Bien podría ser la primera escena de una película. Una joven docente recién recibida que de pronto decide jugársela y apostar a una vida completamente diferente en un lugar lejano, inhóspito y desconocido. Todo eso, en una época donde no existía internet y las comunicaciones se realizaban con paciencia, aguardando los tiempos del correo postal y, con suerte, aprovechando la inmediatez del teléfono, una opción esporádica cuyo costo, no fomentaba largas charlas.
Todo eso, siendo mujer a mediados de los '80. Una locura para muchos. Para ella, una emocionante aventura que le dio un porvenir, permitiéndole ser parte de la historia educativa de la provincia de Neuquén con numerosas experiencias enriquecedoras.
Con un diagnóstico asma a cuestas y una prescripción médica indicando que busque nuevos aires en la Patagonia, Lucrecia Olivera comenzó a madurar la idea de dejar el calor de San Miguel de Tucumán aunque eso trajera aparejado el alejarse de su familia, sus amistades y las costumbres de la cuna que la cobijó desde que nació hasta los 23 años.
"Yo tenía problemas respiratorios y uno de los médicos que me atendió cuando tenía 18 años me dijo que uno de los climas que podía hacerme bien era el del sur y el de Neuquén en particular, o Catamarca", contó Lucrecia en diálogo con LMNeuquén dando cuenta de la semilla que sembraron esas palabras. Neuquén quedó resonando como posibilidad en su cabeza que, con curiosidad y hambre de mundo, descartó por su cercanía las localidades vecinas al Jardín de la República y comenzó a fantasear con ese horizonte lejano.
"Yo me recibí de maestra en el '84 y en el '85 empecé a trabajar", comentó para contextualizar la insólita situación que, como buen guionista de cine, el destino escribió para marcar su camino. "Un día fui a la terminal de ómnibus a sacar un pasaje para irme a Córdoba a pasear, porque era febrero, y escuché que una señora estaba sacando pasajes para Neuquén. Así que me quedé a esperarla y cuando terminó la compra me acerqué y le comenté mi inquietud, qué tenía ganas de hacer. Después de escucharme sacó una tarjetita de su cartera y me dijo: 'Cuando organices todos tus papeles mandámelos a esta dirección'", relató. Justo dio la casualidad que la mujer, llamada Mirna Escobar, trabajaba en el Consejo de Educación neuquino.
"Todo era demasiada coincidencia. Así que después que volví de Córdoba, hice lo que me indicó y en septiembre me llamaron. Ella misma me mandó un telegrama que llegó un sábado diciendo que me tenía que presentar el lunes. Pude llamarla desde una cabina porque en ese momento no teníamos teléfono en casa y le pedí que me diera por lo menos una semana para poder organizarme. Estaba trabajando en Tucumán y quería renunciar y hacer los trámites que corresponden", explicó.
"En ese momento estaba con mi hermano mayor en casa porque mis padres se habían ido a Santiago del Estero a comprar una casa con la idea de que me fuera a trabajar ahí, ya que también tenía un clima adecuado para mi salud. Mi hermano y mi abuela me apoyaron, pero mucha gente me decía que era una locura, que no sabía a dónde me iba. Me cuestionaban porque me iba de un día para el otro. La sociedad del norte es muy conservadora y más con una mujer. Cuando se enteró, mi mamá se puso muy mal, le costó digerirlo. Mi papá tuvo palabras más atinadas para el momento que no me las olvido más. Con su lenguaje campestre dijo: 'Nosotros le enseñamos a arar, ahora que empiece a arar sola'", recordó.
Una semana después Lucrecia ya estaba arriba de un micro rumbo a Córdoba, la parada intermedia y obligada hacia su nuevo e ignoto destino. "Yo había salido a la madrugada y en la terminal de Córdoba tuve que esperar unas nueve horas hasta salir para Neuquén con un micro que se llamaba Tus. Ahí tuve tiempo de sobra para arrepentirme y volverme, pero me quedé", dijo entre risas."No sabía nada de a dónde me venía. Yo no conocía nada más allá de Buenos Aires y nunca había hecho un viaje tan largo en mi vida", exclamó.
Trece horas de ruta después Lucrecia descubrió las entonces polvorientas calles de Neuquén Capital de madrugada y quedó cautivada por los colores y contornos de la barda iluminados con la luz del amanecer del domingo. "Mirna me estaba esperando. Me acuerdo que tenía un Fitito y me llevó a su casa tempranito. Vivía en Alta Barda, el barrio era nuevito. Se veía muy distinto sin tantos edificios como ahora. Quedé impactada por el paisaje, para mi era algo novedoso. Aparte a esa hora, cuando estaba saliendo el sol, era muy romántico", describió.
"Ella ya me tenía lista una habitación para que pudiera dormir. A la hora del almuerzo me despertó, me presentó a su familia y luego me puso al tanto de cómo eran las cosas. Al otro día salí para mi destino: la escuela N° 18 de Los Carrizos, en el departamento Minas", sentenció.
Tras ese pantallazo en la capital de la provincia, Lucrecia tomó otro colectivo y llegó a Andacollo. Allí la recibió un matrimonio de docentes tucumanos que trabajaban como directores de distrito. Sus costumbres compartidas y el cálido trato hicieron más reconfortante su llegada al pueblo del norte neuquino que la cobijó una noche para reponer fuerzas antes de emprender el último tramo de su periplo.
