Fútbol, locura y emoción

Pusineri pasó de los elogios a quedar en la cuerda floja, y Beccacece hizo el camino inverso. Todo en 90 minutos.

Alos apasionados del fútbol, millones en este país, el clásico de Avellaneda les hizo el día el domingo. Y el lunes también. No hace falta ser de Independiente para entender su bronca y su tristeza por ese resultado impensado con dos hombres más que convirtió a los hinchas de Racing en los tipos más felices del mundo, justo ante el rival de siempre que lo tiene de hijo, pero que en el Cilindro dejó jirones de su rica historia, como dijo hasta el propio Daniel Bertoni.

Hubo memes, obvio, y videos emotivos de gente quebrada en las tribunas cuando el chileno Díaz metió lo que sería el gol del triunfo. Gente llorando, mucha, porque el fútbol es eso, una pasión que contagia y que se entiende, con los neutrales atentos a un momento que se sabe único. Lo mismo ocurrió en la final de la Copa Sudamericana, cuando un minuto de música y letra clavada al ángulo por Los Palmeras los convirtieron en sensación continental, y dejaron a millones de argentinos cantando "Ah eh eh ah, yo soy Sabalero", como si sintieran amor por Colón de toda la vida.

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Esa misma pasión inexplicable explica, también, por qué un técnico, Lucas Pusineri, que lleva apenas cuatro partidos, puede quedar en la cuerda floja apenas una semana después de que le llovieran flores de todos lados por la goleada ante Central. La misma pasión que puede llevar a otro DT, Sebastián Beccacece, a dejar atrás dos tibios empates y muchas críticas del mundo futbolero (todavía paga, claro, su rol como assitente en el papelón de Rusia 2018) para transformarse por unas horas en el estratega más grande de la historia.

Así se vive el fútbol por estas tierras, siempre emocionados, siempre desbordados.

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