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La noche que el panadero Domínguez masacró a la familia Cofré

Fue el 16 de junio de 2001, en medio de una pésima convivencia vecinal en el barrio 156 Viviendas de Plaza Huincul. El hombre mató a tiros a tres de los seis integrantes de una familia que vivía casa de por medio.

La noche 16 de junio de 2001, Alcides “el panadero” Domínguez, un ex trabajador de YPF que residía con su familia en el barrio 156 Viviendas de Plaza Huincul, había cerrado su comercio y, tras una discusión con los vecinos, sacó de su cintura una pistola 9 milímetros y asesinó a tres integrantes de la familia Cofré, la madre y sus dos hijos adolescentes, mientras el padre y los dos hijos más chicos quedaron heridos y sobrevivieron de milagro.

“No siento culpa por lo que pasó, porque es como si no hubiera sido yo”, confió Alcides Domínguez a LMN en una entrevista exclusiva que publicaremos mañana.

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Mala convivencia

Las 156 Viviendas era en ese entonces un barrio donde vivían obreros y muchos otros que habían quedado desocupados tras la privatización de YPF y Gas del Estado. “Era un barrio conflictivo y peligroso”, lo definía la Policía en esos años y los jueces así lo volcaron en la sentencia.

“En la comarca petrolera, muchos de los desocupados de YPF pusieron kioscos y taxis. Había cuadras donde tenías hasta tres kioscos. De a poco se fueron fundiendo, fue todo un desastre”, reveló una fuente policial que trabajó en esos duros años en la zona.

Alcides Domínguez había trabajado durante casi una década en YPF y, cuando le dieron el retiro, decidió volver al oficio que aprendió de adolescente en su Buenos Aires natal y puso una panadería que manejaba en familia.

Casa de por medio, sobre la misma vereda de calle Adobatti, vivían los Cofré-Mardones. La familia estaba compuesta por Margarita Mardones (40) y su esposo Omar Cofré. La pareja tenía cuatro hijos, Pamela (18), Cristian (15), Brian (10) y Magalí (6).

La relación entre las familias era muy complicada. “Vivían enfrentados”, aseguraron los testimonios plasmados en el juicio que se desarrolló en la sede judicial de Cutral Co en octubre de 2002.

La pica entre los Domínguez y los Cofré provenía de fines de la década del 80 cuando el gobernador Pedro Salvatori les había entregado, llave en mano, las casas en dicha barriada construida por el IPVU.

De hecho, el recuerdo que tienen los vecinos es que un puntero político de esa época les dijo a los felices propietarios: “Múdense rápido antes de que les tomen las casas”.

Domínguez se había enterado de que, durante la mudanza, los Cofré le habían robado, supuestamente, unas chapas y unos caños con los que pretendía armar un taller en el fondo de la casa.

A partir de ese hecho, la bronca entre ambos fue en aumento y la enemistad entre los padres fue mamada también por los hijos, que sostuvieron, cuales Montesco y Capuleto, el odio mutuo.

Para la Policía, las dos familias eran complicadas y las denuncias cruzadas abundaban.

“Por el lado de los Cofré estaban los hermanos de Margarita, los Mardones, que eran muy pesados y con vínculos con el ambiente delictivo. Y Domínguez era un tipo respetuoso, pero de pocas pulgas”, confió otra de las fuentes policiales consultadas.

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Los episodios previos

En la sentencia del 29 de octubre de 2002, el tribunal integrado por los jueces Enrique Luis Modina, Oscar Antonio Rodeiro y Víctor Hugo Martínez contempló tres hechos puntuales que básicamente anunciaban el terrible desenlace.

El 30 de mayo de 2000, un joven amigo de los Cofré tuvo un altercado callejero con uno de los hijos de Domínguez por unas denuncias cruzadas. La situación se resolvió en plena calle, frente a la panadería, con tiros y una amenaza de muerte.

Cuando Domínguez vio la tensa situación que enfrentaba su hijo, abandonó el mostrador y salió rápidamente a la calle. Previo ejecutar un tiro intimidatorio al aire, le apoyó el caño del revólver, todavía caliente, en la espalda al joven amigo de los Cofré y le dijo con voz firme y temeraria: “Andate porque si no te pongo”.

