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Nacho, el viejo ebanista que sigue rescatando muebles

Nació en Córdoba, vivió en Buenos Aires y se radicó en Neuquén, donde aún ejerce el oficio de artesano de la madera.

Ignacio Barrera habla con calma, con un tono pausado, claro, apenas imperceptible por los ruidos que llegan de la calle. A los 78 años es un hombre que vivió muchas experiencias, que conoció el vértigo de las grandes ciudades y el cansancio por tantas horas de trabajo para ganarse la vida. Por eso ahora lo toma todo con calma, a su manera, haciendo lo que más le gusta, la ebanistería, pero no porque lo necesita, sino porque siente que esa es también una forma de descanso.

Su infancia fue también tranquila. Nació en Soto, provincia de Córdoba, un pueblito en el que la vida transcurría en cámara lenta y donde se conocían todos; un caserío congelado en el tiempo, habitado por gente simple, de trabajo y oficios.

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En aquel tiempo, la mamá de Ignacio nunca se imaginó cuando estaba por dar a luz, que el partero que la atendía sería alguna vez Presidente de la Nación. Y fue así, el doctor Humberto Illia llegó hasta la casa con su Chevrolet medio desvencijado para recibir al pequeño "Nacho". Esa es una gran anécdota que la rememora con mucho cariño.

"Era un buen hombre; siempre pasaba por nuestra casa a saludar y estaba pendiente de la salud de los vecinos", recuerda Ignacio en el galpón-taller que tiene en la calle San Luis, donde se dedica a reparar y a restaurar muebles antiguos, un oficio que aprendió de adolescente.

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Muebles con mucho trabajo artesanal son los que restaura Nacho.

Muebles con mucho trabajo artesanal son los que restaura Nacho.

Cuenta que a los 15 años le pidió permiso a su madre para irse a vivir a Buenos Aires en busca de un futuro, pero que aunque ese pedido fue denegado, él se fue igual, por más que no tenía recursos ni experiencia para enfrentar a una gran ciudad.

"Me fui con una valija y cuatro pilchas, pero apenas llegué conseguí trabajo en Maple, una empresa que se dedicaba a la fabricación y venta de muebles", recuerda.

En ese comercio aprendió rápidamente los secretos de la madera y la forma de trabajarla de manera exquisita, hasta los mínimos detalles, para confeccionar productos finos y delicados a los que solo accedían las familias de Buenos Aires con alto poder adquisitivo.

Parecía que en la gran ciudad Nacho iba a echar raíces. Había conocido a una mujer que le dio una hija, su trabajo le rendía y el conocimiento de la ebanistería hasta le había permitido independizarse para seguir comprando y vendiendo muebles restaurados, pero el destino quiso que su lugar de residencia permanente fuera la ciudad de Neuquén.

“Mi hija sufría alergia a la humedad y nos recomendaron que nos fuéramos a vivir a un lugar seco. En 1980 nos radicamos acá”, relata.

Para Nacho fue un volver a empezar, pero él no tuvo miedo de comenzar a trabajar desde cero. Tenía lo más importante que tiene que tener un emprendedor: el conocimiento. El oficio de ebanista le permitiría lograr el sustento necesario para vivir.

Primero trabajó un par de años en una conocida mueblería, donde se relacionó con la sociedad neuquina y se hizo conocido. Luego volvió a independizarse y abrió una serie de talleres donde se dedicó devolverle la vida a esos muebles que estaban a punto de ser desechados por sus dueños.

Además de las reparaciones en su local, también realizó trabajos a domicilio, llevando su magia con apenas un puñado de herramientas de mano para que el acabado final fuera preciso y prolijo, como el que realizan los artesanos.

El tiempo pasó y los años lo convirtieron en un neuquino más, aunque aquella tranquilidad pueblerina que conoció en Córdoba no lo abandonó nunca más. Aún está presente en su carácter y su tono de voz.

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Hoy Nacho está jubilado, pero despunta el vicio en un galpón ubicado en la calle San Luis, donde tiene guardados decenas de muebles viejos que no ven la luz hace tiempo. Cada tanto elije uno y empieza a trabajar con paciencia hasta dejarlo como nuevo. Luego lo muestra en la vereda junto a otras piezas ya terminadas en busca de un comprador.

“Ya casi no tomo trabajos. Hago estas cosas porque a mí me gusta la ebanistería. La gente pasa, pregunta por algo que le gustó y lo compra”, asegura, mientras muestra un espaldar de cama que tiene más de un siglo de antigüedad, unos marcos de cuadros y unas sillas que volvieron a vivir con un prolijo esterillado que él mismo confeccionó con una máquina manual rescatada de los confines del tiempo.

Nacho asegura que hay clientes que siguen buscando este tipo de muebles porque fueron confeccionados con trabajo y dedicación. “Antes se hacían las cosas para que duraran muchos años; ahora se hace todo industrializado”, sostiene.

La pregunta obligada es si seguirá trabajando en esto que tanto le gusta, aunque no lo necesite.

Y el viejo hace una pausa y sonríe: “Tengo buena salud y no tengo apuro. Nunca tuve apuro”.

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