Gorrión de la calle Santa Cruz

A los 8 años se convirtió en la primera mujer en vocear los diarios por las calles de la ciudad. Fue en la década del 30, combatiendo el frío, la lluvia, el viento y el calor. Su vida fue una constante lucha para sobrevivir a la pobreza y a la tuberculosis, que finalmente la doblegó. A pesar de todo, asegura que fue feliz.

Por Pablo Montanaro

Neuquén > En algún momento del día, cuando los embates de sus pulmones ya gastados le dan una tregua, Paulina cierra los ojos en el silencio del comedor de su casa de la calle Santa Cruz al 800, del barrio Belgrano, y comienza a disfrutar de una película que la tiene como protagonista. La primera imagen que se le aparece es la de esa niña menuda de 8 o 9 años con las canillas (las pantorrillas) al aire, junto a su hermano mayor, Cristóbal, voceando los diarios en las calles de tierra y polvo de aquel Neuquén de los años 30. Una fotografía que tan bien retrató el dramaturgo uruguayo Florencio Sánchez para bautizar con el nombre “canillitas” a esos pibes que vendían diarios en las calles, en los tranvías y los trenes, a los cuales también se refirió Horacio Guarany en una letra que dice: “Si se calla el cantor/ se quedan solos/ los humildes gorriones/ de los diarios…”.
Paulina fue una de ellos, la primera canillita mujer de la ciudad. Y aunque la memoria le juegue algunas malas pasadas durante la charla bajo la mirada cordial y orgullosa de dos de sus hijos, ella va armando de manera fragmentaria aquellos años de canillita. “Mi hermano Cristóbal era quien iba a recibir los diarios a la estación, que venían en tren de la ciudad de Buenos Aires. Él se despertaba antes que yo para eso. Una vez que los recibía, al rato llegaba yo y me los daba marcados con los nombres de cada familia para entregarlos en el domicilio. Repartía los diarios Crítica, La Nación y otros que venían de Buenos Aires”, explica.
Todas las mañanas, luego de retirar los diarios de la estación de trenes, su hermano la esperaba en un comercio ubicado en la esquina de la vieja Escuela 2, que era de la familia Nogueira, de Bahía Blanca.
“Estuve muchos años vendiendo diarios, en esa época era todo de tierra y, cuando había viento, la arena que se levantaba me hacía picar las piernitas”, dice, y recuerda que usaban antiparras para que la tierra no se le metiera en los ojos.
De aquellos repartos, rememora con un gesto de felicidad cuando caminaba Avenida Argentina o Diagonal 25 de Mayo, donde recién se habían plantado los árboles de eucalipto. Pero la zona donde voceaba Paulina era el Parque Central; allí antiguamente estaba emplazado el barrio Ferroviario.
Recuerda que nació en Córdoba un 30 de junio, pero “no me acuerdo de qué año” (su hijo indica en 1927), en una familia muy humilde. Su padre era policía y junto a su madre se vinieron a Neuquén provenientes de Jujuy. La pareja tuvo 9 hijos.
Paulina hizo hasta tercer grado en la Escuela 121, que en aquel tiempo estaba en Perito Moreno y Chubut. Abandonó porque todos en la familia debían colaborar para llevar dinero a la casa. Además de los diarios, se dedicaba a vender pollos en la calle y, cuando su padre murió, fue a trabajar a casas de familia. Y nombra a unos pocos apellidos, como Palomo, Carrera y Raimundo. “Esa gente me ayudó muchísimo, me enseñaron muchas cosas, sobre todo a cocinar y a llevar adelante una casa”, afirma.
El segundo nombre de la Negrita Pintos, como se la conoce, es Eleuteria, pero de inmediato hace un gesto de desaprobación. “Ese nombre nunca me gustó, pero si lo tiene que poner en la nota, póngalo”, sugiere.
Asegura que cuando leía los diarios que repartía, elegía las noticias “feas”, las de la sección Policiales, que “son las que más le llamaban la atención a la gente, y a mí también”, acota.
Hace unos años atrás, más precisamente en 2007, el Concejo Deliberante de Neuquén decidió distinguirla a través de la instalación de un monolito ubicado en el boulevard de Avenida Argentina entre las calles Mitre y Sarmiento. “La verdad que eso que pusieron ahí nunca me gustó, nunca le di importancia”, dice.
 
Todo amor
En un baile que se hizo en la casa de Remigio Bosch conoció a quien se convertiría en su marido, que en ese entonces estaba haciendo el servicio militar en la Marina y vivía en Añelo; luego fue sargento de la Policía. A los 18 años se casó y a partir de entonces se convirtió en ama de casa criando a seis hijos, de los cuales dos de ellos fallecieron de pequeños por problemas de salud.
Sus hijos cuentan que su madre, como había conocido la pobreza más extrema, “nunca tiró nada, era una economista fenomenal; además tenía cuadernos donde anotaba con una letra caligráfica hermosa todos los movimientos diarios de la casa”, agrega Hugo.
Siempre vivió sobre la calle Santa Cruz; es su lugar en el mundo. Pero recuerda que antiguamente “era una calle fea y que más de una vez llegó la creciente”.
Se ríe con todas las ganas cuando Hugo la alienta para que cuente aquella vez que fueron a ver la película "Tiburón". “Cuando salimos de verla, que se estrenaba en Neuquén, se largó una tormenta, y cuando nos íbamos acercando a la casa estaba todo inundado, el taxi nos había dejado a unas cuantas cuadras y yo me tuve que levantar la pollera para pasar”, dice, con ayuda de sus hijos. “Ella nunca salía pero cada vez que lo hacía pasaba algo”, añade Hugo.
La generosidad de Paulina, su amor hacia los que menos tiene, se refleja en dos hechos que comienzan a relatar sus hijos pero que ella completa. “Una vez estaba esperando a que mi esposo llegara del trabajo, lo esperaba debajo de un árbol y pasa una mujer y me pregunta: ‘¿No tiene una zapatilla?’”. Paulina se sacó las alpargatas nuevas que tenía puestas y se las dio a la señora. “Me volví descalza a casa y cuando mi marido me vio me dijo: ‘Cómo te animás a darle unas zapatillas nuevas’”.
La otra situación de la que durante muchos años fueron testigos sus hijos da cuenta de que “cuando le hacíamos regalos por el Día de la Madre, ella devolvía los regalos y con el dinero que le devolvían les compraba algo a sus nietos”.
A pesar de todas las dificultades y problemas de salud que sufrió, y sigue sufriendo, Paulina confiesa en voz baja: “Fui muy feliz”. Una felicidad que demuestra cuando mira la cámara del fotógrafo y lo saluda con su mano derecha, y se queda parada, como posando para las fotos. No lo dice, pero demuestra que está contenta de recibirnos, de conversar de aquellos tiempos cuando voceaba por el barrio Ferroviario o Avenida Argentina flanqueada por esos nacientes eucaliptos.
Felicidad a la que ella misma le pone una hermosa imagen para cerrar la nota: marcando los pasos mientras tararea un tanguito.

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