La condena de la PIAP

El futuro de los trabajadores de la Planta Industrial de Agua Pesada (PIAP) de Arroyito sigue sin rumbo. Protestan con cortes de ruta para que alguna autoridad resuelva la crisis que comenzó hace meses y ha provocado que ellos dejen de cobrar sus sueldos en tiempo y forma, al mismo tiempo que conviven con el temor a quedarse sin trabajo.

La crisis de la PIAP es porque nadie quiere comprar lo que la planta produce: agua pesada. La oportunidad para mantenerse con vida de la planta de Arroyito, hoy por hoy, es que se firme un contrato para la provisión del insumo que fabrica a la cuarta central nuclear que se planea construir en Lima, provincia de Buenos Aires. La administración de las centrales nucleares argentinas está en manos de la empresa Nucleoeléctrica Argentina Sociedad Anónima (NASA), que debería empezar a pagar el agua pesada desde la firma del contrato. Esta empresa avisó que por los costos actuales de la planta de Arroyito, no está dispuesta a comprarle. Le cuesta más barato importarla. De lo contrario, requerirá subsidios de la Nación. Ese es uno de los problemas para la vida de la PIAP, pero no el único. La construcción de la cuarta central está en veremos. Tenía que empezar este año, pero no hay plata, en pocas palabras. De hecho, en 2016 fueron despedidos más de mil obreros que la construían. El financiamiento dependía de un acuerdo que firmó el kirchnerismo con China para dos centrales: una con agua pesada y otra con tecnología más moderna. Una de las razones para hacer una central con agua pesada es el conocimiento que hay en el país de esa tecnología, abandonada ya en el mundo. La otra, darle un sentido a la planta de Arroyito para seguir existiendo.

Su salvación depende de la construcción de una central nuclear para la que no hay plata y de subsidios.

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