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La Mañana Charly

La vida de Charly García: los 70 años de un genio

Un recorrido por la vida de uno de los máximos ídolos del rock nacional, aquel que a los dos años tocaba la cítara y deslumbraba con un pianito de juguete.

Fue Carlitos, fue García Moreno, fue Charlie, fue García Lange, fue y es para siempre Charly. Querían que fuese como Chopin pero él quería ser como Lennon. Y a lo largo de su historia se encargó de escribir y dejar para la posteridad una música que logró mezclar el clasicismo y el romanticismo aprendido en el conservatorio con el rocanrol descubierto a través del Wincofon. Y desde hace casi 50 años, además, marcó tendencia y se ganó una vigencia resistente a las arrugas como ningún otro artista lo consiguió en el contexto de nuestro llamado “rock nacional”. Charly García es Mozart y es Los Beatles, es clásico y moderno, es vintage y actual, es un hombre que cumple 70 años y le toca recibir múltiples homenajes propios de un prócer.

Porque eso se siente y eso sabe que es. Genio, transgresor, irreverente, contradictorio, lenguaraz, bardero e imprudente. Que dejó la formalidad y la cortesía promediando la escuela secundaria, la que hizo en el Instituto Social Militar Dámaso Centeno, en su natal y porteño barrio de Caballito, para mutar en un adolescente políticamente incorrecto, cuyo verdadero adoctrinamiento llegó a través de los vinilos que le amplificaban las voces de John y Paul antes que ningún otro, y luego del resto, incluidos los que se animaban a cantar en castellano, como Lito Nebbia, que a mediados de los 60 le dijo a una generación de pibes que no hacía falta saber inglés para componer, tocar y cantar rock.

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La cronología de su vida habla de que a los dos años tocaba de oído la cítara y deslumbraba con un pianito de juguete que fue el anticipo de uno de verdad, que empezó a tocar a partir de los 4 años. Su mamá, Carmen Moreno, productora de radio y televisión de programas de folclore y tango, lo veía como un prodigio. Y razón no le faltaba. Carlitos era su todo y ella se encargaba de exhibirlo en reuniones con amigos, que incluían tertulias junto a figuras de la música popular como Mercedes Sosa, Ariel Ramírez y Eduardo Falú, quien descubrió que el niño tenía el llamado “oído absoluto” una vez que Charly le observó, sin mirarlo, que tenía una cuerda desafinada. Lejos de sentirse agraviado, Falú volvió a tocar esa nota y comprobó que efectivamente estaba desafinada. El pibe escuchaba y sentenciaba las notas, sin ver dónde iban los dedos de quien las tocaba.

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La vida de Charly, uno de los máximos ídolos del rock nacional.

La vida de Charly, uno de los máximos ídolos del rock nacional.

El oído absoluto es un don natural, claro, pero sólo se descubre si el que lo tiene aprende música. Y Charly, que a los 12 años ya llevaba ocho de conservatorio y era profesor de piano, teoría y solfeo, lo evolucionó. Porque lo acompañó de una memoria formidable, que le permitió con el tiempo recordar acordes de una infinita variedad de canciones. Algunas simplemente para recrearlas y otras, directamente, para usarlas como fuente de inspiración en composiciones suyas, amparándose en la teoría de Stravinsky sobre que “el buen compositor no imita, roba. Pero cuando le robás a uno sos un mediocre y cuando les robás a todos, un genio”. García tiene un guante blanco en su zurda y un cerebro con información que se anticipa al tiempo.

Pero más: es dueño de una personalidad y un ego donde no entran balas. Ni siquiera las que deberían, como alguna vez le ocurrió compartiendo un viaje con Facundo Ramírez, hijo del pianista y compositor autor de la famosa “Misa Criolla”. Facundo también tiene oído absoluto y García necesitó competir respecto a ese don y su perfección. Golpearon el borde de un vaso que tenía whisky para determinar qué nota era pero no se ponían de acuerdo. Y discutieron y la siguieron tocando hasta que Charly se dio cuenta de que estaba equivocado en su percepción. Lejos de admitirlo, esperó una distracción de su “rival” y descartó un chorrito del contenido del vaso, para cambiarle el tono al sonido y que fuese la nota que él había dicho.

Mercedes Sosa, quien posiblemente sea una de las dos o tres personas más queridas y respetadas por Charly de la música argentina, se enamoró de “Cuando ya me empiece a quedar solo”, del segundo disco de Sui Generis (Confesiones de Invierno, 1973) porque esa melodía tanguera y tristona combinada con una letra melancólica, que define la soledad del artista, la identificaba. El exilio y la depresión que la Negra sintió en tiempos de la dictadura potenció esa identificación y a su regreso al país la hizo parte de su repertorio, con Charly al piano como invitado. La canción describe a futuro cómo se imagina García a la vejez y el declive de su carrera, aunque seguramente cuando habló de “un montón de diarios apilados, y una flor cuidando mi pasado, y un rumor de voces que me gritan y un millón de manos que me aplauden”, se quedó corto.