El joven se retiró del lugar y denunció el episodio en la Comisaría Sexta de Plaza de Huincul. “En un allanamiento que hicimos en la casa del panadero, justo enganchamos a la esposa que iba saliendo del baño, así que registramos la mochila del inodoro y encontramos el revólver, un 38 largo”, recordó uno de los pesquisas a LMN.

El hijo de Domínguez, para ponerse a resguardo, al día siguiente del allanamiento fue a denunciar a sus supuestos agresores.

En octubre de ese mismo año, otro episodio expuesto en el juicio les confirmó a los jueces el carácter irascible de Domínguez.

Las hijas de Cofré caminaban por la Avenida Cutral Co de Plaza Huincul cuando el panadero, que iba en su vehículo, las divisó y comenzó a amenazarlas verbalmente.

“Las voy a matar”, les gritó, y giró el auto en dirección a las jóvenes, que se corrieron de la calle para evitar que las atropellara. Margarita, sumamente indignada y atemorizada por sus hijas, radicó la denuncia.

Por último, en la sentencia se hace alusión a otro violento hecho que ocurrió el 27 de noviembre de 2000 pasado el mediodía.

Un vecino, conocido de los Cofré, se acercó hasta la panadería de Alcides Domínguez “para conversar de un tema anterior” con él. Según trascendió en el juicio, había una bronca previa.

El panadero, en medio de la charla, le propinó una trompada en el rostro, por lo que hombre optó por retirarse del local.

“A este cúmulo probatorio hay que adunarle los enfrentamientos familiares, denuncias y contra-denuncias que ya existían entre ambas familias”, establecieron los jueces antes de resolver por unanimidad.

Una mediación fallida

Cierto es que Domínguez, que al día de hoy se siente víctima de la situación, intentó buscar en la Policía y la Justicia una instancia de mediación para poner fin al conflicto vecinal, pero no la encontró.

Así quedó reflejado en el fallo: “Hemos escuchado la inquietud del imputado ante diversos organismos oficiales a los fines de zanjar el conflicto suscitado, principalmente por cuestiones atinentes a la conducta de los hijos que originaban amenazas, insultos, agresiones, arrojo de piedras a los techos de las viviendas y pirotecnia”.

En esa época, se recurrió a la fiscalía, que convocó a las partes para una mediación, pero los Cofré no acudieron y Domínguez le advirtió al funcionario judicial: “¿Ha visto que esto no tiene solución? Creo que me voy a mandar una cagada”.

Esto demuestra que el Estado intentó salvar la situación, pero las partes en conflicto no cooperaron y fue así que devino la tragedia del 16 de junio de 2001.

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Furia, locura y sangre

Con todos los antecedentes de violencia recíproca en danza, era una cuestión de tiempo que una desgracia ocurriera entre estas familias.

La fría noche de invierno del 16 de junio de 2001, alrededor de las 20:30, se escucharon varios estruendos de petardos y casi al unísono los perros del barrio comenzaron a ladrar exaltados.

En la calle había varios vecinos porque a pocos metros, sobre la misma calle Adobatti, había un par de móviles de la Policía. Los efectivos habían desembarcado en el barrio 156 Viviendas tras los rastros de un conocido delincuente.

“En el barrio Mosconi habían baleado al Cordobés Fernández y llegamos a las 156 porque teníamos el dato de que lo estaban aguantando en una de las casas. El Cordobés estaba herido y ese balazo que recibió lo sacó de circulación (como se dice habitualmente en la jerga policial criminal). Quedó parapléjico”, recordó un policía que participó del procedimiento.

Lo cierto es que nuevamente los Cofré y los Domínguez se entreveraron mal en una discusión. Al parecer, los hijos del panadero habían sido los que tiraron los petardos en el techo de la casa de los Cofré y estos vinieron con piedras y ladrillos a responder la agresión.

