Los rostros de las infancias
Hay cifras de los efectos de la pandemia que impactan por su crudeza. Una de ellas está vinculada con las infancias e indica que, por cada dos personas que mueren debido al COVID-19, un niño o niña queda huérfano tras enfrentar la muerte del padre o la madre, o del abuelo o la abuela que lo cuidaba y que vivía en su casa.
Cálculos difundidos esta semana por la revista médica The Lancet señalan que, al cabo del primer semestre de 2021, casi 2 millones de menores de 18 años habían perdido a su madre, su padre o quien los cuidaba.
La publicación (que basó su informe con datos de las principales universidades del mundo y de agencias de la ONU) sostiene que los impactos económicos, de desarrollo y psicológicos en estos niños y niñas tendrán repercusiones en distintas generaciones. Y subraya que será “un trágico legado” de la mortalidad relacionada con el COVID-19.
Parte de esas repercusiones ya fueron incluidas por Unicef Argentina recientemente: en pandemia se registró un aumento de la cantidad de niños y niñas que son pobres o que no acceden a una alimentación saludable. Añade que 6 de cada 10 chicos en Argentina son pobres y más de 2,1 millones viven en hogares que no alcanzan a cubrir una canasta básica alimentaria. Otra cifra que impacta dice que el 70% de los hogares utiliza métodos de crianza violentos como agresiones verbales, y el 50%, castigos físicos.
En pocos días, el 15 de agosto, se celebra el Día de las Infancias. Convendría poner en foco estos indicadores porque, detrás de cada cifra, está el rostro de una niña o un niño que requiere la atención no solamente de los estados y gobiernos.
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