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Charly rompió el molde sobre el que estaba establecido el rock nacional, al que Spinetta había empezado a desacartonar con Almendra. Pero desde su piano, sus armonías elevadas y sus letras directas, Charly encontró, además, la fórmula de la masividad. La gente, los chicos y chicas, lo empezaron a seguir. Y él se fue renovando, siguiendo con su tónica de romper moldes, en este caso los suyos. Y como sus ídolos Beatles, su primer disco no fue igual al segundo ni al tercero, y la gente, que podía sorprenderse con el cambio, lejos de abandonarlo, lo acompañó y se sumaron otros. Y Sui Generis tuvo una despedida histórica en el Luna Park, porque fue la primera vez que un grupo de rock llenaba no una sino dos veces un estadio como el Luna. Y llegó La Máquina de Hacer Pájaros y el denominado “rock progresivo”, muy a tono de lo que ocurría en el resto del mundo, donde Yes (y su tecladista, Rick Wakeman) hacía rock que parecía música clásica, y donde Génesis y Emerson, Lake & Palmer también iban por ese lado.

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Pero le seguían pidiendo el Blues del Levante, algo que a Charly no le gustaba, porque consideraba esa canción casi como una zapada para pasar el rato, “como un chiste que después de que lo contás dos veces, ya no tiene más gracia”, según describió cierta vez. Y entonces, fundó Serú Girán y rozó la perfección como intérprete y compositor, con creatividad, audacia y resistencia a los años que corrían, con canciones que bancaron esa época y mantienen su vigencia, porque por ejemplo en “Canción de Alicia en el País”, en la que Charly cantaba intensamente “estamos en la tierra de todos, en la vida, sobre el pasado y sobre el futuro, ruinas sobre ruinas, querida Alicia”. Una postal argentina con una letra transversal a los tiempos.

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La popularidad del grupo y de Charly en especial, se confirmó en un show gratuito en La Rural al que fueron 60.000 jóvenes, una cantidad récord para el concierto de una banda y más en tiempos de Estado de Sitio. Ya en su era solista, por primera vez el rock llegó con un artista local a una cancha de fútbol, Ferro, donde simuló un bombardeo a Buenos Aires cinco meses después de Malvinas y 10 años después, en el reencuentro de Serú Girán, llenar dos veces River fue un hecho que marcó un antes y un después para la masividad del rock argentino.

La enfermedad vitíligo, que afectó la pigmentación de su piel desde niño, podría haberlo traumado, pero allí encontró refugió para uno de los sellos de su carrera: el bigote bicolor que, más tupido o más recortado, lo acompaña desde 1975. Fue cool, demodé, volvió a ser cool, pero jamás se lo afeitó. Tal vez sea la única transgresión que le falte, porque musicalmente pasó por casi todas. Como usar máquinas de ritmo para grabar, cortarse el pelo y “venderse” a Fiorucci en los 80, dejando atrás el pelo largo y los aires de un hippismo que ya no lo identificaban. Empezar una etapa solista que fue brillante en sus primeros años (“los primeros tres discos resumen el rock nacional”, suele decir Roberto Pettinato hablando de “Yendo de la cama al living”, “Clics Modernos” y “Piano Bar”).

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La vida de Charly, uno de los máximos ídolos del rock nacional.

La vida de Charly, uno de los máximos ídolos del rock nacional.

Los 90 y la primera década del siglo XIX lo encontraron en una transición que involucró tanto a su talento como a su conducta. Pareció desvariaba y perder su encanto, aunque musicalmente no paró nunca de crecer y crear. “La hija de la Lágrima”, su ópera rock, es una joyita de punta a punta, aunque no fue tan radial como otros discos. “Yo sé que soy imbancable, yo sé que no soy feliz, yo sé que soy un amable traidor, pero alguien en el mundo piensa en mí”, cantó en su complejo “Say No More”, que fue, según su definición, un concepto más que un disco. Un concepto que impuso, también, como marketing, porque en definitiva a García no suelen escapárseles los detalles, por más que parezca que está en cualquiera. Cierta vez, en un restaurante argentino en Madrid, consciente de que los que lo acompañaban estaban ahí siguiéndolo como una escolta, se levantó de repente y los arengó a irse diciéndoles “vamos, entorno”.

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Irónico, genial y magnético, cumple 70 años la banda sonora de la vida de muchos. Una operación y un reemplazo de cadera, combinado con un paciente poco paciente y algo vago para la kinesiología, no lo tienen físicamente tan activo como antes. Pero para él, siempre, su cumpleaños fue una celebración. Los 50 los festejó en el Teatro Opera cantando, espalda con espalda, junto a su hijo Migue; los 60 con una serie de shows en el Gran Rex y un disco triple (60x60) acorde al momento. Y estos 70 lo encuentran algo más recluido, gozando de todos los homenajes que le hacen. Lo encuentran gozando, en definitiva, que es al cabo lo que más importa. Carlos García hay muchos, pero Charly García hay uno solo. Y la fiesta es toda suya.

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