La suma de todos los miedos
Entre todos distingo a Mónica y a Sergio, los padres de la adolescente que fue abusada sexualmente y además salvajemente golpeada por un hombre al que la Justicia condenó a siete meses de prisión.
Mónica y Sergio son jóvenes, pero la edad se les vino encima. Se les ve en el rostro.
Me saludan y sacan de una bolsita de nylon un enorme expediente y además varias fotocopias de una carpetita de cartón que ella aprieta contra su pecho.
Me miran, y sin más disparan: ¿Por qué? No sé qué decirles. Rápido busco en mi mente una respuesta y se me ocurren dos posibilidades: una es decirles algunos de los argumentos técnicos que los expertos en leyes me dieron y que tienen que ver con declararse culpable, juicio abreviado, cambio de carátula y demás yerbas. La segunda opción es caer en lugares comunes y hasta algo trillados por ejemplo: “Para los pobres no hay justicia”. Prefiero guardar silencio, por respeto.
Sergio es albañil, me muestra algunos papeles, me cuenta las versiones y los dichos de los encargados de impartir justicia y su cara se transforma. No tiene odio, tiene frustración, tiene miedo. Sergio tiene miedo de seguir viviendo en San Martín de los Andes, tiene miedo por sus hijas, su esposa, por él. Se quiere volver a Cutral Co, dice que allá se siente más seguro. Mónica por su parte se niega a dejar a sus catorce hermanos y la ciudad que la vio crecer. Afirma que viven un calvario.
Un calvario. No hay palabra que exprese mejor la situación por la que atraviesan.
La indignación, la vergüenza por ser víctima de un delito de índole sexual o hasta preocupación por la seguridad familiar, todo eso, lamentablemente, ya forma parte de sus vidas.
Calvario al que fueron empujados por la acción Iván Chávez Almonacid -un delincuente de 37 años con un frondoso prontuario policial y antecedentes por violación en Chile, de donde es oriundo- y del cual hasta ahora da la sensación que la justicia no los ayuda a salir.
Un calvario es el que enfrentan a diario Mónica, su esposo Sergio y sus tres hijas de 17, 11 y 4 años, y lo hacen prácticamente en la más absoluta soledad y a veces hasta con culpa. Sí, aunque parezca mentira el fantasma de la culpa sobrevuela la conciencia de estos padres que mandaron a su hija a la despensa que está a 50 metros de su casa a comprar “un caldito” para hacer una sopa.
Llevan sobre sus hombros una condena, que para ellos pesa más que la cruz de Cristo y sin embargo para el agresor fue mínima: siete meses de prisión y luego, la libertad, ya que hasta ayer la familia no tenía noticias del juzgado en cuestión, tal como no las tuvo nunca, sobre si se realizan o no gestiones para deportar al delincuente a su país.
¿Por qué? Me preguntan otra vez, mientras guardan el expediente en la bolsita de nylon y fotocopias en la carpetita de cartón. Otra vez guardo silencio.
La noche cayó sobre la ciudad, los turistas hacen compras, los residentes siguen el devenir de la vida, mientras, Mónica y Sergio vuelven a su hogar tratando de hallar respuesta a una pregunta que parece tan sencilla y que sin embargo parece que no lo es: ¿Por qué?


