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Las emotivas marchas que unieron a Alemania y abrieron una grieta en el Muro de Berlín

Antes de la caída del Muro, miles de alemanes marcharon para rezar por la paz y mostrarle al mundo que una nueva esperanza estaba por nacer.

El 9 de octubre de 1989, el Muro de Berlín todavía se erguía firmemente, dividiendo a Alemania en dos opuestos completamente diferentes, símbolos de la Guerra Fría. Del lado occidental se encontraba la República Federal (RFA), capitalista, próspera, controlada por Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia. Del otro lado, la República Democrática (RDA) era vigilada por la Unión Soviética, basada en una política comunista y de pocas libertades.

Hacía tiempo que los habitantes de Leipzig, en la RDA, no estaban conformes con las decisiones tomadas por el Partido Socialista Unificado de Alemania (SED), pero el terror de manifestarse podía más. Sin embargo, esa mañana del lunes 9 de octubre algo había comenzado a cambiar. Los rumores sobre una marcha en el centro de la ciudad comenzaron a esparcirse entre los habitantes, así como también se difundió que el Gobierno reprimiría a los rebeldes con tanques de guerra, soldados y armas. Los corazones de todo Leipzig latían fuertes ante la expectativa de lo que ocurriría. De terror, de ansiedad, de adrenalina, de enojo. Tal vez también de esperanza.

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Por la tarde, el sol ya comenzaba a descender por el oeste cuando los primeros manifestantes se reunieron en la iglesia Nikolai para rezar por la paz. Tras una hora de misa y con más de 8.000 personas ya reunidas, la congregación empezó a marchar hacia la plaza Karl-Marx-Platz. “Somos el pueblo”, gritaban unas 70.000 voces a cada paso que daban. “No a la violencia”, repetían como mantra, para dejar en claro que sus intenciones solo eran ser escuchados.

Si bien las fuerzas de seguridad acompañaban de cerca los movimientos, listos para intervenir, jamás llegó la orden de Berlín. Luego de un largo rato de espera, finalmente la policía antidisturbios se alejó. La marcha pacífica había sido un pequeño triunfo frente al régimen y la noticia rápidamente atravesó las fronteras, obligando a que el mundo entero prestara atención a los acontecimientos que sucedían en la RDA. Cuando al lunes siguiente el centro de Leipzig volvió a llenarse de 100.000 ciudadanos marchando, el resto de la Alemania del Este tomó el valor necesario para unirse a los cantos de protesta.

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La tensión, cada vez más creciente, se podía sentir a lo largo y ancho de toda la República Democrática. En un intento por apaciguar broncas, Erich Honecker, líder comunista de la Alemania Oriental, renunció a su cargo como secretario general del partido. Pero ya nada podía frenar los vientos de cambio que soplaban en aquel otoño del 89.

Para el 4 de noviembre de ese año se realizó la mayor manifestación en la historia de la RDA en Alexanderplatz. Ubicada en el centro de Berlín, la plaza se llenó de pancartas, se armó un podio improvisado donde expusieron una veintena de artistas y miles de personas clamaron por una reforma democrática. Había comenzado el principio del fin.

“No había lugar para el miedo. Antes, las manifestaciones en Leipzig habían transcurrido pacíficamente. También hubo protestas pacíficas en Berlín. La presión creció y creció, el Gobierno de la RDA estaba inseguro. El riesgo de una intervención violenta habría tenido consecuencias imprevisibles para la supervivencia del propio estado. Al final, Rusia no tuvo más remedio que ‘dar rienda suelta’ a sus aliados más leales. El resto lo conocemos”, analiza sobre aquellos días el embajador alemán en Argentina, Ulrich Sante.

Desde sus primeros años de vida, Sante siempre fue un hombre del mundo. Nació en Canadá y creció varios años allí. Vivió en Rusia, en Estados Unidos e hizo la escuela secundaria al pie del Siebengebirge, en Alemania.

“Del este de Alemania es de donde viene la familia de mi madre. Ella nació en Potsdam, su madre provenía de Finsterwalde. Pasaban sus vacaciones en la propiedad de la familia en Prusia Oriental, en un lugar conocido como Abscherninken. Mis raíces familiares están ampliamente ramificadas y ‘Este' y ‘Oeste’ eran para nosotros nada más que categorías políticas y, lamentablemente, durante mucho tiempo también nada menos”, explicó el funcionario a LM Neuquén.

Cuando la caída del Muro de Berlín comenzó a gestarse, Sante acababa de ser aceptado en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Aquel otoño lo pasó en las Ardenas en Bélgica, mientras se abocaba a aprender idiomas. Pero cuando se anunció que el Muro se abriría en la Puerta de Brandenburgo, ícono de la capital alemana, con tres de sus colegas decidieron faltar a clases para estar presentes en aquel acontecimiento histórico.

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“Pasamos tres largos días y noches en el Muro, junto a miles de personas y una infinidad de canales de televisión de todo el mundo. Pero no pasó nada y tuvimos que volver. Fue recién dos semanas después que llegó el momento”, recordó.

Finalmente, el 9 de noviembre de 1989, Günter Schabowski, el portavoz del Gobierno, cerró un gran capítulo de la historia por equivocación. Durante una conferencia de prensa, leyó el nuevo decreto que la República Democrática Alemana había instaurado: “Los viajes privados al extranjero se pueden autorizar sin la presentación de un justificante, motivo de viaje o lugar de residencia. Las autorizaciones serán emitidas sin demora. Los viajes de duración permanente pueden hacerse en todo puesto fronterizo con la RFA”.

