"Guglielminetti levantaba o bajaba la mano para que me apliquen picana"
El único imputado de esta causa que estuvo presente en la audiencia fue Antonio Camarelli, ex jefe de la Policía de Río Negro.
Neuquén > Orlando “Nano” Balbo, el primero de los más de doscientos testigos que fueron citados para comparecer ante el Tribunal Oral Federal de Neuquén que investiga delitos de lesa humanidad cometidos por ex miembros del Ejército, fuerzas de seguridad nacionales y de la provincia de Río Negro y ex agentes de Inteligencia durante la última dictadura militar, señaló que el centro clandestino de detención La Escuelita, que funcionaba al fondo del Batallón 601, fue “un matadero”.
Con el testimonio de Balbo comenzaron ayer en el Salón Verde de AMUC (Avenida Argentina al 1500) las audiencias testimoniales por parte de testigos y víctimas de este juicio en el que están imputados 23 represores en perjuicio de 39 víctimas, 6 de ellas siguen desaparecidas, y que se estima durará hasta fin de año.
El testigo ingresó al salón en medio de un extenso aplauso del público que asistió a AMUC. Al comenzar su declaración Balbo señaló una “coincidencia macabra”, ya que a este juicio se lo conoce como “Escuelita II”, en alusión al centro clandestino de detención y que antes de 1976, “había sido un matadero de animales”.
Balbo, quien fue secuestrado en Belgrano y Salta el 24 de marzo de 1976, señaló al ex agente de Inteligencia, Raúl Guglielminetti como el responsable de su secuestro y quien daba las órdenes en los operativos y en las sesiones de torturas a las que fue sometido y que le generó la pérdida casi total de su sistema auditivo.
Dijo que los mayores tormentos fueron aplicados en la Delegación Neuquén de la Policía Federal y consistían en la aplicación de corriente eléctrica en el cuerpo. Señaló que fue golpeado por toda persona que pasaba cerca del lugar donde se encontraba.
Afirmó que Guglielminetti era el encargado de conducir las sesiones de torturas, “era quien daba las órdenes, levantaba o bajaba la mano para que me apliquen la picana”, y agregó que “tenía una mirada penetrante, prácticamente daba órdenes con la mirada”. Agregó que era golpeado mientras le hacían preguntas sobre armas y afiliación política. "El grito de la tortura no es un grito humano", aseguró.
Balbo, que respondió las preguntas del Tribunal y de las partes que se reflejaban en una pantalla, por no poder escuchar, afirmó que a partir de marzo de 1976 en el país se había instalado “el terror cubierto en un plan criminal, que tenía como eje central impedir cualquier reacción de la gente”.
Añadió que los represores se escudaron en una “seudo teoría de la obediencia debida” que demuestra claros “actos de cobardía”.
El declarante se mostró orgulloso de poder expresar todo lo ocurrido hace 36 años y dijo que los sobrevivientes tienen un mandato: “Es nuestra obligación de contar al Poder Judicial lo que nos pasó" y calificó a este poder como "un elemento sanador”.
Además sostuvo que “nuestros hijos deben saber la verdad” de todo lo ocurrido durante largos años en nuestro país, conducido por un gobierno de facto a partir del 24 de marzo de 1976.
Balbo declaró que hasta el momento de su detención, el 24 de marzo de 1976, era maestro de quinto grado de una escuela de Cipolletti a la que concurrían alumnos con problemas sociales.
Contó que fue trasladado desde la Delegación Federal hasta la U9 en varias oportunidades. En esta prisión era asistido por un médico, “pero el terror me invadía cuando era sacado y llevado a la fuerza hasta el edificio de la Policía Federal para ser nuevamente torturado”.
Después con otros seis presos, todos ellos militantes políticos y dirigentes gremiales, Balbo fue llevado hasta Viedma y desde allí a la Unidad Penal 6 de Rawson.
Finalmente, en 1978 es llevado y abandonado en la prisión de Caseros, provincia de Buenos Aires, donde es autorizado por las fuerzas militares a dejar el país.
Balbo se exilió en Roma, Italia, donde permaneció durante seis años.
Luego de la declaración de Balbo, prestó su testimonio Roberto Sánchez Soria, médico otorrinolaringólogo, quien constató la lesión auditiva de Balbo y consideró que tenía un daño irreversible. El especialista, quien lo atendió en Neuquén en 1989, consideró que la lesión encontrada en el oído de Balbo era compatible con la situación de tortura que el paciente describió.
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