Gran sorpresa en Neuquén: el día que apareció la imprenta

Fue instalada en 1906 en un pequeño taller. La iniciativa permitiría abrir un camino de progreso para el pueblo recién fundado.

Hugo Bazo Montero tenía 17 años cuando murió en Neuquén la noche del 27 de noviembre de 1906. El certificado de defunción explicó que su fallecimiento había sido producto de una infección tifoidea y miocarditis.

Tanto para sus familiares, pioneros de flamante capital, como para todo el pueblo, la noticia generó una gran conmoción social. Sin embargo, lo que más impactó fue que las participaciones del sepelio del joven fueron distribuidas a la mañana siguiente.

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"Qué herejes… Vea que encargar con anticipación a Bahía Blanca los avisos fúnebres, adelantándose a la muerte del enfermo", eran los comentarios que rápidamente comenzaron a circular por las calles.

Hacía dos años que la capital se había trasladado a la zona de la Confluencia, y el pequeño pueblo comenzaba a tener movimiento y mucha vida. Todos los días se asentaban nuevas familias y la actividad social comenzaba a ser intensa.

Lo que sorprendió a todos esa mañana fue que a menos de 12 horas del fallecimiento del muchacho hubieran aparecido las participaciones prolijamente impresas en cartón. "Cómo pudieron saber el día y la hora de la muerte, antes de producirse", se preguntaban. En efecto, el aviso fúnebre informaba que Hugo Bazo Montero había fallecido el 27 de noviembre a las 20:05.

La imprenta más cercana que había estaba en la ciudad de Bahía Blanca y no existía medio de comunicación o vehículo alguno que hubiera podido trasladar las participaciones de manera tan rápida.

Lo que no sabían en el pueblo era de la existencia de un modesto taller gráfico que había comenzado a funcionar en Neuquén. Se trataba de la primera imprenta del paraje, que se había instalado a 300 metros de la casa mortuoria.

José Edelman, otro de los pioneros que tuvo la ciudad, la había comprado en Buenos Aires junto con todos los insumos necesarios para poner en marcha el taller gráfico. Edelman no tenía conocimiento del oficio, por lo que en su estadía en la gran ciudad aprovechó para ver cómo los operarios experimentados entintaban la máquina, colocaban los tipos, imprimían, perforaban y guillotinaban el papel o el cartón. Con esas precarias nociones que tuvo a través de la observación, regresó a Neuquén y puso manos a la obra.

El día del sepelio del joven, Edelman tuvo que dar explicaciones a la comunidad neuquina por aquellas participaciones que se habían confeccionado con tanta celeridad y la noticia sorprendió aún más a los pueblerinos. ¡Neuquén tenía la primera imprenta! Muchos años después, el hijo de José –Ángel Edelman- explicaría en sus memorias que el hecho de que el pueblito recién fundado tuviera un taller de gráfica y también una librería que había abierto la familia, significaba un enorme paso de progreso para la flamante capital. Pero ¿hasta qué punto?

Dos años después de aquella primera experiencia en la imprenta, la comunidad se sorprendería nuevamente con la aparición del primer semanario llamado "Neuquén", dirigido por el periodista Abel Chaneton y confeccionado y administrado por Edelman. La edición inicial tuvo 300 ejemplares y fue tanto el entusiasmo de sus propietarios, que ese día lanzaron bombas de estruendo e hicieron un asado a la criolla para compartir con los vecinos.

A partir de ese momento, los capitalinos no solo tendrían noticias de lo que pasaba en la zona, sino que además contarían con un instrumento de servicios sociales y comunitarios que canalizaría las preocupaciones y alegrías de la población. En aquellas páginas artesanales, el pueblo se enteraría de los nacimientos de los nuevos neuquinos, los pedidos de mano que hacían los hombres a los padres de sus futuras esposas, los cumpleaños y también las novedades más tristes como la muerte de aquel muchacho.

En la imprenta de los Edelman, el trabajo fue intenso y los hijos de José también colaboraron en esas tareas porque su padre les había enseñado el oficio. Todas las publicaciones posibles –tarjetas, participaciones, afiches, panfletos- que circulaban en la región se imprimieron en ese taller que con el tiempo se fue expandiendo con nuevas maquinarias y tuvo que mudarse a locales más grandes para poder mejorar el negocio.

Neuquén, aquella aldea polvorienta que fundó Carlos Bouquet Roldán con el sueño de que fuera una gran ciudad, comenzaba a dar sus primeros pasos. Tenía diario, imprenta y librería. Un largo camino le quedaría a lo largo del tiempo.

Fuente: "Primera historia de Neuquén. Recuerdos territorianos", de Angel Edelman.

Ilustración: El actor Dardo Sánchez, interpretando al periodista Abel Chaneton en el documental "Chaneton", de Fabio Rodríguez Tappa e Iñaki Echeverría.

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