La ruta de Jair Bolsonaro

En Brasil ganó Jair Bolsonaro, un militar de reserva y político de ultraderecha declarado defensor de la dictadura que asoló al vecino país entre 1964 y 1985, que hasta hace poco era una expresión marginal de la política del gigante de Sudamérica. Los comicios tuvieron al PT, de Lula, del lado de la derrota. Es lo evidente. Una lectura algo más profunda indica que las elecciones sentenciaron la desaparición electoral de la centroderecha, otrora poderosa en el país.

Bolsonaro halló la base de sustentación de su fuerza electoral en las clases medias bajas de los centros urbanos: blancos, laburantes y pobres, en líneas generales. Grandes bolsones de votos orientados por la línea cultural que impone Globo, el Grupo Clarín de Brasil, que a diferencia de su espejo argentino construye ideología desde las novelas del prime time y no desde las noticias. Ergo, a imagen y semejanza de Televisa en México. Globo no apoyó a Bolsonaro, pero su estrategia para voltear al PT del gobierno con la destitución de Dilma Rousseff y la asunción del liberal de centro Michel Temer no salió como lo planeó. Se coló el fascista Bolsonaro.

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Aprovechó la caída del PT y el fracaso de la vía Globo, el Clarín de Brasil, para saltar de la marginalidad al poder real.

El sustento del ex militar se completó con el apoyo de Edir Macedo, fundador de la evangélica Iglesia Universal del Reino de Dios, que influye sobre la conducta de unos 42 millones de brasileños, el 22% de la población. En Argentina, el cambio de rumbo del kirchnerismo al macrismo fue auspiciado por Clarín, aunque el tránsito fue puramente democrático, lejos del transitado por Temer. Y nada indica que el futuro cercano abandone esa ruta. Por lo pronto, la religión va ganado espacio en la política. Ya no con curas o pastores “punteros”, sino como candidatos con proyección, como el diputado nacional neuquino David Schlereth.

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