El clima en Neuquén

icon
-4° Temp
84% Hum
La Mañana hospital

Horacio Heller, la historia detrás del hospital en la lucha contra la pandemia mundial

Su nombre es un homenaje al médico que dedicó su carrera al sistema de salud de Neuquén, Horacio Heller.

Este es un sentido relato realizado por uno de sus hijos, Diego.

El doctor Heller arribó al Valle de Río Negro y Neuquén en la década del ’70 para nunca más partir. El Valle fue su lugar en el mundo.

Te puede interesar...

Nació el 28 de marzo de 1938 en la ciudad de Buenos Aires: fue el mayor de los tres hijos de Bernardo Heller, abogado especializado en relaciones públicas, e Irmgard Schussler, profesora de idiomas nacida en Stuttgart, Alemania, que se enamoró de su marido en España, donde ambos estaban por motivos de fuerza mayor.

Bernardo recaló en Madrid porque sus padres se habían exiliado allí tras el golpe del '30. Su padre, Abraham Heller, había sido parte del equipo económico de Hipólito Yrigoyen, y tras el ‘putsch’ de Uriburu temía por la suerte de su familia. Mientras completaba sus estudios de Derecho, conoció a Irmgard, que escapaba de una Alemania carcomida por la hiperinflación y mantenía a sus padres dando clases de alemán para las elites madrileñas.

En 1937, cuando quedó patente que España se desangraría mucho tiempo en una impiadosa guerra civil, los Heller volvieron a Buenos Aires. Tiempo después, Irmgard recorría el mismo camino. La leyenda familiar dice que hizo el viaje estando ya embarazada de su primogénito, y que su llegada al fin del mundo causó sorpresa, sobre todo por la noticia de su gravidez.

Como fuera, Bernardo e Irmgard se casaron pronto y se mudaron a una casita de Banfield, en el Gran Buenos Aires. Allí crecería Horacio, un ariano que ya de chico demostraba pasión por la ciencia y el rugby, así como una miopía galopante.

De adolescente, Horacio, quien era el más responsable de los tres hermanos (ya habían nacido Armando y Galia Margarita), desafió por primera vez la autoridad de sus padres dándoles la espalda en cuanto a religión. No quería relacionarse con Dios como su padre –un agnóstico convencido, judío de bautismo, pero refractario al sionismo y alérgico al ceremonial del templo- ni tampoco le cerraba darle el gusto a su madre y crecer como un prolijo protestante, credo en el que había sido bautizado. Fue así que se convirtió al catolicismo, fe que profesó con altibajos hasta el final de su vida.

Apurado por ser médico, y por escapar del pequeño departamento de Palermo al que se había mudado la familia, rindió quinto año libre y dedicó horas extras a la carrera, que había empezado a cursar en la Universidad de Buenos Aires en 1955, mientras las facultades empezaban a ser “desperonizadas”.

Estudiante destacado, fue ayudante de cátedra durante años y se recibió con diploma de honor. Ya sabía que su pasión era la clínica, y en 1965 era jefe de residentes de clínica médica del Instituto de Investigaciones Clínicas Alfredo Lanari. Por esos días, el Lanari era tal vez el lugar más prestigioso para formarse. Creado en 1957, era un hospital de alta complejidad con un exigente programa de residencias médicas: allí funcionó el primer riñón artificial del país, y se realizó el primer trasplante renal, casi en simultáneo con los EE.UU.

Casado con la médica pediatra Mabel Melchionne, el doctor Heller alternaba las clases en el Lanari con las guardias en el Hospital Naval, ubicado en Parque Centenario. En 1967 fue padre de Hernán y dos años más tarde nació Martín, su segundo hijo. Los años 70 lo encontraron militando cerca del peronismo, sobre todo haciendo acción social en villas de emergencia, ya que nunca se afilió a partido alguno.

Las vueltas de la vida hicieron que se enamorara de una residente del Lanari, Alicia Kraly, por lo que se divorció de su primera esposa. En 1971, Alicia y Horacio eran padres de Diego, y un año y medio más tarde vería la luz Lucio, el segundo de sus hijos.

horacio-heller.jpg
Horacio Heller y su esposa, Alivia Kraly.

Horacio Heller y su esposa, Alivia Kraly.

Como la situación política en el país se complicaba y la derecha sindical empezaba a operar a los tiros, creyeron razonable dejar Buenos Aires. Luego de rendir concurso para un cargo de médico clínico en el hospital de Cipolletti, en Río Negro, Horacio se mudó junto a su mujer e hijos al Valle, que al cabo resultaría ser su lugar en el mundo: el 28 de mayo de 1974, a bordo de un Peugeot 404 y con Alicia embarazada de Matías, su tercer hijo, pusieron en marcha su sueño patagónico.

