La historia de dos mujeres solas que viven en una toma
Mario Cippitelli
Neuquén.- Eva siempre soñó con que dejaría de ser pobre. Lo hizo en su Entre Ríos natal, donde conoció el hambre y la miseria y donde la supervivencia era la única manera de subsistir al abandono y la marginalidad.
Hace dos años llegó a Neuquén con ese sueño, pero tampoco tuvo suerte. Intentó formar una familia, conseguir algún trabajo digno, pero no hubo caso. El hombre con el que vivía la maltrataba y ella tuvo que dejar la casa y salir a enfrentar la vida con 42 años y tres hijos chicos.
Hoy vive en la última toma de tierras que se formó en la ciudad, en un sector del barrio Parque Industrial. Con la ayuda de vecinos, armó la estructura de un rancho que todavía no tiene techo pero cuyas paredes levantadas con pallets protegen a una carpa vieja y sucia reforzada con una lona que alguna vez sirvió de toldo.
Mucho más no puede hacer. El sector se convirtió en un polvorín desde que se conoció que había una orden de desalojo. La Policía custodia el lugar y no deja entrar materiales de construcción, por lo que muchas casillas quedaron a mitad de camino. Una de ellas, la más precaria, es la de Eva, que la usa sólo para dormir. Casi todo el día lo pasa en un rancho más confortable que es el de Vanesa, una joven de 19 años que vive una situación parecida pero con un pasado mejor.
Vanesa logró estudiar y se crió en una familia humilde pero con más posibilidades que la de Eva. Llegó a cursar tercer año, pero tuvo que dejar porque quedó embarazada. Para peor, se separó de su pareja y hoy está sola, con un chico a medio criar. Dice que el padre del nene le pasa algo de dinero para ayudarla, pero que no le alcanza. Afortunadamente, sus padres viven cerca de allí y también la ayudan a sobrevivir. Sin apoyo sería imposible.
La canchita
La toma del Parque Industrial fue alguna vez un enorme potrero donde los pibes del barrio jugaban a la pelota. Un arco de caños oxidados, tirado en un costado, es el último vestigio de que aquel lugar alguna vez sirvió para recreación. El tiempo pasó, los yuyos crecieron y el potrero quedó convertido en un baldío gigante que ahora los vecinos decidieron urbanizar de prepo y de manera desprolija, como todas las tomas que florecieron en la ciudad y hoy ya son barrios consolidados, aunque con todo tipo de necesidades.
El espacio quedó subdividido en lotes de 10 por 20 metros, dejando el espacio a algunas callejuelas para poder circular. Alambres y cintas marcan cada terreno, donde ya empiezan a verse incipientes construcciones de pallets que la gente consigue a 50 pesos cada uno y que se los vende un hombre que vive por ahí cerca. Para levantar una casilla medianamente digna se necesitan por lo menos 30, por lo que los costos se disparan, especialmente para quienes viven sólo de changas, la gran mayoría.
“Yo limpio casas pero cada tanto, no tengo trabajo formal”, dice Eva, mientras mira de reojo a sus hijos que juegan a pocos metros de la casilla. Pese a su situación precaria, tanto Eva como Vanesa aseguran que quieren pagar la tierra que usurparon, aunque no saben cómo. Con el poco dinero que tienen compran alimentos y los cocinan de manera comunitaria entre quienes tienen más confianza. Una vieja parrilla anda de un lado para el otro. Sirve para asar, pero también para apoyar una olla o una sartén y preparar lo que sea. Todo viene bien.
“Estuve pagando alquiler durante siete años, pero ahora es imposible. No tengo trabajo, estoy sola y tengo que criar a mis tres hijos”. Eva. Madre de tres hijos que vive en una precaria casilla
“Me hubiera gustado terminar de estudiar en la escuela secundaria, pero quedé embarazada y tuve que empezar a trabajar. Ahora estoy desocupada”. Vanesa. Madre de un hijo y una de las ocupantes en la nueva toma
Abanico social
Vanesa aclara que no son las únicas mujeres solas. En realidad, en la toma hay de todo: parejas jóvenes, chicas embarazadas, familias que recién arrancan y hasta algunos viejos que parecen haber sido condenados por el destino a vivir de manera miserable los últimos años de su vida. Un grupo de perros vagabundos que se acercó en busca de comida y cariño termina de componer un cuadro social triste que contrasta significativamente con las zonas más ricas de la ciudad, ubicadas a pocas cuadras hacia el sur.
Justo al lado se encuentra el barrio Parque Industrial, un caserío de gente humilde que inauguró Felipe Sapag en 1983. Durante muchos años fue un sector conflictivo, con episodios de violencia casi cotidianos que inundaron las tapas de los diarios durante años. Lo compone casi en su totalidad gente trabajadora que todavía sufre la estigmatización por vivir en ese barrio que alguna vez se ganó la fama de ser el más peligroso de Neuquén. Algunos de los hijos o nietos de aquellos primeros vecinos son los que decidieron tomar las tierras para levantar sus viviendas, aunque sea de manera precaria. Primero usurparon un cañadón y la Policía los desalojó; ahora ocuparon ese espacio y hubo otra intimación de la Justicia que, por ahora, no tiene un desenlace.
Son muy pocos los terrenos que no tienen nada. La mayoría cuenta con un refugio improvisado, a la espera de poder construir algo para vivir dignamente.
Comodidades
“Algunos no están tan mal”, dice Eva, y señala la casilla de un hombre que hasta logró hacer un baño separado de la construcción. Todo está prolijamente forrado de nylon negro, un lujo al lado del resto de los ranchos a medio terminar. O como la otra vivienda que armó una pareja de jóvenes que tienen un auto viejo estacionado al lado. Las comodidades son distintas.
Cae la tarde y el sol ya no calienta como después del mediodía. Eva y Vanesa saben que muy pronto comenzarán los días fríos del otoño, pero son optimistas. Es probable que ya no tengan los mismos sueños de bonanza y de buen vivir que alguna vez tuvieron, pero se esperanzan con poco. Aunque sea con recuperar algo de dignidad.
81 lotes lograron subdividir en el predio ubicado al lado del Parque Industrial.
Desalojar o reubicarlos, las únicas opciones
¿Desalojar el lugar por la fuerza y pagar un costo político o reubicar a ese centenar de familias? Desde que la Justicia intimó a los ocupantes a desistir de la usurpación se generaron todo tipo de especulaciones y hasta chicanas políticas, siempre presentes en un año electoral.
Los ocupantes de los terrenos saben que a pocos meses de los comicios tienen la oportunidad de encontrar una solución, más aan cuando los gobiernos (municipal y provincial) avanzan en la regularización de asentamientos que nacieron como tomas.
La mayoría dice que está dispuesto a pagar las tierras que ocuparon u otras que les otorguen para poder construir sus viviendas, porque pagar un alquiler en la ciudad se hace prácticamente imposible.
“Si vienen a desalojarnos, vamos a resistir y ellos (por los políticos) se van a tener que hacer cargo de lo que pase”, advirtieron en varias oportunidades.
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