Hay vida tras la superfinal

Y de repente, como por arte de magia (del Pity Martínez, del Pipa Benedetto y cía), ya casi ni se habla del dólar, de las causas de los cuadernos y de Moyano, de Vaca Muerta, de las internas políticas ni del clima loco. La histórica final de la Libertadores, el desenlace soñado del certamen continental más importante, copó el centro de la escena y los primerísimos planos desde que se consumó el pasaje de Boca a la instancia decisiva que aseguró el inédito cruce con el eterno rival, en el que estará la Copa en juego.

En la calle, en los bares y trabajos el único tema es el Boca-River qué se viene. El día, el árbitro, la sanción al Millo y demás yerbas ocuparon ayer gran parte de la agenda mediática y de la opinión pública en general.

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El problema radica en que, de tan importante que resulta en un país súper futbolero, los hinchas en lugar de disfrutarlo empiezan a padecerlo. Y es allí cuando el miedo se apodera de todos. De los de Boca y los de River. “Si perdemos me voy a vivir a Uruguay”, admitió, bien gráfico, el histórico dirigente xeneize Marcelo London en el programa de Alejandro Fantino.

En lugar de disfrutarlo, la mayoría de los hinchas ya está sufriendo el cruce por miedo a perderlo.

Así, lamentablemente, están planteadas las cosas. Es, más que nunca, “la gloria o devoto” como reza el dicho. Ganar representa tocar el cielo con las manos. Perder, una humillación deportiva súper dolorosa, una herida que según la exagerada manera en que lo viven los hinchas, quizás no cicatrice jamás.

Faltan ocho días para la ida, del sábado 10. Es tiempo de poner la pelota al pie y recapacitar, si la adrenalina y las pulsaciones a mil lo permiten. Habrá vida después de la final. Existen cosas más importantes que el fútbol. ¡Pero qué lindo que va a estar, señores!

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