Hasta ese momento, las fronteras permanecían cerradas. Solo unos pocos alemanes del Este lograban atravesar la Cortina de Hierro. Al escuchar semejante noticia, un periodista de la agencia italiana ANSA rápidamente le preguntó a Schabowski cuándo entraría en vigor la normativa. Sin detenerse a leer el decreto que tenía en sus manos, el portavoz añadió: “De inmediato”. Sin embargo, el documento oficial establecía la fecha de inicio el 10 de noviembre.

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El piso de Alemania comenzó a temblar. Miles de alemanes que vivían en la RDA corrieron hacia la frontera para saborear la libertad. Los guardias fronterizos estaban desconcertados. La ley todavía no estaba vigente, no tenían la orden de dejarlos pasar. Los ciudadanos exigían que les abran las puertas, pero los uniformados dudaban. Pasadas las 21:20 , en el paso de Bornholmer, los guardias cedieron.

“Aún hasta el día de hoy conservo un trozo del Muro que derribamos en ese mismo lugar. Un pequeño consuelo. Fue una revolución pacífica, algo que nunca antes había sucedido en Alemania. Que esto sucediera también tiene algo que ver con el hecho de que el Gobierno de la República Federal de Alemania siempre ha seguido una política de acercamiento y reconciliación, incluida la reunificación, que hizo posible el cambio en el Este paso a paso y desde adentro”, remarcó el embajador alemán.

Derribar muros, para construir un paísTras la caída del Muro de Berlín, la RDA desapareció en menos de un año. Progresivamente, los funcionarios de los dos gobiernos comenzaron a entablar negociaciones para dar lugar al proceso de reunificación alemana. El mismo llegó a un punto cúlmine el 3 de octubre de 1990, cuando Alemania volvió a fundirse en una sola.A pesar de que ya pasaron 30 años de aquel acontecimiento histórico, para Ulrich Sante la reunificación es un proceso que continúa hasta el día de hoy. “Es posible que hayamos evaluado mal dos cosas: por un lado, la fuerza con la que los jóvenes del este estaban dispuestos a salir lo más rápido posible para probar suerte en el oeste del país. La ‘construcción del este’, que era enorme, les llevó demasiado tiempo. Y por otro lado, sobrevaloramos la voluntad de las empresas de Alemania occidental de trasladarse al este para fabricar allá y crear nuevos y atractivos puestos de trabajo. Eso llevó a cambios sociales, que todavía nos preocupan hoy en día”, comenta.

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“Pero en ciudades como Leipzig, Erfurt, Dresde y otras, vemos que el este se recupera y crece en atractivo. Si hubiéramos considerado desde el principio que en Alemania oriental hay una identidad propia que hay que preservar y cultivar, más allá de la deformación comunista, el proceso de acercamiento podría haber sido más rápido y con menos fricciones desde el principio. Pero la alegría de la reunificación sigue siendo infinitamente grande en todo el país”, dice orgulloso el embajador.

-¿Para usted, cuál fue el mayor ‘costo’ de la reunificación alemana?

“Si el ‘costo’ en este sentido se entiende como una pérdida, entonces no hubo costo, solo ganancia. Alemania se unificó, la ciudad de Berlín se deshizo de su división absurda e inhumana, se levantó la Cortina de Hierro y Europa creció unida. Desde el principio, las cuatro potencias no estaban convencidas de que una Alemania reunificada fuera lo que querían entre ellas, pero como dije: los más de 40 años de una política de reconciliación con su propia historia, que muchos ven como ejemplar, el intento de reparación y un acercamiento constante para generar confianza, todo eso hace que los aspectos económicos de la reunificación se minimicen. Estaba claro que la reunificación también generaría costos ‘reales’, aunque no tan altos como fueron al final, pero acá también se aplica lo siguiente: no solo había un impacto social que había que amortiguar, sino que sobre todo había una necesidad de inversión inmensa y sin precedentes. Orgullo es la palabra incorrecta para describir lo que me mueve cuando digo que nosotros también lo logramos. Hasta el día de hoy, la reunificación sigue siendo un notable logro político, económico, social y, sí, también cultural; en resumen, un logro históricamente único en todos los aspectos. Y sigue siendo “work in progress“ (trabajo de todos los días)”.

-¿Qué aspectos aprendió la antigua República Federal de Alemania de los nuevos estados incorporados?

“Tres aspectos en particular: en primer lugar, nuestros compatriotas del este de Alemania no eligieron voluntariamente el tiempo entre la construcción del muro en 1961 y su caída en 1989 o la reunificación en 1990. Se les impuso. En segundo lugar, ellos iniciaron y llevaron a cabo esta reunificación de manera pacífica. Y en tercer lugar, en todos los años de división, a pesar de todos los esfuerzos por preservar la identidad cultural, surgió una cultura propia y, más aún, una historia de vida propia de cada individuo. Respetarlos no sólo es sabio, sino también humanamente imprescindible. Probablemente es aquí donde hemos cometido los mayores errores. ¡Tenemos que seguir trabajando en eso!”.

Hoy celebramos el 30º aniversario de la Unidad Alemana!

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