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La Mañana Columna de Opinión

Ética del dejar morir y vivir

Se repite el dilema de quién vive y no en las terapias intensivas. La experiencia no se puede transferir.

La experiencia es intransferible. Nadie puede estar en los zapatos de los terapistas que, cada tanto, tienen que decidir a quién le dan un respirador y a quién no en un hospital o una clínica. La decisión no es más que decidir sobre la vida, en base a las condiciones de cada ser humano que entra en la terapia intensiva, en un debate ético, que hoy está eclipsado por la emergencia, las malas decisiones (o no) políticas y la irresponsabilidad individual en el contexto de la pandemia del coronavirus. En un contexto normal, el sistema sanitario funciona con prioridades en la emergencia, pero hoy, ante el colapso de las camas con pacientes que presentan síntomas graves de COVID, caer en la internación es una ruleta rusa: hay un 50% de posibilidades de morir, de acuerdo a lo que estiman las autoridades sanitarias. Poner sobre el relieve la expresión “si hubiese pasado”, hoy no tiene sentido. Tampoco echar culpas (eso se verá más adelante con las consecuencias electorales o no de este escenario) Para quienes no viven de cerca la trágica experiencia del coronavirus, los que no han tenido muertos propios, hay muchas cosas que decir, que están sucediendo. Personas que mandan mensajes de WhattsApp sin respuesta, por gente que está grave internada, de manera inesperada. Personas jóvenes, deportistas y que llevan una vida sana, a quienes el virus, inexplicablemente, los ha dejado sin poder respirar. Se pueden tejer decenas de hipótesis, desde las más conspiradoras, hasta las negacionistas. Pareciera que todo vale en la discusión, pero hay algo inminente: la muerte que no se puede tapar y cada vez en personas más jóvenes. Se pueden discutir las estadísticas, la eficacia de las vacunas, pero cada 10 minutos el virus se lleva a una persona.