuvo la libertad condicional de esa ciudad y, para noviembre de ese mismo año, entró a otra en Chicago, por robo de casas. Para cuando volvió a salir, los asesinatos en Englewood ya habían comenzado.

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Tampoco se conoce cómo se ganaba la vida. Sí es cierto que, de algua manera, obtenía algo de dinero como para drogarse y seducir con sustancias a sus víctimas, adictas como él. Según se informó en su juicio años después, Geralds era un asiduo consumidor de crack y de servicios sexuales. Pero estos últimos no los pagaba. O, al menos, no lo hizo con las prostitutas a las que abusó y mató.

De acuerdo a la investigación de sus crímenes, el modus operandi del asesino era el siguiente. Primero, contactaba a su presa, a la que atraía ofreciéndole drogas. Después, cuando ésta se distraía, la ahorcaba tomándola por sorpresa desde atrás hasta que perdía el conocimiento. Luego, como buen parafílico que era (NdR: las parafilias consisten en fantasías y/o conductas sexuales que implican objetos o sujetos inanimados), procedía a violarla. Por último, si la mujer continuaba con vida después de la vejación, la estrangulaba o asfixiaba hasta la muerte.

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Eso pasó hasta el 18 de junio de 1995, cuando el cadáver de su última víctima fue encontrado. Se trataba de Mary Blackman, una mujer de 42 años adicta a las drogas que vivía en el mismo complejo habitacional en el que residían Geralds y varios de sus familiares. Todo terminó para Hubert cuando su propia hermana, Angela Geralds, reconoció el cadáver descompuesto de Blackman (quien era una gran amiga suya) en el container de basura perteneciente al edificio. Asustada, no solo decidió dar aviso a las autoridades, sino que se atrevió a brindarles el nombre y paradero de su hermano. Les dijo que era un adicto violento y que estaba segura de que él había tenido algo que ver con la muerte de su vecina.

Al ser arrestado, Geralds fue trasladado al Departamento de Policía de Chicago. Allí, durante el interrogatorio, no solo se adjudicó el asesinato de Blackman sino también los de cinco mujeres más: Rhonda King (24), Doretha Withers (37), Alonda Tart (23), Joyce Wilson (28) y Millicent Jones (25). Todas ellas habían sido ahorcadas y sus casos encajaban en el mismo patrón que los detectives venían investigando. Era un hecho: el Estrangulador de Englewood por fin había sido capturado.

El 9 de enero de 1998, Hubert Geralds Jr. fue encontrado culpable de los seis crímenes que se le atribuían y condenado a la pena de muerte. Sus abogados buscaron que, en vez de una ejecución, obtuviera una cadena perpetua, argumentando que su defendido había sufrido daño cerebral y retraso mental, producto de numerosos abusos físicos, psicológicos y sexuales durante su infancia.

Sin embargo, la fiscalía logró derribar con facilidad el intento: gracias a la declaración en el juicio de una testigo clave, Clenshaw Hopes, única víctima que logró sobrevivir a uno de los ataques del asesino, y a la evidencia hallada en las escenas del crimen, convenció al jurado y al juez de que el acusado había fingido sus supuestas condiciones mentales para evadir la pena capital. De esa manera, el violento femicida y abusador serial fue alojado en el “corredor de la muerte” y Englewood volvió a ser un lugar un poco más seguro. O eso creían.

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-> Los crímenes en serie continúan: el asesino necrófilo que robaba zapatos

Ocho meses después de la sentencia de Geralds, otras dos mujeres fueron encontradas muertas en el vecindario. Habían sido dejadas en dos edificios abandonados a poco más de un kilómetro y medio de distancia el uno del otro. ¿La causa de fallecimiento de ambas? Asfixia. ¿El tipo de víctimas? Afroamericanas vulnerables adictas a las drogas. Mismo patrón que el de los casos adjudicados al “Estrangulador”, pero con este último tras las rejas.

Aunque había algunas diferencias. Algunos detalles que se repetían, también, en algunas de las escenas de los muchos crímenes todavía sin resolver en esa zona de Chicago. Crímenes que, a pesar de la falta de pruebas suficientes y esas pequeñas distinciones, muchos policías creían que habían sido cometidos por el mismísimo Geralds.

Al igual que Nicole Thompson (32) y Evandre Harris (44) -las fallecidas indicadas en el párrafo anterior-, Patricia Dunn (32) y Angela Shatteen (36), asesinadas en septiembre de 1993 y abril de 1995 respectivamente, también habían sido halladas de la misma manera. Sus cuerpos sin vida, abandonados en viviendas vacías, presentaban signos de abuso sexual y ahorcamiento. Estaban desnudos de la cintura para abajo, con sus rostros cubiertos por una tela. Las prendas que les habían sido removidas continuaban en el lugar. Con excepción de una: sus zapatos.

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Estas particularidades harían sospechar a los investigadores de que Geralds no había sido el único asesino en serie de Englewood durante ese período de tiempo. Que todavía había uno suelto y que, si no lo atrapaban, pronto iba a volver a matar. Y así lo hizo hasta junio de 1999, poco tiempo después de que el FBI tuviera que involucrarse en la investigación en medio de una ola de pánico colectivo.

Finalmente, y gracias a una pista aportada por tres personas acerca de un tal “Dre” de quien se sabía en las calles que se ponía violento con prostitutas en edificios abandonados, las autoridades lograron identificar al buscado femicida, a quien arrestaron el 28 de enero del 2000. Su nombre era Andre Crawford y su ADN coincidía con el que había sido recolectado de las vestimentas y cadáveres de siete escenas de crímenes hasta ese entonces sin resolver.

