Para un periodista habituado a escribir sobre sangre, asesinato y violación, no es común utilizar las palabras del título. Pero hoy, porque quiero y porque puedo, como dicen los chicos ahora, tengo la necesidad de hacer una pausa para comentar una experiencia en medio de la pandemia.
Me llamaron por teléfono, como a cualquier ciudadano, y me informaron de que me vacunarían contra el COVID-19 en el Ruca Che.
Al llegar, me encontré con cientos de neuquinos que escondían la alegría detrás del barbijo obligatorio pero en sus ojos había una suerte de brillo, el de la esperanza.
Todos, como rebaño, seguimos las instrucciones que unas mujeres y hombres muy amables nos iban impartiendo para que el orden y la distancia social se respetaran por sobre todas las cosas.
Después, en grupos de 24, cotejaron nuestros DNI, los tomaron y nos condujeron a una sala, que debe ser el vestuario del Ruca Che, donde nos informaron la vacuna que nos iban a inyectar y los efectos secundarios que podía causar.
Tras el pinchazo, las consultas y la devolución del DNI, el aplauso generalizado fluyó entre todos. En ese momento no había banderas de ningún tipo, estábamos todos con la esperanza inyectada, muchos vieron luz al final del túnel y otros no pudieron esconder las lágrimas por aquellos a los que perdieron y todavía duelen, aun sabiendo que todavía no hemos terminado de zafar del letal virus.
Tal vez, cuando concluya esta pandemia, recobremos el sentido de la condición humana y pongamos por delante aquellas cosas que son importantes, como los seres que nos rodean, y que no sean el yugo, la avaricia y el desmadre lo que prime.


