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Naldo Labrín, una vida en la música neuquina y latinoamericana

Una calle de La Sirena lleva el nombre de su padre, quien llegó a Neuquén hace más de 80 años. En ese barrio, rodeado de arpas y guitarras, soñó con ser músico y lo logró. A sus 75 años, recorre el cancionero infinito de su camino por la música popular.

Al pequeño Reinaldo lo vence el sueño y se queda dormido sentado en la roca. Pero un estrépito poderoso y contundente lo regresa a la vigilia: son los pies de los paisanos que rechinan contra el suelo polvoriento en una danza jolgoriosa. Entonces Reinaldo “Naldo” Labrín los mira fascinado, con esa ilusión que le provocan el crujir de las guitarras zapando en medio de una noche a cielo abierto y el tronar de las voces capaces de romper el viento. Ya le pidió permiso a su madre para quedarse una canción más y le ha dicho que sí. Es que doña Amandina Méndez no sabe qué hacer con ese niño de cinco años que se escabulle para investigar las guitarras que sus tíos tienen en la casa. Ella sospecha que las toca, y -que antes de cumplir los seis- sacará, de oído, al menos dos canciones.

“Nací en una chacra de diez hectáreas que está detrás del Easy, donde después se constituyó el centro de tortura de La Escuelita”, recuerda Naldo Labrín. “Nosotros nos fuimos de ahí en 1951 porque nos expropió el Ejército y nos vinimos para este lugar que era una parcela más chica”, cuenta. Ese lugar, donde su padre don Purciano Labrín combatió el salitre para poder cultivar la tierra, con el paso del tiempo se fue redujendo a una casa familiar que hoy Naldo habita con su mujer Laura y sus dos hijas. Pero pasaría mucha agua bajo el puente para llegar a ese momento.

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Cuando Naldo tenía siete años, con su familia -integrada además por sus hermanos Juan Carlos, Oscar, Susana, Purciano y Cacho; Mónica llegaría después- se fueron a vivir cerca de lo que actualmente es el corazón del centro neuquino. “Con una pala de buey y un caballo, mi padre abrió una huella sobre calle Tucumán, para que entraran los camiones con los ladrillos; y por esa calle a la altura de Independencia se hizo mi casa”. De esa otra parte de su infancia, recuerda un Neuquén que emergía entre todos los medanales. “A lo lejos veíamos un solo edificio que era la cárcel”, explica. “Todo esto era un desierto, no había nada. Nosotros nos íbamos a jugar a la pelota a la barda y con los huevos de dinosaurios marcábamos los arcos; pero claro, no lo sabíamos”, dice risueño.

Después de formarse en bellas artes con Alicia Fernández Rego -la profesora a la que años más tardes homenajearía con una canción- decidió que era tiempo de irse a estudiar música a Bahía Blanca. “Y después ya me fui a Capital Federal, estuve diez años allí”, relata Labrín. Las cosas que hizo en una década fueron muy prolíferas: entre las más importantes, convertirse en el discípulo de Atahualpa Yupanqui; entre las más valorables, hacerse amigo de Alfredo Zitarrosa. “A los 19 años Atahualpa me introdujo en la lectura profunda, en el mundo de la poesía y la prosa”, comenta Naldo. “Y además, me sacaba de mis apuros estomacales. Yo pateaba la ciudad repartiendo libros de editorial Eudeba y dando clases particulares de música para sobrevivir, pero difícilmente me alcanzaba el dinero. Cada vez que nos encontrábamos tenía un disco para mí, me llevaba a almorzar y teníamos largas charlas”, explica el músico.

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La larga trayectoria de Naldo incluye haber sido el guitarrista de Alfredo Zitarrosa y el discípulo de Atahualpa Yupanqui

La larga trayectoria de Naldo incluye haber sido el guitarrista de Alfredo Zitarrosa y el discípulo de Atahualpa Yupanqui

En el ´75, con Zitarrosa, hicieron su primer trabajo juntos al que titularon “Guitarra negra”, pero no lo terminarían sino un tiempo después, una vez que llegaran a México escapando del desastre que ensombreció nuestro país comenzando el otoño de 1976.

“A los 19 años Atahualpa me introdujo en la lectura profunda, en el mundo de la poesía y la prosa. Y además, me sacaba de mis apuros estomacales. Yo pateaba la ciudad repartiendo libros de editorial Eudeba y dando clases particulares de música para sobrevivir, pero difícilmente me alcanzaba el dinero. Cada vez que nos encontrábamos tenía un disco para mí, me llevaba a almorzar y teníamos largas charlas”.

Sanampay o “Estar siempre cerca”

Las letras de Huerque Mapu, el grupo vocal e instrumental de música folklórica que Naldo lideraba hacia 1972, fueron la razón de la primera persecución ideológica que sufrió. Su nombre significaba "mensajeros de la tierra" en mapuche, y habían debutado en la Facultad de Arquitectura de Buenos Aires con un festival para recaudar fondos para dos sindicatos en huelga. Naldo se refugió un tiempo en su ciudad natal y luego, el 30 de marzo del ´76, se exiliaría en el país centroamericano para recién retornar en democracia. Pero no sin antes fundar Sanampay, una agrupación notable tanto por su trayectoria, como por los más de 50 artistas que han pasado por ella. “Sanampay terminó siendo un grupo emblemático, con la primera formación llenamos el Estadio Nacional con 12 mil personas; viajábamos por todo el país representando a México y llevamos la nueva canción y la música folclórica a otras partes del mundo”, reafirma Labrín, quien continúa siendo parte del conjunto.

Durante su retorno al país hizo -otra vez- crecer el arte popular. Entre otras cosas, fue fundador de la Orquesta Cámara Universidad de Lanús, de la Orquesta Sinfónica del Neuquén, de la Orquesta de Cámara del Comahue y del Coro de la Fundación del Banco Provincia del Neuquén. Y Sanampay, que por supuesto, es un proyecto al que Labrín continuó poniéndole la guitarra, el tiple, la voz y la dirección. “Sanampay se compone de siete maravillosos y talentosos artistas regionales que aman lo que hacen; ahora en pandemia estamos grabando un disco de manera remota”, sintetiza el maestro.

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Naldo no para de hacer música. Incluso ahora, en el comedor de la primera casa que habitó en Neuquén, chasquea los dedos de la mano derecha contra la mesa. Sus uñas son largas, como las usa quien lleva postizas. Tiene 75 y sabe que ha dejado una huella. “La Neuquén que yo sueño está llena de proyectos musicales para niños, niñas y jóvenes. Creo y sostengo que nos va a salvar la cultura, es el instrumento que continuamente nos interpela como seres humanos”, enfatiza.

Esta nota es parte del suplemento aniversario de Neuquén que se publicó este sábado junto con la edición del diario.

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