Los detalles que trascendieron parecen sacados de la película Un día de furia, en la que el protagonista, Michael Douglas, estalla y acaba con todos a su paso.

En la causa, se da cuenta de que Omar Cofré arrojó un pedazo de ladrillo que dio en el pie de la esposa de Domínguez y ahí el panadero estalló y sacó de la cintura una pistola 9 milímetros que había comprado en General Roca y estaba inscripta a nombre de su esposa.

Cuando empuñó el arma, devino el horror. A Margarita la ejecutó de dos tiros en el tórax mientras le decía: “¿Esto querías?”. En un rápido movimiento, miró a Pamela (18) y, tras abrir fuego, le dijo: “A vos también”. Cristian también se cruzó en el camino y fue ejecutado de cuatro tiros en el pecho.

Los tres murieron desangrados en cuestión de minutos, de acuerdo con el informe de autopsia.

Pero ahí no terminó el temerario accionar del panadero, que adviertío que se había quedado sin balas y regresó a su casa. Con el cargador completo, emprendió el regreso a la calle, pero los hijos y la esposa intentaron detenerlo.

“La macana ya está hecha, yo ya estoy entregado”, les dijo el panadero a los suyos, y luego se metió la pistola en la boca y les advirtió: “Me dejan salir o me mato. Yo tengo que terminar con esto”.

Aterrados y sin saber qué hacer, los familiares del ahora asesino se corrieron y el hombre volvió a la calle.

Casi en la puerta del local se encontró con Omar Cofré, que estaba manchado de sangre tras intentar salvar a su esposa e hijos.

Cuando Cofré vio la fría mirada de Domínguez y el arma que seguía empuñando, comenzó a correr para ponerse a salvo. El panadero le pegó cuatro tiros, todos en el torso. Cofré logró arrojarse dentro de su vivienda para que no lo ejecutara.

En estado crítico y desangrándose, Cofré fue trasladado al Hospital Regional Castro Rendón, en Neuquén, donde le realizaron dos intervenciones quirúrgicas porque tres de los proyectiles le habían alcanzado el abdomen y el cuarto el tórax. Sobrevivió de milagro.

La suerte quiso que ningún otro disparo diera de lleno en los hijos más chicos de los Cofré. Brian y Magalí solo fue alcanzados por esquirlas y sus lesiones no revistieron gravedad.

Además, un vecino que trataba de auxiliar a los heridos también tuvo que huir a la carrera tras las amenazas del panadero asesino.

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Detención y evacuación

La Policía arribó al lugar en cuestión de segundos porque estaban a poco más de una cuadra. “Yo creo que si uno de los policías, que estaba más cerca, sacaba el arma y le disparaba, el panadero no le habría alcanzado a tirar a Cofré”, reveló uno de los viejos agentes que presenciaron la masacre.

De inmediato, los policías detuvieron a Domínguez y le secuestraron la 9 milímetros que todavía humeaba. Posteriormente, Criminalística recuperó en la escena del crimen entre 15 y 20 vainas servidas, lo que da una idea de la terrible balacera.

“Cuando lo trasladábamos, decía que le iban a matar a la familia y quemar la casa. Estaba muy nervioso”, atestiguó un policía en el juicio, a la vez que otro agregó que le dijo: “Matame si ya estoy preso”.

En la Comisaría Sexta de Plaza Huincul, “cuando se tranquilizó un poco, preguntó si los había matado a todos los Cofré”, confió a LMN otra de las fuentes consultadas.

Antes de ser trasladado esa misma noche a Cutral Co, para evitar incidentes, un amigo lo fue a visitar a la comisaría de Huincul. Ni bien vio que venía saliendo del baño, le preguntó: “¿Qué hiciste, boludo?”. A lo que Domínguez le contestó: “Ya me tenían cansado los Cofré”.

Esa noche, unos 18 efectivos de la Policía resguardaron la seguridad de la casa y la panadería de los Domínguez.

El municipio de Plaza Huincul prestó dos camiones y en menos de 48 horas se concretó la mudanza de la familia del asesino múltiple fuera de la provincia por seguridad. Todo se hizo en un escenario de muchísima tensión y dolor.

