La misma piedra

Siempre que hay un paro del gremio de los docentes, los más perjudicados por la decisión son los niños.

Aun día del inicio oficial del ciclo lectivo, un nuevo paro docente refresca el recuerdo de 2018, cuando los estudiantes de las escuelas públicas pasaron casi medio año lejos de las aulas.

Si bien los años electorales parecen ablandar las negociaciones, esta vez los empleados estatales agrupados en ATE y UPCN aceptaron la propuesta de extender la actualización trimestral de los salarios por un nuevo semestre, en lo que parece una oferta mucho más tentadora de la que recibirán otros trabajadores del ámbito privado.

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Para el gremio de los trabajadores de la educación (ATEN), con más armas para presionar, la oferta no fue suficiente, por lo que el plenario rechazó la propuesta y exigió que el acuerdo sea anual. Su reclamo parece justo. No piden un aumento sino una actualización de sus ingresos al ritmo de la inflación.

El problema es que su pedido se da en un contexto nacional que apunta a reducir el gasto a través de un esfuerzo compartido, donde se sancionó una ley que apela a la solidaridad social, a que todos hagan un sacrificio para poner al país de pie.

En ese escenario, los padres de los alumnos que pierden días de clases deberán resignarse también a perder parte de su poder adquisitivo en sus propios acuerdos salariales, que corren muy por detrás de la inflación.

¿Podrán ellos apoyar el reclamo docente o el paro acrecentará una grieta histórica entre padres y maestros? ¿Podrán los educadores doblegarse a la solidaridad social que pide el gobierno nacional? ¿Podrá el Gobierno esforzarse para no dañar a los verdaderos perjudicados? Que nunca fueron ni son los padres o los docentes. Son los chicos.

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