Fue el propio Crawford quien, durante los tres días que duró su interrogatorio, echó algo de luz acerca de los atroces actos que había cometido. Le confesó a los investigadores que mataba enojado. Que lo hizo cada vez que una de las prostitutas con las que intercambió drogas por sexo lo traicionó. Que tuvo relaciones con ellas antes y después de muertas. Que cubrió sus rostros para que no se les vieran. Que robó sus zapatos tan solo para venderlos y obtener algo de dinero de ellas. Y, también, que había matado a cinco mujeres más de las que ellos creían. Una de ellas, la primera víctima que Hubert Geralds Jr. habia confesado matar.

-> ¿Dos asesinos seriales o solo uno?

Cuando Andre Crawford confesó con lujo de detalles el femicidio de Rhonda King (24), ocurrido en septiembre de 1994, y muchísimo más cuando las pruebas de ADN confirmaron que decía la verdad, una pregunta caló hondo entre miembros de las fuerzas de seguridad y el Poder Judicial: ¿habían encarcelado a un hombre inocente?

La noticia, que rápidamente fue reflejada por los medios de comunicación, generó un fuerte revuelo. Era cierto que Hubert Geralds Jr. había asegurado matar a King en su confesión oficial, pero también lo era el hecho de que, en otras oportunidades durante su proceso, había jurado no ser culpable y hasta había deslizado la idea de que “otro asesino serial” había cometido los crímenes por los que se lo acusaba. No había que olvidar, tampoco, los pedidos de inimputabilidad por parte de su defensa debido a su supuesta discapacidad mental.

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Tal fue el escándalo que la condena de Geralds terminó siendo revocada y el todavía conocido como “Estrangulador de Englewood” fue llevado a juicio por segunda vez. Como la autoría del crimen de Rhonda King por parte de Crawford ya había sido probada, Hubert volvió a ser juzgado por la media decena de aseinatos restantes que se le endilgaban. Nuevamente, sus abogados alegaron enfermedad mental y pidieron que la declaración inicial de su defendido fuera tomada como inválida ya que, aprovechándose de su condición, sus interrogadores lo habían presionado y hasta forzado a confesar. Pero, más allá del que el Departamento de Policía de Chicago negó las acusaciones, la fiscalía derribó la teoría de la incapacidad mental de Hubert al presentar ante la corte la misiva que éste le había enviado a un diario local. La carta, que estaba bien escrita y articulada, fue analizada por peritos, quienes lograron demostrar otra vez que la presunta discapacidad de Geralds era una farsa.

Hubert Geralds Jr. fue condenadoa muerte por segunda vez. No obstante, no fue ni será ejecutado. Ese mismo año, el entonces gobernador George Ryan declaró una moratoria en las leyes de pena capital en el estado de Illinois. De tal manera, 167 sentencias de muerte hasta ese momento fueron cambiadas a condenas a prisión perpetua. Entre ellas, la de Geralds, quien hoy pasa sus días en el Centro Correccional Menard.

-> El peor “serial killer” de Illinois desde John Wayne Gacy

“No me esperaba que luciera como todos los demás. Pensé que se iba a parecer a la maldad”. Eso fue lo que le dijo al Chicago Tribune la madre de una de las víctimas, luego de ver al asesino de su hija sentarse en el banquillo de los acusados. Andre Crawford. De 47 años en aquel entonces. Semi calvo. Mirada y postura tranquila. Once mujeres asesinadas en su haber. Ahorcadas o apuñaladas. Muchas de ellas, violadas antes y después de haberlas matado. Un sádico femicida que, a pesar de todo, se veía como un tipo común.

Fue, gracias a su aspecto y comportamiento público, que logró pasar desapercibido en su comunidad. “Era un tipo de buen carácter. Nunca lo escuché degradando a las mujeres o diciendo algo que te hiciera pensar que era violento. Era un tipo amable”, le dijo al mismo diario un vecino de Englewood, donde Crawford era apreciado y respetado. Si hasta, incluso, participaba de las campañas de advertencia y precaución por los asesinatos que el barrio venía sufriendo desde hacía tanto tiempo.

Pero en realidad, Crawford era un hombre perturbado con un pasado difícil. Su padre lo abandonó después de su nacimiento y su madre no lo cuidó, al punto que la ley le quitó la custodia. Fue acogido por una familia a la que nunca se adaptó y en la que, según dijo años después, fue abusado sexualmente. Sea esto cierto o no (tanto su padre adoptivo como su hermana biológica lo negaron), de adolescente se hizo adicto a las drogas y abandonó el colegio. Terminó de cortar lazos con esos parientes cuando se alistó en el Ejército. Pocos años después, fue expulsado del mismo por su constante abuso de sustancias. Fue entonces que volvió a Chicago y su camino a la perdición comenzó a pronunciarse. Fue a partir de ese momento que su drogadicción se acentuó, a la par de su agresividad hacia las mujeres.

Quería que las mujeres sufrieran así porque es lo que, en verdad, quería hacerle a su madre”, explicó acerca de su impulso asesino John Fabian, el psiquiatra que lo analizó. También, dijo que el hecho de que cubriera los rostros de sus víctimas podía indicar vergüenza o cierto arrepentimiento luego de sus estallidos de violencia. Esto último, sin embargo, es discutible. Al menos para quienes vieron su actitud impávida durante su juicio, presenciado por muchos de los familiares de sus víctimas. O a juzgar por el dibujo que hizo en la cárcel, en el que retrató la expresión de terror en la cara de la primera mujer que mató.

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Fuera como fuera, su condena por fin llegó el 10 de diciembre de 2009. André Crawford, el peor asesino serial del estado de Illinois desde el infame John Wayne Gacy, fue sentenciado a cadena perpetua por el femicidio y violación de once mujeres. No fue ejecutado como este último, pero la muerte lo encontró privado de su libertad. Falleció de cáncer de hígado en marzo de 2017.

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