A cargo del operativo quedó el comisario Oscar Gómez, que fue el encargado de brindar respuestas a los medios, que en ese momento le dieron una amplia cobertura al triple crimen, ocurrido a días de que comenzara el juicio contra Sara Ibáñez, quien previo a la Navidad de 1999 asesinó a su esposo y a sus tres hijos en la vivienda que tenían en el camping del aeropuerto de Cutral Co.

El comisario Gómez fue quien reveló que, tras el allanamiento a la casa de Domínguez, al día siguiente de la masacre, habían secuestrado pirotecnia y municiones, entre otras cosas.

La jueza Beatriz Martínez, a cargo de la instrucción, derivó al panadero a la cárcel de Zapala para evitar una revuelta en la comarca.

El 18 de junio, en el centro comunitario del barrio Centenario de Huincul, ubicado en Avenida 1º de Mayo y Mérida, unas 500 personas despidieron los restos de los Cofré, que luego fueron trasladados al cementerio de la localidad.

No refleja culpa

El debate sobre lo que le ocurrió a Domínguez esa noche quedó en mano de psicólogos y psiquiatras. En la actualidad, el panadero sigue sosteniendo que no recuerda nada y no siente culpa.

La fiscalía lo llevó a juicio por triple homicidio calificado por alevosía, tentativa de homicidio calificado por alevosía, lesiones graves, lesiones leves y amenazas calificadas.

La defensa adujo que “actuó bajo un trastorno mental transitorio completo que le impidió comprender y dirigir sus acciones”, y por ese motivo solicitó la absolución.

El debate sobre la comprensión o no del accionar de Domínguez quedó en mano de especialistas, aunque los magistrados, a la hora de dar el veredicto, dejaron en claro que los dictámenes periciales no son vinculantes.

“Es un hombre de personalidad violenta, con escasos patrones de convivencia vecinal y con indicadores de agresividad e intolerancia”, describió uno de los especialistas.

Otro experto dejó asentado que “no se encuentran indicadores clínicos de alteraciones morbosas de las facultades mentales ni trastorno de la conciencia. Nada que le impidieran comprender y dirigir su conducta”, dato vital que descarta la emoción violenta.

Un forense describió: “El hecho se desencadena dentro de una continuidad histórica, como un desarrollo de mayor intensidad del conflicto. Existen antecedentes que hacen pensar en la existencia de una motivación psicológicamente comprensible, cuyo desenlace fue anunciado con anterioridad. El hecho no es absurdo y arbitrario, sino que se dirige hacia objetos identificados y que son los blancos de su resentimiento. Por otra parte, el hecho no aparece como algo distónico con su Yo, un impulso ingobernable que sobrepasa al mismo, dejándolo inoperante. En este caso, el Yo percatado de lo ocurrido reflejaría angustia, sentimientos de culpa o arrepentimiento. En este caso, no hay registro de tales sentimientos. El displacer está asociado a las consecuencias negativas para él, es decir, la pérdida de su libertad”.

Esto fue determinante para los jueces que decidieron condenarlo por unanimidad.

Sentencia y rebaja

“No dudo de que haya sido un buen padre de familia y que haya padecido varias provocaciones”, dijeron los jueces que condenaron a Domínguez, respetando la calificación que había solicitado la fiscalía.

La pena que le dieron fue de 36 años de prisión, condena que fue apelada en distintas instancias hasta que la Corte Suprema de Justicia de la Nación le dio la derecha al panadero. En 2012 se le ordenó al Tribunal Superior de Justicia de Neuquén revisar la pena, que finalmente quedó en 25 años.

En 2017, le dieron el beneficio de la libertad condicional tras tener informes favorables de conducta en la cárcel y haber respetado las salidas transitorias y laborales sin inconveniente alguno.

En 2026, el múltiple asesino saldará por completo su deuda con la sociedad.

Domínguez, tras casi 20 años de silencio, brindó una entrevista exclusiva a LMN donde contó su versión de lo ocurrido. La nota se publicará mañana.

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