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La Mañana

La política de la desconfianza

Durante la semana que concluyó hubo algunos ejemplos concretos de esa manifestación en el escenario institucional del país.
Por GABRIEL RAFART

La democracia de la desconfianza
Las democracias contemporáneas viven en tensión permanente. Esta es una afirmación de Perogrullo. A pesar de ello es conveniente detenerse en una de esas tensiones: la que va de la confianza a la desconfianza. El punto de llegada es cristalizar la sospecha. Según las miradas sociológicas ello sucede en tiempos de pesimismo. Por lo tanto se vive en una sociedad de la desconfianza. El presente estaría marcado por el miedo al otro. Este le da valor vital a las premoniciones más oscuras que animan el alma del individuo. El otro no es sólo el vecino desconocido. También lo es el gobierno, sus hombres y mujeres, los políticos. Aquí el miedo adquiere dimensiones absolutas. Es un “sistema” que corrompe.
Esos temores del presente, vienen de un tiempo más lejano, aunque no tanto. Desde que se proyectó una fórmula republicana dando cabida a los primeros gobiernos representativos se trató de institucionalizar la sospecha hacia la acción estatal. Por ejemplo, los mismos “padres fundadores” del régimen republicano norteamericano no sólo buscaron un gobierno bueno y sólido afirmado en la confianza popular. Querían proteger al individuo del mismo gobierno. Se creía que el individuo lo era todo. Esa base filosófica y la práctica política de dos siglos dio lugar a la institucionalización de la desconfianza. Es una construcción “desde arriba” se dice. O sea viene de quienes ejercen el gobierno. Ellos son los principales agentes del recelo ciudadano. Pero no son los únicos. Suman los otros actores que conforman “el sistema”, las oposiciones. Por supuesto que de tanto en tanto los que gobiernan logran una política de proximidad con la ciudadanía. Se instala una era de optimismo y renace la confianza. Es entonces cuando irrumpen los opositores con su política de la desconfianza. Naturalmente la elección de esa estrategia afecta a todo el sistema. La desconfianza cae sobre todos, aunque sus promotores se contenten de que el daño mayor se ha hecho a quienes tienen el control del gobierno. Esta política cuenta con armas filosas que pueden llevar tanto al suicidio público de toda o, de una parte, de la clase política. También, a un proceso de desencanto con la política misma.
Hay una política de la desconfianza opositora que se canaliza por las instituciones. Acepta reglas. Juega limpio. Pero hay otra que se lanza al vacío, sin normas. Y cuando lo hace apela al absolutismo ético que no es otra cosa que un autoritarismo de la fe. Por ejemplo el miedo al miedo. Sus consecuencias son devastadoras si se sigue su curso.
 
Desconfianza elitista
La política de la desconfianza estuvo presente en la crisis de 2001. Desde la disputa entre el Gobierno y las corporaciones agrarias se instalo en la escena parlamentaria y  mediática con una fuerza inusitada. Unos meses antes ya tenía expresiones frente lo que dejó las elecciones presidenciales del 30 de octubre de 2007. Elisa Carrio -segunda en preferencia en la contienda, colocada en auténtico actor antisistema-, cuestionó temerariamente la legitimidad de origen de Cristina Fernández. Lo hizo marcando la diferencia entre votos de “ciudadanos con conciencia”  frente a los votos de los pobres sin opción por su condición de clientes. Unos eran parte de la “ciudad” civilizada, educada, de ciudadanos libres y demandantes en sus exigencias de calidad institucional. Los otros respondían a la “ciudad” “clientelizada” y plebeya del conurbano bonaerense y el interior atrasado del país. El dilema presentado resultaba predemocrático: la calidad frente al número, la razón ante la cantidad. La política de la desconfianza tiene ese rasgo elitista –viene desde arriba-, permite una sonora amplificación de sus relatos. Hasta ese momento Carrió era algo más que una mujer política que oficiaba de voz implacable, portadora de una nueva ética. A partir de entonces su presencia fue tan sinuosa que oscilo entre relatos y prácticas de un dirigente de izquierda de la Cuarta Internacional a otros más propios del cualunquismo de la derecha italiana de la posguerra del comediante Guglielmo Giannini.
 
El sexteto de la política de la desconfianza
Esta semana tuvo un nuevo momento para esa política. Había arrancado hace diez días en medio de una prolongada sesión de Diputados que puso fin a la discusión del presupuesto para dar tramitación a las denuncias sobre supuestos sobornos. Como en esa ocasión sus artífices fueron los líderes de la Coalición Cívica Elisa Carrió junto a su fiel compañera Patricia Bulrich. Se sumaron las dos diputadas que desde el recinto hicieron oir sus voces de propuestas indebidas por parte del oficialismo. Hasta ese momento los instrumentos estaban en manos de un cuarteto.
Las dos diputadas promotoras son políticas profesionales. Una lleva quince años en la escena parlamentaria, fue convencional constituyente de 1994 y candidata a presidente en dos ocasiones. La otra cuenta con una larga trayectoria y sinuoso recorrido, incluyendo cargos ministeriales durante el gobierno de la Alianza. En cambio, las segundas parecían contar con las ventajas del recién llegado. Sin embargo ninguna de estas dos legisladoras puede identificarse plenamente como políticas amateur. La diputada Cynthia Hotton viene de cuna diplomática, además de haber sido parte del staff de la Cancillería. La santacruceña Elsa Álvarez pertenece a las filas de la UCR. En definitiva ambas tienen escuela de política. No hay virginidad política en ninguna. La primera carece de inocencia cuando dice que fue coaccionada moralmente aunque la acción que imputa a una legisladora oficialista ha arrancado de ella. Esto en política se conoce como “operación” y, en un lenguaje más duro, juego sucio o “provocación”. Lo de la diputada antiabortista cae por su propio peso. Lo cierto es que esta y la sureña aceptaron la política de la desconfianza que le propuso Elisa Carrió. Y derraparon con sus inconsistencias y malas intenciones. 
También hubo un lugar para la diputada esposa del dirigente gremial de los gastronómicos. Ella también es una política profesional. Y le dio entidad a relatos flojos de papeles. Además fue protagonista violenta de una escena más propia de un programa de chismes donde todo vale, con el objetivo de incrementar el ranking de audiencia. Si hubo un acto de revancha de género que implícitamente han reconocido mujeres como la misma Carrió e Hilda González y alguna periodista renombrada, será un caso para validar en un congreso feminista. Los más vieron una acción de violencia artera incompatible con las funciones de un diputado.
Lo cierto es que ese quinteto de mujeres promotoras de la política de la desconfianza quedo en medio de un desaguisado que además de llevar a saco roto la denuncia de supuestos “aprietes” terminó por afectar su credibilidad. La política de la desconfianza muchas veces se vuelve contra sus mismos promotores. Sobre todo si se juega sucio.
Este quinteto se transformó en un sexteto con la integración de un actor masculino. ¿Julio Cobos participó del operativo? Cuenta su voz sonora reclamando investigar las denuncias a horas de la sesión donde era probable que el oficialismo lograra una ajustada victoria. Se sumo a la idea de un escándalo. En este juego riesgoso prefirió las armas de la política de la desconfianza malhavida que supuestamente afectaría tanto a sus contrincantes de la interna radical como al Gobierno.
Si el oficialismo se niega a poner nuevamente el tema del Presupuesto en el ámbito legislativo es una acción defensiva. Ha hecho un mejor aprendizaje que la oposición. El gobierno y sus cuadros parlamentarios tienen razones suficientes para ponerle límites a la política de la desconfianza.