“Las drogas fueron la segunda cordillera en mi vida”
Paula Bistagnino
Especial
Neuquén.- La National Geographic dice que es la experiencia de supervivencia más extraordinaria de todos los tiempos: 16 personas durante 72 días en la cordillera de los Andes, sin ningún tipo de asistencia, con el avión en el que se cayeron como único refugio y 29 muertos a su alrededor. “Fuimos gente común que vivió una historia extraordinaria. Fue una de las experiencias más notables de trabajo en equipo, de toma de decisiones, de adaptación, de voluntad, de tolerancia a la frustración, de encontrar recursos desconocidos y de motivación. Yo no soy motivador, claramente, pero la historia sí”, dice Carlitos Páez (61), el hijo del artista Carlos Páez Vilaró y el más famoso de aquellos rugbiers uruguayos que en 1972 se habían alquilado un avión militar para ir a jugar un partido a Chile. Lo dice café de por medio en un hotel porteño, donde está presentando su libro Desde la cordillera del alma (Planeta), en el que profundiza en la superación de sus adicciones a las drogas y el alcohol: “Fue mi segunda cordillera, sin duda. Pero ahora hace 23 años que estoy limpio de todo y quise contar esta historia. Porque también es una historia de supervivencia, probablemente más importante de ser contada porque, como yo siempre digo: no somos machos, pero somos muchos”, se ríe.
¿Caer en las adicciones fue consecuencia de la experiencia en los Andes?
Sí, sin duda ese fue el pasaporte. Pero creo que es también la vida. El tema es que el accidente fue lo que me lo permitió: si vos decís “Carlitos se dedicó a la vida loca”, la gente dice “y bueno, qué iba a hacer”. Es como si la experiencia te diera permiso. A mí me funcionó un poco también.
El libro habla también de cierto conflicto con un padre tan fuerte como Páez Vilaró.
Claro, es que cuando vos no podés jugar a ganador, jugás a perdedor. Fui el hijo varón, el primero y el único del matrimonio con mi mamá; tengo el mismo nombre y cumplo años un día antes que él. Para mí, mi viejo fue un peso tremendo. No porque él fuera jodido, todo lo contrario: era un hombre grandioso y con una bondad infinita. Justamente, no tenía ni siquiera contra qué pelearme o rebelarme. El tema era que, frente a semejante tipo, yo no tenía lugar. Porque él marcaba toda la cancha. Fijate que solo en la cordillera encontré un espacio en el que servía para algo.
¿No fue demasiado alto el costo de la experiencia para encontrar un lugar?
Parece paradójico decir que en la cordillera tuve momentos buenos, pero es así. No lo condeno a mi viejo por su importancia, pero a mí me significó muchas batallas.
¿Cómo es que tras sobrevivir a la muerte fue en busca de la muerte con las drogas?
La vida me fue llevando. Igual yo ya había empezado a tomar alcohol antes. Pero después fue cuando caí con todo. Y un día se me prendió la lamparita con esa pregunta: ¿cómo después de haber peleado tanto por la vida puedo yo sólo meterme en un proyecto de muerte? Fue como si se prendiera una luz.
-¿Qué lo ayudó a salir?
Me ayudó ir a un grupo. Todas mis historias de supervivencia son grupales. No hay nada solo mío. Yo realmente creo que la vida es así: en equipo. Compartir el dolor y las alegrías, el esfuerzo. Compartir es la única manera. Voy a decir algo que no debería: yo tuve suerte en ser un adicto. Porque gracias a ser un adicto tuve que salir de la adicción. Y gracias a eso me conocí a mí mismo. Creo que no podría haberlo hecho de otra manera. Y eso es muy doloroso, pero está bueno.
Estuvieron 72 días, ¿hubiesen sobrevivido si el día 1 les decían todo lo que faltaba?
Seguro que no. Eso fue clave para la supervivencia. Creo que si lo hubiera sabido, me mataba. Volví una vez al lugar de la tragedia en marzo, bien abrigado, y no aguantaba el frío. Hubiera sido imposible saber que había que resistir eso más de dos meses. Nosotros ni siquiera llevábamos la cuenta de los días. Lo supimos cuando nos rescataron.
Hace muy poco murió el primero de los 16 sobrevivientes, Javier Methol.
Fue muy triste, porque era un gran tipo. Pero además es como la certeza de que no somos inmortales… No porque lo crea conscientemente, pero de alguna manera hay algo de eso que se fue construyendo en nosotros. Fue un golpe terrible.
Hay una tercera cordillera: cuando estuvo preso durante la dictadura y lo torturaron.
Fueron 42 días en cana y fue de lo peor que me pasó en la vida. Porque el odio con el que esos tipos me torturaron por ser un “carrasquito”, que es como un nene bien allá en Uruguay, fue un espanto. Por eso, he sobrevivido a muchas cosas.
Usted mismo dice que fue criado en una cajita de cristal. ¿Qué persona hubiera sido sin los Andes?
Yo era un pelotudo e iba camino a empeorar. Un nene bien camino a ser un idiota: consentido, caprichoso, al que le daban todos los gustos, con niñera y desayunos en la cama. La cordillera me hizo dar cuenta de por dónde va de verdad la vida y me hizo una persona sensible. Hubiera sido un tipo asqueroso.
Después de tanta experiencia con la muerte, ¿le teme?
Le tengo mucha rabia, le tengo bronca. Porque está siempre ahí, amenazante. La muerte te corta proyectos y uno nunca sabe cuándo puede venir. Y eso da impotencia. No es que porque estuve cerca me acostumbré o le perdí el rechazo. No siento que esto que vino después de los Andes es un regalo. No. No me regalaron nada. Yo peleé y peleo por cada minuto de los que tengo. Se dio una sucesión de casualidades para que las cosas pasaran, es cierto; pero el resto, la mayoría, la pone uno. Así que ningún regalo. Bastante caro me costó.


