Con la paciencia propia de los grandes goleadores, capaces de aguardar su chance durante 90 minutos, Mauro Icardi esperó “su” momento para el contundente pase de factura. Y vaya si hizo ruido: fue, incluso, más noticia que su primer gol con la camiseta argentina un rato antes, en el 2 a 0 frente a México.
Algunos le reprochan que debió decirlo antes. Pero lo importante es que habló, casi a modo de desahogo, por lo mal que la pasó y lo hicieron sentir en la Selección esos líderes negativos que se devoraron varios técnicos y gozaron de demasiado poder e impunidad en la albiceleste. Los que afortunadamente, en su gran mayoría, ya no están.
“Se formó algo muy lindo. Viví lo anterior y no había tanto compañerismo y amistad. Ojalá que Scaloni pueda seguir. Cuando vine acá, no sentía esto. Se siente. Somos todos jóvenes. Antes, con jugadores de experiencia, no se sentía”, fue el claro y sorpresivo mensaje, el tiro por elevación del implacable delantero del Inter para los anteriores referentes, los históricos de la Selección en estos últimos años.
El 9 de la Selección envió un claro mensaje a Messi, Masche y cía. ¿Podría convivir con el 10?
Su confesión confirma todo lo que el periodismo informó del mal clima interno, de la soberbia y los caprichos de un grupito tan talentoso dentro del campo (no hay que olvidar que fueron subcampeones del mundo) como tóxico y nocivo fuera de él. Una vez más hay que darle la derecha a la prensa, en épocas en la que se la castiga y desacredita en exceso (más allá de los errores propios).
Lo último. ¿Que pasará si Messi acepta el desafío de regresar a la Selección de la que se siente amo y señor? ¿Aceptará que los nuevos, esos que ya hicieron saber que así están cómodos, pongan las condiciones?