El ambicioso Plan de Salud rionegrino se desmoronó a poco de andar, por lo que en 1975 el doctor Heller se incorporó al Servicio de Clínica Médica del Hospital Regional Neuquén. Allí, junto a su colega Hernán Calvo, pronto se destacaron por sus cualidades humanas y su capacidad de gestión.

Horacio Heller fue, desde entonces, uno de los más fervientes impulsores del recién nacido Plan de Salud Neuquino, una criatura que despertaría admiración en todo el mundo. En el Hospital Castro Rendón, el doctor Heller pronto fue nombrado jefe del servicio de Clínica Médica, y compartía charlas de pasillo con su esposa Alicia, que era un puntal de la recién estrenada Terapia Intensiva: para entonces ya había nacido Paula, su cuarta hija.

Para 1981, consciente de que la gestión hospitalaria era una materia vital para el sistema de salud, se capacitó en Administración de Servicios de Salud cursando una maestría de la OPS. Lejos de conformarse con ser uno de los clínicos más respetados de la Patagonia, reforzó su compromiso con la salud pública aceptando ser parte de la dirección asociada del hospital más importante de Neuquén. Formó parte de un equipo que haría historia, ya que compartió responsabilidades de gestión con otros tres médicos a los que la provincia les debe mucho: al Dr. Lara, Jorge Gorosito y Dr. José Pino Russo. Ya entrada la década del ochenta, durante cuatro años fue director del Castro Rendón, donde formó un recordado equipo de conducción que intentó establecer un nuevo modelo de gestión, aportando desde sus particulares condiciones personales, profesionales y docentes una dosis de sentido común infrecuente en las jefaturas.

horacio-heller-3.jpg
Horacio Heller e hijos.

Horacio Heller e hijos.

Buscando un enfoque interdisciplinario, buceó en las ciencias sociales y dedicó parte de su escaso tiempo libre al procesamiento de información para entender por qué convivían en la provincia estándares de salud de Primer Mundo con cifras dignas de las zonas más atrasadas de África. Su obsesión era llevar la atención primaria a cada neuquino, sobre todo a los más humildes.

Por cuestiones políticas, pasó un tiempo en el ostracismo y volvió a su querido servicio de Clínica Médica. Inquieto, siguió golpeando puertas y viajó como representante de la provincia ante la Organización Panamericana de la Salud en Washington, a inicios de 1991. Ese mismo año, volvieron a convocarlo para que se hiciera cargo de la Dirección General del Hospital Castro Rendón. Puso como condición ser elegido por sus pares, y no por un decreto de la autoridad de turno: la legitimidad de los mandatos era otro de sus nortes vitales. El 31 de julio, por la mañana, una asamblea de médicos y enfermeros lo elegía por aclamación director de su querido hospital. Habrá sido la emoción de sentirse reconocido, o el exceso de alegría. Lo cierto es que, a las once de la mañana de ese frío día de invierno, mientras sus colegas lo felicitaban por volver a su casa, su corazón dijo basta. “Tengo una precordial”, le dijo al doctor David Pedemonte antes de perder el conocimiento.

horacio-heller-2.jpg
Horacio Heller y colegas.

Horacio Heller y colegas.

Murió en su ley: diagnosticando el infarto masivo de miocardio que lo llevaría a ese más allá en el que no creía. Tenía 53 años, seis hijos, decenas de amigos. Su cortejo fúnebre fue de los más concurridos que se recuerden en Neuquén: cientos de pacientes le agradecían con lágrimas haberse dejado la vida para salvar las suyas. ¿Qué mejor homenaje para un médico?

Su hijo médico, continuador de su obra, está trabajando denodadamente en la lucha contra el Covid desde el hospital que lleva el nombre de su padre. Y también su apellido, ese que le fue legado y al que homenajea todos los días de la única forma que le enseñaron: haciéndole el bien a otros. De esa manera, está honrando también a su padre.

(En 1995, cuatro años después de su temprano adiós, decenas de colegas y amigos del doctor instaron al Poder Ejecutivo provincial a que bautizara en su honor el hospital que estaba a punto de inaugurarse en el oeste neuquino. Mediante el decreto 2323/95, el gobernador le impuso el nombre de Dr. Horacio Heller al edificio de la esquina de Coronel Godoy y Lighuen, en el oeste de la capital provincial)

hospital-heller-1200-678.jpg

Lo más leído

Leé más

¿Qué te pareció esta noticia?

6.7164179104478% Me interesa
86.940298507463% Me gusta
2.2388059701493% Me da igual
2.2388059701493% Me aburre
1.865671641791% Me indigna

Noticias relacionadas

Dejá tu comentario