Acompañada por sus coterráneos, Lucrecia emprendió el viaje en una camioneta que llevaba a los docentes a las distintas escuelas rurales de la zona. El último trecho lo hizo caminando con su equipaje, luego de cruzar el viejo puente colgante del río Nahueve, con la ayuda de personal de gendarmería.
"Lo grandioso fue que yo no tenía miedo. Estaba expectante de todo. La escuela era nueva y tenía una casita independiente donde vivía yo y la portera, que se quedaba de lunes a viernes. La directora vivía en otra vivienda. Los chicos empezaban las clases a las 10 de la mañana y a las 16, gendarmería los llevaba a sus puestos. Los grados eran múltiples, yo me encargaba del primer ciclo. Las clases empezaban en septiembre y terminaban en mayo", precisó.
"Haciendo una comparación con el Tucumán que dejé, puedo decir que los docentes allá sí llevábamos todo para trabajar porque no teníamos nada. En cambio acá -por lo menos hasta que me jubilé- a las escuelas nunca dejaron de llegar útiles para los chicos y en las rurales, más todavía", enfatizó.
Sin fotos, pero los paisajes de Los Carrizos y de las aguas Nahueve grabados en su corazón, y una mochila con recuerdos entrañables de la "gente maravillosa" que conoció en ese paraje, en 1989 Lucrecia aceptó otra oferta laboral y decidió ir a explorar nuevas geografías
Lejos de la humildad y la simpleza de sus alumnos del norte neuquino, donde las necesidades estaban a la orden del día, la docente encontró un escenario social completamente diferente en El Chocón, la villa erigida al calor del desarrollo hidroeléctrico que estaba en pleno auge económico.
"La sociedad estaba muy estratificada. Había barrios donde vivían los ingenieros y abogados y otros donde vivían los obreros y maestros. Estaba todo muy separado, aunque luego se juntaban todos en la escuela porque había una sola. Los sueldos de Hidronor eran muy buenos y con el aguinaldo muchos, de las capas más altas, cambiaban el auto por 'el mejor'. Había ese tipo de competencias", planteó la mujer que quedó impactada por el contraste cultural y de recursos de la localidad a la que había arribado con la que acababa de dejar.
"Más allá de eso, yo pude adaptarme, trabajé en primaria, media y también le daba clases a los gendarmes que habían llegado de otras provincias del norte. También trabajé en la Iglesia, como siempre, y me hice de amigos. Hasta el día de hoy tengo gente conocida de esa época. Fue una experiencia linda, más allá de esa diferenciación social", manifestó.
Dos años más tarde de su llegada a la tierra de los dinosaurios, Lucrecia volvió a hacer las valijas para instalarse en otro punto de la provincia luego de recibir una propuesta laboral. Tal como sucedió cuando puso por primera vez un pie en la Patagonia, la toma de decisión fue rápida.
"Yo tenía unas amigas en Neuquén y un día que fui a visitarlas, una de ellas me comentó que estaban necesitando maestras en Capital y propuso que me viniera. Un viernes a la tarde me ofrecieron trabajar en la Escuela 61, en la calle Misiones y dije que sí. Empecé a trabajar, presenté mi renuncia en El Chocón desde Neuquén y después fui a buscar mi ropa y mis cosas. Me acuerdo que traje mis cosas viajando en un camión que llevaba víveres. Mirá la audacia, me podría haber pasado cualquier cosa, pero siempre me encontré con gente buena en el camino. Si no hubiera sido así, capaz que me hubiese vuelto a Tucumán. Yo no sé si las cosas que daban así en ese momento o si yo tenía otra estrella", deslizó con humor.
"De vivir en lugares donde culturalmente no había mucho para hacer, vivir en la ciudad era otra historia. Tenía lugares para ir a conocer o comprar, era distinto", remarcó y agregó que en un primer momento trabajó y vivió en el bajo, dentro del radio céntrico de la ciudad.
"Yo no conocía los barrios", advirtió para luego señalar que tiempo después, siguió el consejo de sus compañeras de trabajo y tomó la titularidad de un cargo en un establecimiento educativo emplazado en una zona de chacras "que en ese momento se llamaba Los Pumas".
"Ahí empecé a hacer doble turno y tenía que transportarme porque me mudé al barrio Coviseg en una casa que me prestó una familia que conocí viviendo en El Chocón. Era una zona bastante brava", postuló antes de recordar que fue víctima de un robo.
Más tarde, dio clases en la Escuela 74, momento que coincidió con la llegada de su hijo mayor. Posteriormente desembarcó en la Escuela 200, en el barrio San Lorenzo, donde se jubiló después de construir una trayectoria de 20 años.
"Con los años me mudé cerca de ahí y la escuela fue una prolongación de mi casa", sostuvo. Con su aventurera llegada a la Patagonia, Lucrecia contagió de entusiasmo a dos de sus hermanos que no dudaron en elegir Neuquén como su hogar junto a sus respectivas familias. Agradecida con todos aquellos que la acompañaron y que abrieron las puertas de sus casas para darle techo y comida cada vez que se apostó a un cambio, Lucrecia reflexionó: "Creo que en esa época eso pasaba y más en esos lugares. Digo pasaba porque creo que ahora estamos más a la defensiva".
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