Nadie puede negar que la falta de vivienda es una realidad, que la posibilidad de tenerla está muy lejos de ser un hecho próximo. Aunque algunas cosas se intentan hacer, no hay respuestas concretas ante una demanda cierta.
Lo que se vivió en la semana en las puertas del Municipio fue la irrupción con violencia de un grupo de personas para pedir ayuda y el despotismo con que se decidió que nadie podía ni entrar ni salir del edificio municipal. Se dejó adentro no sólo a los trabajadores, sino a cientos de contribuyentes que, como todos los días, se mueven por el centro para cumplir con sus tareas diarias. La prepotencia de tomar un edificio público para reclamar, el amenazar al otro jugando con la propia vida de uno, no tiene ningún tipo defensa.
La extorsión no es la manera de reclamar, pero pareciera que hoy es lo que está de moda. Las respuestas no se dieron cuando se tenían que dar y hoy todo se desdibuja en un clima preelectoral.
A semanas de los comicios todo se potencia y también se descree de los legítimos reclamos. No se sabe cuáles son auténticos y cuáles forman parte de los juegos que imprime la contienda política.
En medio de una demanda real y a un mes y medio de las elecciones, las cosas comienzan a enardecerse. Todo lo que hasta hace seis meses atrás igual pasaba -pero se negociaba de otra manera- hoy toma los ribetes que más duelen a la ciudad. Esto es, que los vecinos se enfrenten con sus pares que viven lo mismo a diario y que el rociarse con nafta y dejar en los otros la responsabilidad de la propia vida sea una cosa de todos los días.
En este contexto se intentan resolver los problemas que emergen y se comienzan a dar soluciones. Si bien pueden ser respuestas, terminan como parches porque sólo se tapan los agujeros sorpresivos para calmar los ánimos. Inevitablemente después de terminar con uno, se comienza con otro, y el círculo vicioso en el que parecen verse envueltos no se termina.
A este panorama, sin dudas, nunca se debería haber llegado. La ausencia de políticas de Estado que contengan estas situaciones fue evidente. Y hoy pareciera acrecentarse.
En la escala de responsabilidades administrativas de los Estados, el municipio es el que menos capacidad tiene para construir casas y otorgarlas a través de planes viviendas. Estas responsabilidades recaen sobre los más grandes, pero en la ciudad, la mayoría de los reclamos de este tipo se hacen en la comuna porque, culturalmente, está establecido así.
Es visible que la solución no es emparchar lo que se rompe hoy, pero desde hace tiempo que las cosas se resuelven así, y sin poder detenerlo, los problemas siguen emergiendo cada vez con más virulencia.
Lo que falta es una política integral y a largo plazo, donde todos trabajen en conjunto sin importar los colores políticos, poniendo en relevancia los problemas de la gente, y no los intereses partidarios.
Donde cada uno ponga lo que le corresponda, y así poner fin a las respuestas inmediatas que terminan siendo sólo una fachada y no la construcción de una verdadera política de Estado.


