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La Mañana Columna de Opinión

Las pepitas y la tragamonedas

Las pepitas de oro tenían tanta circulación en el norte como el peso chileno y el peso argentino.

Si había algo que circulaba en abundancia en el territorio de Neuquén, cuando la capital todavía estaba en Chos Malal, eran las pepitas de oro. Se usaban para todo. El querido historiador Isidro Belver tiene una anécdota de lo que -se cree- fue la primera tragamonedas que hubo en el norte neuquino que vale la pena recordar.

Cuenta Isidro que el propietario de un boliche de ramos generales adquirió cierto día una “victrola”, esa máquina increíble de la que desde sus entrañas brotaba la música. Era tanta la fascinación que provocaba entre los paisanos que el dueño decidió sacarle provecho. Cada vez que entraban los pirquineros a tomar un aguardiante o a comprar algo, el dueño del local giraba la manija de la “victrola” y todos se agolpaban alrededor maravillados, mirando cómo giraban esos pesados discos de pasta de los que brotaban melodías.

El tipo les decía que para que la máquina siguiera funcionando había que colocarle pepitas de oro. Y así, cada vez que la “victrola” se quedaba sin cuerda, los paisanos le tiraban un granito de oro y entonces el dueño del boliche giraba la manija y la melodía volvía a sonar.

Pero la avivada criolla duró poco. Cierto día, en un momento de descuido del dueño del local, un paisano decidió darle a la manija sin poner ninguna pepita. Y la música brotó igual.

Hubo cierto enojo entre los parroquianos al ver que habían sido estafados. Pero la bronca duró poco entre la clientela habitué del boliche porque el mercachifle reconoció su error y prometió compensarlos.

A partir de ese día, aquella música maravillosa sonó una y otra vez, sin necesidad de pagar. El negocio de la “tragamonedas” había terminado.